sábado, 7 de mayo de 2016

OLVIDO

Añoranza
 
Asoman entre racimos, hielos y resacas hasta secarme la piel añorando tus sedas en besos de ternura...
Un espacio se abre oscuro mientras un rayo de luz me corta el alma que sangra adolescente abrasando mi cara. El cuchillo de luz me oprime el pecho, angustioso, pesado; me pesa como la Tierra misma y parece intentar socavar más vacío en las paladas que se forma tumba cada vez más profunda, inacabable…
Aún así, te sigo reclamando tu espejo de cariño mirando de soslayo tras esquinas y silencios, buscándote, buscándote, Buscándote... y solo hay una puerta de noche sobre la tierra donde, boca abajo, me ahoga de miedo.
Es sueño, me dije, tensando el cuerpo... Mi voz se reseca de tanto nombrarte, llena de tierra, de infierno desde un dolor se extiende recorriendo alma y cuerpo.
Agonizo… Agradezco a los dioses este último viaje…  
Despierto envuelta en barro. Alguien me salvó de la muerte. Lloro desgarradoramente… Volverá la pesadilla, la distancia, tu olvido…
Vuelvo la mirada y, de nuevo, comienzo a añorarte…
Lágrimas de olvido se rebozan entre congojas sobre una almohada…  
Aún estás a mi lado.  
El abandono se esconde entre besos ilusionados, serenos porque compruebo que se ha despertado el día con esperanza, contigo, como ayer, como siempre, como decidimos al encontrarnos: que era, es y será un encuentro de amor coincidente, ese, el esperado, el único, entre tú y yo.
El mundo se apacigua.
 Tu presencia me desnuda de miedos, de distancias, de dolor… Se calma esta tormenta en nuestra realidad, amarnos.

©Ángeles Sánchez Gandarillas


OLVIDO

SI DEBO DESPRENDERME DEL OLVIDO…          
           
Si debo desprenderme del olvido
y ver como se pierde en la distancia,
entonces me daré la media vuelta
saciando en mis poemas la palabra.

Lo malo es que en los versos se destilen
recuerdos y saudades con nostalgia,
que puedan contagiarse con las rimas
dejando mal sabor al encontrarlas.

Se olvidan los recados en las tiendas,
igual que los saludos cuando andas,
se olvida que vivimos un presente
y es antes que empecemos el mañana.

Por eso los olvidos son livianos
y olvidan las fatigas y las ansias,
es fácil recurrir a los cilicios
del alma que se encuentra atormentada.

Pero es que el corazón, con tanto olvido,
ignora los latidos que le lanza,
la vida que le llega, presurosa,
y el soplo con la brisa de la playa.

Olvida hasta el sombrero de Tres Picos,
la orquesta con un solo de guitarra,
la voz altisonante de la Diva
lanzando al auditorio su proclama.

Los padres no se olvidan de los niños,
los niños sí se olvidan cuando vagan,
por calles y rincones indiscretos
jugando a las caninas y las chapas.




No sé si tanto olvido es necesario
y puede que me pase de la raya,
es cierto que olvidar es algo duro
debiendo de alejar tanta amenaza.

"...No olvides, corazón, que yo te quiero,
cuando hablo del olvido y de otras caras,
porque ese es el motivo de mis letras
y tú la Cenicienta de mi causa..."

Rafael Sánchez Ortega ©

08/03/16

olvido



OLVIDO 2 

                     La mente  -es decir yo- puede mover fácilmente al continente, es decir,  a ella –persona.

                     Todos los veranos, en época de rebajas, la he dirigido a la Boutique Gala, y en todas las ocasiones, ella ha salido con un vestido de quitar el hipo a precio de saldo. Como es bastante maniática la ha guardado para la próxima estación veraniega.

                     La he convencido para ponerse el vestido azulón en la boda de su prima.  Y ella, que casi nunca desatiende mis consejos, ha comenzado la búsqueda en el armario número 1. Yo –la mente- y ella –los ojos y las manos- hemos examinado todas las perchas, quizá, con demasiada rapidez, y no lo hemos encontrado.  Impregnados de la esencia Nina Ricci nos hemos precipitado al armario número  2  donde guarda la ropa de “despedida de solteras” y con sus manos nerviosas ha ido depositando todas las perchas, también protegidas con capas de lavandería sobre el edredón de la cama; ningún vestigio azul.  Como a un robot, la he dirigido al ropero número 3.  Es un armario que exhala aroma de suavizante Heno de Pravia.  Mueve las perchas rauda, no tiene la más mínima esperanza de encontrarlo aquí.  Y antes de que la haga chequearlo de nuevo, ya estamos ante su ropero esperanzador, número 1   El examen es extenso y concienzudo: es un TAC de hospital. ¡Desaliento mortal,no acude a la boda!

                      En forma de bombilla la ilumino:  nos dirigimos a la lavandería más cercana.  La dueña que es amiga empieza la búsqueda como si se tratara de un problema personal.  Acciona el mando que hace girar los rieles y las tres vamos buscando un vestido azul zafiro, de tirantes, escote pronunciado y entallado… la amiga la despide con pena.

¡El lagarto está llorando,
La lagarta está llorando.
 Han perdido sin querer
Su anillito de plomo…!


                        Yo, aunque no muy convencida, la animo a que visitemos la tintorería de la ciudad ¡Limpress!  Hace años que no la frecuenta.  Su cara triste, sus manos temblorosas y vacías sonsacan una sonrisa de comprensión en la dependienta que nos atiende.  El ruido y el baile de las prendas es perceptible para la clientela y las servidoras.  El prolongado baile dura una eternidad.  Antes de despedirse, la abnegada chica le aconseja dirigirse a la central de objetos no reclamados.  Sí, ya verá cómo se soluciona el problema.

                       Desde el envío de la carta  -sin una respuesta- ha pasado tanto tiempo que ambas nos hemos olvidado del vestido azul.

                       Mi  dueña, aunque yo pienso que soy la que lleva el timón, es romántica y melancólica.  Su esposo la viene recordando que los armarios  - que los están hinchados como globos, tan repletos de ropa impalpada durante años   - es menester vaciarlos.  Ella le oye como quien oye llover: ¿deshacerse de su vestido parisino?, ¿de los trajes de la Boutique Garden…? Y de pronto, nos acordamos de la Boutique Gala. Y comienza el vaciado del primer armario:  trajes de todas las estaciones, abrigos negros, marrones,! ah! Y el abrigo marrón comprado en Leeds, Inglaterra  ¡Ay! Pero llegan los besos agradecidos de la señora croata que trabaja en su casa.

  El segundo armario no es desmantelado del todo: vuelve a acoger los trajes de su esposo; sin embargo las prendas de verano, en su mayoría vestidos, el traje de lino comprado en la Boutique Kendal, que lo puso solo en la Primera Comunión de su hijo serán regalados también a Mariana.

  No tuvo fuerza física y menos moral para desinflar el tercer armario. Yo  no tuve coraje para que acabara su trabajo.  Y su esposo tampoco la apremió más.

  Cansada físicamente  después de planchar más de una docena de camisas y no sabiendo dónde colocarlas para que no se arrugaran se remangó –su decisión me cogió por sorpresa.  Sobre la cama de matrimonio,  fue haciendo un montón: eran batas de casa, albornoces, saltos de cama (que volverían a ocupar su sitio)  El segundo surtido de camisetas, camisas anticuadas o de talla inservible iría a la tienda de reciclaje. El último pilar lo formaron prendas buenas pero antiquísimas, como la chaqueta de punto con botones de madera, la chaquetilla de cuero que adquirió con los primeros sueldos… irían a parar al contenedor de ropa extraña.

  La luz iluminó el color marrón casi inmaculado del armario.  Quedaba una percha medio caída que difícilmente sostenía un tirante.  El color azul zafiro cubrió la cara de mi querida protectora.  Creo que ambas sufrimos un choque emocional e inverosímil.

 Pero, bien limpio y planchadito lo admiramos a porfía.

                                   San Vicente de la Barquera, a 4 de  abril de 2016
                                                    Isabel Bascaran


lunes, 25 de enero de 2016

el libro

EL LIBRO DEL AÑO
Comenzamos un Nuevo Año. Un libro en blanco que llenaremos con los nuevos acontecimientos que nos deparará la vida nuevamente y esas palabras todas mezcladas como Guerra, Amor, Terrorismo, Libertad, Hambre, Felicidad, Sequía, Asesinato, inundación, Esperanza etc… serán las que compongan la andadura de nuestro devenir.
Mientras el primer día del año sigan poniendo por TV. El Concierto de Año Nuevo desde Viena, comienzo el año feliz. Escuchar la música de los “Johann Strauss”, desde un sitio tan maravilloso, y ese estallido de fantasía y color con tantísimas flores, me transporta y me parece estar allí, con sus danzas en palacios o jardines, con los vestidos de cuento envolventes en sus parejas y saltos imposibles. La maravilla de Salzburgo, como habréis visto los que teníais la cara pegada a la pantalla, y ese paseo por el “Danubio Azul” como reza el título, y entonces te das cuenta de cómo cuidan sus pueblos de ensueño, sus lagos que más parecen un cuadro que una realidad; y es que saben conservar como nadie su entorno. Disfrutan mucho de la naturaleza, pero la miman, y no deja de ser también un reclamo turístico de primer orden. Esta vez me he fijado en algo que no había hecho otras veces. Los pueblos que estaban en la orilla y detrás montañas, media ladera estaba verde o cultivada y después los bosques. Me pareció muy sensato, será difícil que un fuego los destruya; y es que estamos ahora mismo bajo los efectos traumáticos de lo que nos acaba de ocurrir, en Cantabria sobre todo, teniendo en cuenta que el fuego, con viento sur, ya arrasó Santander tiempo atrás.
Ya, más que intuir se sabe que casi todos los fuegos son provocados. ¿Por qué este daño? Todos sabemos que los bosques son fuente de vida, los necesitamos y cada vez más, dan oxígeno, sujetan la tierra y dan rendimiento. El viento sur, que es suave, cálido y acariciante cuando sopla flojo, puede ser trágico y terrible a 100 Km. Aquí es emblemático y parte de esta tierra en otoño.
Los astronautas son los que nos han dicho que nuestro planeta es el más bonito de cuantos ven. “Ese puntito azul, precioso y frágil, ¡ese!,es nuestra casa.
Mª EULALIA DELGADO GONZÁLEZ

Enero 2016

domingo, 24 de enero de 2016

EL LIBRO

LIBRO USADO…
 
Libro usado que te muestras indolente
con tus hojas desgastadas y amarillas,
¿dónde tienes la sonrisa encantadora
y el candor con que hace años seducías...?

¿Dónde están esas historias subyugantes,
aquel viaje hacia la tierra prometida,
la aventura de un quijote y sus molinos
el paseo de un poeta por Castilla...?

Yo saqué de entre tus hojas la aventura,
el temblor de las galernas y la brisa,
la perfecta sincronía de la aurora
y hasta un viaje principesco por la India.

Porque fuiste referencia de unos años,
colofón y rosa clara de esos días,
aire fresco que llenaba las entrañas
e ilusión que renacía en cada línea...

Hoy te veo entre otros libros apagado
aunque vuelen, a tu lado, las sonrisas;
tienes pinta de pasar inadvertido
y de ser un soñador de margaritas.

Fuimos muchos a beber entre tus hojas
a saciar nuestros instintos y premisas,
a besar aquellos labios tan soñados
y a dormir entre tus nubes que eran limpias.

Pero fuiste mucho más que todo aquello,
el amigo inseparable que latía,
el candor irreverente de unos sueños
y la rima de un poema en la buhardilla.



Fuiste fuego y aventura en unas letras,
la pasión de corazones que dormían,
la ilusión de tantos niños inocentes
y el refugio de un autor que dio su vida.

Es por eso que te veo y te saludo,
libro usado, con cariño y simpatía,
y te digo que estás cerca, y a mi lado,
y que busco entre tus hojas mis caricias.

"...Son aquellas que arrancaste de unos ojos
en las tardes soñolientas y tranquilas;
fueron días de dormir entre las nubes
y rozar y hasta alcanzar la poesía..."

Rafael Sánchez Ortega ©

10/01/16

lunes, 11 de enero de 2016

LANZA



Eres lanza que hiere mi horizonte

desangrándome amores y ternura

apagando ilusiones infinitas…



Eres ocaso sin tiempo, impenitente,

de sorpresas abatidas con sigilo

ajando mi camisa en mil pedazos…



Eres faro que se apaga entre nieblas

ahogado en mi mar de amor incierto;

estelas que se pierden a tu paso…



Eres sueño entre mis cálidos abrazos

e inviernos y glaciares que derraman

témpanos hirientes entre mi oasis…



Eres amor de tormentas, disparate,

estrella extinguida y el fin del mundo

donde mi sed se calma en más resaca…



Eres lanza, hueco, rima inacabada,

sombra, pérdida, silencio y amargura

mudando amor en furias y cenizas.



©Ángeles Sánchez Gandarillas



miércoles, 18 de noviembre de 2015

UNA TARDE SINGULAR




Había visto por Telecantabria una exposición singular al aire libre en el bonito pueblo de Mazcuerras, y me quedé con ganas de ir.

Era el mes de Agosto, y la ocasión se me brindó al tener unos sobrinos de Madrid veraneando en Cós. Como queda muy cerca, nos acercamos mi hija y yo a verlos. Decidimos ir andando por una senda preciosa junto al río y entre frondosos árboles hasta llegar al pueblo.

La exposición era del médico del pueblo, José Antonio Andrés Vera. De verdad que es un gran artista. Hay que tener mucha imaginación para sacar figuras tan bellas y suaves como la seda. Algunas estilizadas y pequeñas, otras grandes. Me dejó impresionada la nº 15.”cuerpo de mujer” de una belleza espectacular. Estaban puestas en sitios estratégicos, y en rincones junto a casas. Las había color miel con vetas y orificios increíbles, sacando el alma del tronco, y siempre con ese acabado suave y sedoso. Una graciosa con las puntas pintadas de azul y metida dentro de la ermita y que cuando le hice la fotografía quedé sorprendida con el colorido. Otra grande y alada delante de la casa de la gran Concha Espina, y es    que este pueblo es leyenda pura. No podía faltar la fotografía delante de la maravillosa casa de Josefina Aldecoa, escritora de gran prestigio que al morir su esposo Ignacio también escritor, tomo su apellido.

En una pared de piedra, sorprende el recuerdo al gran músico Jesús de Monasterio; dos manos en posición de tocar y una placa. Me pareció tan singular como insólito, impacta… Nunca lo había visto.

Aparte, en la “Casa Gótica” estaba el médico con otra parte de obras, estas más pequeñas y vendibles y cuadros llenos de fantasía jugando con ramas y trocitos cortados de troncos configurando obras exquisitas.

Pasamos una tarde deliciosa; ya oscurecía y teníamos que volver andando, pero yo me llevé unas cuantas fotografías y el alma llena de fantasía.

Para rematar la tarde mi sobrina me regaló un pequeño catálogo sobre la última exposición de nuestra increíble pintora “Isabel Guerra” Esta vez era en “Casa de Vacas” Parque del Buen Retiro en Madrid. Además de cuadros también ha expuesto creaciones fotográficas reelaboradas con las tecnologías de hoy. ¡Esta monja no pierde comba!

“Se fue haciendo pasión la necesidad de contar… pero cómo? Plasmando gráficamente lo que necesitaba comunicar. Esto en la pintura. Tenía que aprender necesariamente aquella forma de decir”.

Después de estas palabras suyas, yo me callo.

  Mª Eulalia Delgado González ©

sábado, 7 de noviembre de 2015

COMIENZOS





Octubre, ayer hizo un día maravilloso de sol y sin viento; invitaba a pasear por la playa; cielo azul, marea baja y mucha arena húmeda por la que poder pasear e ir si se quiere hasta el final de la playa, sin los sobresaltos de la subida con los cortes de las rocas y que a veces te hace pasar por el agua. Había gente; son los últimos latidos tardíos del verano que ya dieron paso al otoño, la época maravillosa para un pintor que puede plasmar mil colores de la naturaleza. Iba pensando en los últimos acontecimientos que nos atañen de cerca.


Ya nos juntamos de nuevo en el “Grupo Creativas”. Casi estábamos todas. La mesa llena de fotocopias de labores para poder escoger y realizar. Besos, abrazos, pastelitos y hasta sidra y cava que había quedado en un rincón del final del curso anterior.


Hemos tenido otro acontecimiento. Este no nos ha gustado y era despedir a Samuel, nuestro bibliotecario. Merienda con regalo. Un precioso limonero para que lo plante en su jardín y nos recuerde cuando recoja algunos de sus limones para hacerse un Gin-tonic, eso por el grupo Creativas y una riñonera de piel por el Club de lectura.


Se emocionó, y yo le dije que éramos muy malos, que para eso lo hacíamos, para que se emocionase. No se marchará del todo, ya que quiere seguir dentro del Club como uno más.


Hoy domingo, el tiempo ha cambiado. Han caído las primeras gotas y corre un vientecillo templado típico asurado. Después de salir de Misa de diez, me acerqué a ver el mar desde La Barra; marea subida, la playa a esa hora se veía desierta, el mar como un plato, y me quedé un rato contemplando el reflejo de las rocas en el agua cristalina. ¿Cómo se portará este invierno? ¿Nos dará muchos sustos? Viéndote así, le decía, parece mentira que te vuelvas tan feroz. Hoy pareces esa fina manta de los cuadros de Dalí.


Las mareas últimas están siendo muy vivas. El agua llega hasta la montaña, y nos deja casi sin playa. Los ojos del puente de La Maza casi ciegos dejan una cinta de carretera entre dos aguas y los coches dan la sensación de flotar sobre ella.



                Mª Eulalia Delgado González ©

                                 Octubre 2015

viernes, 17 de julio de 2015

A LAURA... (IN MEMORIAM)


Hoy te vas y aquí queda tu legado
en forma de sonrisa permanente,
un clavel y un suspiro conveniente
pueden ser el regalo tan ansiado.

Te atreviste a venir y, con cuidado,
nos dejaste leyendas que, tu frente,
desgranaba de forma irreverente,
para luego esperar el resultado.

Pero debo decir, querida amiga,
que lograste escribir con confianza,
y lo hiciste a pesar de tu fatiga.

Hoy apena el recuerdo y la añoranza
al sentir esa silla, sin espiga,
aunque oculte tu huella en lontananza.

"...Seguiremos, sin duda, los senderos,
y los pasos señeros de tu danza,
para ser, de las letras, marineros..."

Rafael Sánchez Ortega ©
16/07/15

sábado, 23 de mayo de 2015

EL BAÚL DE MI TÍA



      


      Siempre vivió con nosotros. La recuerdo  vieja, solterona y miope.  Yo creo que se fue al otro mundo sin saber lo que era la gracia del Espíritu Santo, porque según le escuché decir a su hermana, (que era mi madre), nunca tuvo un pretendiente. No quiso a los de a pié, y los de a caballo pasaron de largo.

            Pero creo que esta mujer, influyó mucho en mi formación como persona. Verás, la casa de mis padres tenía en la planta baja un amplio patio de entrada con el suelo de cemento donde había un par de bancos de madera, dos sillas y un arca de roble con el frente y la tapa tallados, y sobre la tapa una maceta grande con una aspidistra enorme que mis  hermanas regaban de tarde en tarde. 

            Al fondo, la escalera que subía al piso alto, que era de piedra hasta el rellano y luego continuaba de madera; y bajo ella, la puerta de lo que llamábamos “El Cuartón”. Allí estaba el saladero donde se enterraba el tocino y los jamones de la matanza, el barrilero con los botijos de agua fresca, y un armario con un montón de cachivaches, más  la masera de amasar la borona, y la tabla de  meterla a cocer en el llar de la cocina. A la izquierda, la puerta, que era enorme, con las tres cuartas partes del suelo de madera blanca, de pino, que mis hermanas fregaban frecuentemente con estropajo de esparto, lejía y arena, y la otra cuarta parte donde estaban el fogón y la lumbre, con el suelo de baldosa.  Sobre el suelo de madera una mesa larga, un banco largo, y dos sillas. Junto a la ventana que daba a la calle había una fresquera con la puerta de tela metálica sumamente fina, y dentro de ella la leche, la mantequilla, queso, y ocasionalmente un kilo de filetes que por solidaridad se solía comprar al vecino que se le desgraciaba una vaca, y mermaba su pérdida vendiéndola por kilos. 

            Arriba, según se subía, un cuarto oscuro con dos camas y un tragaluz que bajaba del tejado. Después, un pasillo y la sala que era rectangular. En medio una mesa cuadrada que se hacía extensible cuando se comía en ella los “días  de incienso”; una ventana y la puerta que daban al balcón, y en medio un aparador con las puertas de cristal donde lucían unas fuentes grandísimas de una bajilla inglesa que mi abuelo trajo de Cádiz. En la pared derecha tres cuadros enormes con una Virgen del Perpetuo Socorro, un Sagrado Corazón de Jesús, y un Nazareno hecho con hilos de seda pegados, trabajo manual que alguien de la familia compró a un preso en su visita a una cárcel. Y debajo,  una cómoda de nogal de cinco cajones con tiradores dorados.

            A  la izquierda, el dormitorio de mis padres. Y en la última pared, dos alcobas sin puertas que las cerrara; dos travesaños de latón  sostenían dos cortinas correderas de cretona floreada.  En una dormía yo, y en la otra mi tía, que se llamaba María.

            La alcoba de mi tía era su santuario particular, y ni a mis hermanas dejaba entrar para que la barrieran.  Una cama de caoba con un somier tapizado, un colchón de lana que todas las primaveras vareaba  en el balcón para esponjarla, la mesita de noche con una vela en la palmatoria de porcelana, una caja de cerillas, y a los pies, el baúl de mi historia. 

            Grande, enorme; por fuera forrado de cuero con clavos artesanales de bronce, y por dentro… Por dentro: ¡Ese era el misterio! El primer cajón de la cómoda que había en la sala, y el baúl de la alcoba, estuvieron siempre cerrados a cal y canto, que diría cualquier otro que no fuera yo.  Yo sabía que los cerraban dos llaves de hierro de siete centímetros de largo, que vi alguna vez en sus manos.

            Dediqué muchos ratos de mi infancia a descubrir el lugar donde mi tía las guardaba. El cajón de la mesita, bajo el colchón, detrás del baúl, bajo el orinal… ¡Hasta que un día…! Colgadas de un clavo en la parte interior de la “piesera”  de un larguero de la cama...

             En cuanto estuve seguro de que mi tía se fue a segar un “garrotáu” de verde para su vaca Bonita, con los nervios a flor de piel, y un temblor incontrolado en la mano derecha, lo primero que abrí,   el primer cajón de la cómoda.  Fue como una violación. Algo que no debía de hacer, pero una fuerza incontrolada me empujaba.  ¡Qué decepción!  Allí no había más que sábanas planchadas, y manteles de la iglesia almidonados. Media docena de membrillos entre ellos para perfumarlos, y para de buscar.

            El baúl, ya fue otra cosa: Por dentro forrado de papel color crema con flores azules. A la derecha ropa interior y membrillos cuyo color amarillo empezaba a tornarse marrón. Y cartas. Muchas cartas.  Cientos de cartas recibidas a lo largo de toda una vida. Montones de cartas atadas con cordones de zapatos marrones. Después,  misales; libros de misa impresos en papel biblia, con cantos dorados y cubiertas de piel de cabritilla negra…   Estampas, Vírgenes, Cristos, recordatorios de primeras comuniones, y recordatorios de defunción de todos los muertos del pueblo…  ¡Y un paquete de galletas!  Fue una suerte que estuviera empezado, porque podría coger alguna sin que lo notara. Se hacían polvo al tocarlas; viejas, revenidas, con sabor a membrillo mezclado con  el sabor de las bolas de alcanfor que había por todas partes…  Un tintero y tres plumas abiertas de punta; un lápiz de carpintero. Una cajita misteriosa de hojalata encerraba tres ovillos de hilo de repasar y cuatro agujas. En otra había seis pendientes  de oro desparejados.  Un envoltorio de terciopelo negro contenía treinta cromos a todo color en papel acharolado de escenas de la Historia Sagrada. Un trozo de pan blanco y duro como una piedra, que seguramente había comprado de estraperlo quince días antes… Dos onzas de chocolate que no intenté llevarme a la boca porque estaban apolilladas. Rosarios de cuentas negras y rosarios de cuentas blancas. Un crucifijo de nácar, alfileres e imperdibles… Después, me senté en el suelo. Cerré el baúl con mucho cuidado, y empecé a querer mucho más a mí tía sin saber por qué. Quizás fue porque aquél día descubrir que se podía ser feliz con cualquier cosa, aunque entonces yo no lo comprendiera. Al menos ella era feliz en el mundo íntimo y diminuto de su baúl forrado de cuero.

              Jesús González ©