martes, 26 de agosto de 2014

OTRO DÍA TONTORRÓN


 
            De estos días tengo muchos, aunque frecuentemente les gano la batalla. Lo único que quiero es no aburrirme cuando no hago nada. Y como cada día hago menos, pues resulta que me faltan recursos con los que vencer al aburrimiento. Pero te juro que lo intento cada día.

            Llegada mi edad, y encontrándome en mis condiciones, lo que más me distrae es escribir. Seguramente es porque esto generalmente se hace con el culo sobre una silla; y si además tengo al lado un descafeinado, tanto mejor. Antes me gustaba andar  y observar la cosas  que tenía a mi alrededor, pero ahora las piernas no me llevan. Doler, no me duele nada, ¡qué ya es mucho!  Pero los músculos de las patas se me han aflojado y no soportan el peso del cuerpo.
 

            Cada día busco un tema sobre el que escribir, pero no creas que es fácil encontrarle.  Yo sólo alcanzo a escribir sobre cosas sencillas, porque para escribir sobre las complicadas, ya están otros que entienden más, y encima siempre se creen en posesión de la  auténtica verdad.

            Pero mira, el otro día estaba mi mujer hablando con una amiga, y mientras terminaban de hablar, ( que siempre terminan un ratuco después de despedirse, porque resulta que a última hora siempre se recuerdan de algo que no se contaron en las dos horas de charla), yo me entretenía mirando el Semanal que acompaña los domingos al Diario Montañés. Le daban vueltas a lo mal que dormían por las noches, y al si era bueno o era malo tomar alguna de esas pastillas que toman muchas de ellas para dormir.

            Yo pienso que si normalmente duermes mal, y tomándolas  duermes bien, la duda es de idiotas, y en todo  caso, esa duda no debería durar más de veinticuatro horas, pues ahí está su médico de cabecera para que les informe. “Si, pero es que a mi me han dicho…” . Ah, que te fías más de esas que te han dicho…  No, si al final lo que van a sobrar son los médicos.

            Y lo triste no es lo mal que duermen, lo triste es que las noches se les  hacen larguísimas, y con los ojos abiertos como platos en la cama,  no hacen más que pensar  en cosas malas: Los problemas de los hijos, los peligros de los nietos… Si el trabajo, si les faltará la salud… En la cama, una todo lo ve negro.

             ¡Y tan negro! Como que es de noche, y encima tienes la luz apagada. Yo creo que las mujeres, ( bueno, algunas mujeres, que ya sabemos que la mayoría no sois así.  Pero me refiero a esa minoría que “casi” no existe), gastan todas las fuerzas en llevarle la contraria al compañero, y cuando en lugar de ser el compañero, son los malos pensamientos los que se acercan a ellas,  ya no tienen fuerza para luchar contra ellos. Por eso duermen tan mal. 

            Yo a los malos pensamientos les tengo declarada la guerra, y al menor movimiento, les disparo un cañonazo.  Lo mismo que  hacen los israelitas con los palestinos, pero  con muchísima más razón que ellos. Si me  visita una preocupación en la cama, le doy un puntapié donde tu sabes, y me pongo a pensar en cosas agradables. En cuanto lo hagas media docena de veces, le coges el truco al asunto, y resulta la mar de fácil.  Pensar cosas agradables, da placidez, y así, tontorronamente, tal como tuve hoy el día, se queda uno dormido con una placidez increíble. Y aunque el tema tampoco es una genialidad, por lo menos no me aburro mientras  lo escribo.

                 Jesús González ©

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