viernes, 30 de noviembre de 2012

REINA POR UN DÍA





            Fue allá por los años sesenta, cuando a la televisión aún  le faltaban días para ser la reina de todos los hogares de España.

            Se mostraba entonces  tímida y pálida. Lo primero, porque cualquier trueno, cualquier  viento, o una simple lluvia intensa la asustaba;  con cualquiera de estos fenómenos se tornaba temblorosa, se estremecía  la pantalla, y desaparecían las imágenes. Lo segundo, porque eran los tiempos del blanco y negro, y  aún tendrían que pasar unos años hasta que la alegría del color encendiera la sonrisa de las coristas en los programas musicales.

            José Luis Barcelona y Mario Cabré, fueron los presentadores de aquél exitoso programa de televisión, que una vez a la semana congregaba a las familias enteras ante  las pantallas,  en las casas que podían permitirse el lujo de tener un televisor.

            “Reina por un día” era el título del programa que consistía en seleccionar a una mujer entre las muchas aspirantes que se presentaban, para hacerle realidad el sueño que previamente ella había declarado  anhelar.

            Había toda una parafernalia dentro del plató  para simular una coronación de reina, y a continuación se visualizaba la realidad del sueño que bien podía ser el viaje a un país exótico, el reencuentro con una amistad perdida, o el capricho de un objeto material…

            Pues bien, como “Reina por un día”, me sentí yo la tarde del viernes veintitrés de noviembre, del año de gracia dos mil doce. Como un aspirante más, presenté mi candidatura al reinado del  “III Concurso de Relato Corto” San Vicente de la Barquera “Entre la Tierra y el Mar”, con una narración que titulé  ESCRITOR.

            Verdad es que no salí elegido “Reina por un día”, ni siquiera una de sus dos damas de honor. Salí algo así como lo más parecido a un “alcalde pedáneo de la escritura”, pero fue más que suficiente para sentirme contento al ver por primer vez, y quizás por última, dada mi edad, mi nombre escrito con letras de imprenta en una  publicación.

            Después las fotos, como si fuéramos campeones  de algo, y yo sintiéndome protagonista de nada. Me daba la impresión de estar interpretando un papel que no iba con mi forma de ver las cosas.

            Pero tengo duda de si todo no será más que una falsa modestia, pues al día siguiente me apresuré a guardar las fotos del periódico junto a otras fotos y documentos de otros actos, para más tarde mostrárselo a mis amigos.

            Hablar cara al público fue lo que más me fastidió. Cuarenta o cincuenta personas pendientes de lo que uno dice y hace tiene “cacarrucas”.  Llevé una “chuleta,” y creo que ni vi sus letras. Pero más o menos dije eso, que estaba contento, y que había descubierto algo que a lo mejor ya sabía, pero que hasta ese momento no lo había meditado: Que con los años envejece el cuerpo, pero que los sentimientos, en este caso las ilusiones, siguen jóvenes y frescos. Que a mis años me alegré con este reconocimiento, como se alegrará por ejemplo Jezabel que es una niña,  el día que premien alguno de sus magníficos cuentos.

            Me recordé de quienes no podía olvidar: El jurado que me premió, Foncho que da vida al Taller de Escritura, María y Samuel que en sus distintas versiones de género, son los mejores y más agradables bibliotecarios del mundo, y de los componentes de nuestros Taller de Escritura, y  Club de Lectura, que sois la leche de buena gente.

            Después, la firma de ejemplares. Ahí el “alcalde pedáneo de la escritura”, escoltado a diestra y siniestra por Juan Manuel Sainz el “”rey”  y ,por Vicente Fernández el “segundo gobernador” del certamen, se emborrachó de bolígrafo. Mira que borrachera sería la que cogió, que casi, casi, se sintió de verdad  reina por un día. Pero no fue un día; ni siquiera medio día. Entre pitos y flautas,  reina por una hora. Y de vasallos, mis amigos del Taller haciéndome la pelota con un montón de aplausos. ¡Que gente más cojonuda sois!

Jesús González González ©

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