Fue
allá por los años sesenta, cuando a la televisión aún le faltaban días para ser la reina de todos
los hogares de España.
Se
mostraba entonces tímida y pálida. Lo
primero, porque cualquier trueno, cualquier
viento, o una simple lluvia intensa la asustaba; con cualquiera de estos fenómenos se tornaba
temblorosa, se estremecía la pantalla, y
desaparecían las imágenes. Lo segundo, porque eran los tiempos del blanco y
negro, y aún tendrían que pasar unos
años hasta que la alegría del color encendiera la sonrisa de las coristas en
los programas musicales.
José
Luis Barcelona y Mario Cabré, fueron los presentadores de aquél exitoso
programa de televisión, que una vez a la semana congregaba a las familias
enteras ante las pantallas, en las casas que podían permitirse el lujo de
tener un televisor.
“Reina
por un día” era el título del programa que consistía en seleccionar a una mujer
entre las muchas aspirantes que se presentaban, para hacerle realidad el sueño
que previamente ella había declarado
anhelar.
Había
toda una parafernalia dentro del plató
para simular una coronación de reina, y a continuación se visualizaba la
realidad del sueño que bien podía ser el viaje a un país exótico, el
reencuentro con una amistad perdida, o el capricho de un objeto material…
Pues
bien, como “Reina por un día”, me
sentí yo la tarde del viernes veintitrés de noviembre, del año de gracia dos
mil doce. Como un aspirante más, presenté mi candidatura al reinado del “III Concurso de Relato Corto” San Vicente de
la Barquera “Entre la Tierra y el Mar”, con una narración que titulé ESCRITOR.
Verdad
es que no salí elegido “Reina por un día”, ni siquiera una de sus dos damas de
honor. Salí algo así como lo más parecido a un “alcalde pedáneo de la
escritura”, pero fue más que suficiente para sentirme contento al ver por
primer vez, y quizás por última, dada mi edad, mi nombre escrito con letras
de imprenta en una publicación.
Después
las fotos, como si fuéramos campeones de
algo, y yo sintiéndome protagonista de nada. Me daba la impresión de
estar interpretando un papel que no iba con mi forma de ver las cosas.
Pero
tengo duda de si todo no será más que una falsa modestia, pues al día siguiente
me apresuré a guardar las fotos del periódico junto a otras fotos y documentos
de otros actos, para más tarde mostrárselo a mis amigos.
Hablar
cara al público fue lo que más me fastidió. Cuarenta o cincuenta personas
pendientes de lo que uno dice y hace tiene “cacarrucas”. Llevé una “chuleta,” y creo que ni vi sus
letras. Pero más o menos dije eso, que estaba contento, y que había descubierto
algo que a lo mejor ya sabía, pero que hasta ese momento no lo había meditado:
Que con los años envejece el cuerpo, pero que los sentimientos, en este caso
las ilusiones, siguen jóvenes y frescos. Que a mis años me alegré con este
reconocimiento, como se alegrará por ejemplo Jezabel que es una niña, el día que premien alguno de sus magníficos
cuentos.
Me
recordé de quienes no podía olvidar: El jurado que me premió, Foncho que da
vida al Taller de Escritura, María y Samuel que en sus distintas versiones de
género, son los mejores y más agradables bibliotecarios del mundo, y de los componentes de nuestros Taller de
Escritura, y Club de Lectura, que sois
la leche de buena gente.
Después,
la firma de ejemplares. Ahí el “alcalde pedáneo de la escritura”, escoltado a
diestra y siniestra por Juan Manuel Sainz el “”rey” y ,por Vicente Fernández el “segundo
gobernador” del certamen, se emborrachó de bolígrafo. Mira que borrachera sería
la que cogió, que casi, casi, se sintió de verdad reina
por un día. Pero no fue un día; ni siquiera medio día. Entre pitos y
flautas, reina por una hora. Y de vasallos, mis
amigos del Taller haciéndome la pelota con un montón de aplausos. ¡Que gente
más cojonuda sois!
Jesús González González ©

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