sábado, 2 de junio de 2012

COMER.



5ª semana del año, 2077, 6,27 AM



Amaneció tan rojo como los días anteriores. El calor y el viento sur aumentaban la desazón, hasta los duros tejos negros que quedaban en la zona de la Universidad, parecían colgarle de las ramas sus estrechas y ya cansinas hojas. Las hormigas y los escarabajos buscaban los orificios de entrada, para alimentarse de la poca savia que les quedaran a esos árboles. Aquellos insectos, igual que otras especies, sobrevivían gracias a que se alimentaban de todo lo que encontraban e incluso, resistían estoicamente al ardiente sol.

Las cucarachas excavaban la tierra en busca de los hongos “microbriza arbuscular”, pegados a las raíces de los tejos. Cuarenta años atrás, se empleó ese tipo de simbiosis en los sembrados que aprovechaban mejor los nutrientes del terreno.

Aquella mañana derribarían las facultades de la Universidad que estaban inactivas y abandonadas hacía años, excepto, la de medicina y la del centro de desarrollo tecnológico que se utilizaban para las prácticas.

Tan solo un hombre, Antón Sierra, el último alumno presencial de bioquímica molecular, vivía allí y recorría aquellas aulas solitarias. Fue el numero uno de su promoción y consiguió la plaza de profesor adjunto pero, no le duró mucho.

 

Al colocarse ante los hologramas con los que impartía las clases, creía ver imágenes cuadrimensionales que le rodeaban. A los seis meses intentó destruir sus ordenadores. Lo hospitalizaron y trataron de demencia sicótica. Lo medicaron y controlaron con un chip.

Se convirtió en un ser esquivo y decidió vivir en la facultad de bioquímica; recorría y limpiaba obsesivamente todos los laboratorios y cada poco, cambiaba su “residencia” a otras facultades...

Lo habían retenido en las dependencias de la facultad de medicina, intentó desconectar las cargas termobáricas. Se defendía tan violentamente que tuvieron que sedarle.

Los robots siguieron adelante con la colocación de las cargas para la demolición. Apenas se distinguió la explosión, solamente se vio una ligera humareda. Revisaron la zona para evitar restos de los modernos e inocuos productos explosivos y entró la maquinaria pesada que retiró los escombros en apenas unas horas. Aquel solar se convertiría en un terreno fértil.
Las máquinas plantadoras comenzaron su labor. La tierra, casi virgen, produciría una gran cosecha de legumbres bajo las lonas protectoras...


Ángeles Sánchez Gandarillas ©
1-VI-2012

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