viernes, 1 de junio de 2012

AMOR



Mayo, 2051. Diario e imágenes de laboratorio, 9,32 PM.


Antón Morton, tenía aspecto desesperado y estaba tumbado sobre su cama.

Aquel sitio no era el suyo, ni su época, ni nada. A pesar de los adelantos conseguidos, seguía pasando lo mismo. Nadie había inventado la formula para evitar el dolor del desamor, ¡nadie!, por mucho que él, hubiera ejercitado su mente para controlar los dolores.

Era un ingeniero químico mundialmente conocido en la especialización de algología, fue el descubridor de una anestesia inocua. Consiguió desarrollar y potenciar en los pacientes la analgesia endógena, es decir, eliminar el dolor por medios psicológicos, creando una auto respuesta físico-química.

Enseñaba al enfermo a concentrarse mentalmente, controlaban así las neuronas que transportaban el dolor al córtex cerebral; de esta forma consiguió dos objetivos: calmar el dolor y evitar que al bajar esos estímulos, se atrofiaran los mecanismos de defensa. Llevaban cinco años impartiéndolo como asignatura obligatoria de todos los estudiantes. Igualmente, daban formación acelerada para adultos.

De poco le estaba sirviendo todo aquello, mente y cuerpo se sacudían entre sollozos. -No le quería y no podía asimilarlo, incluso, estaría dispuesto a suplicar un gesto de cariño reconvertido en amistad; sería mejor que perderla para siempre.

Consiguió calmarse tras unos minutos de autocontrol; al fin, se durmió en su cubículo del laboratorio.

Despertó con el corazón o el estómago encogido, no pudo distinguir cual de ellos era.

Aquella mañana desechó ducharse bajo el agua reutilizada. Utilizó los paños jabonosos reciclables, necesitaba hidratar su piel y hacerlo rápidamente. Estaba rapado desde hacia diez años, era una norma eficaz de higiene y el ahorro de energía, agua y jabón.

Desayunó los componentes energéticos y aquella leche vegetal, que hoy, le repugnaba.

Se asomó al vacío desde la cristalera de su laboratorio. Recapacitaba sobre su futuro.

Sonó su comunicador de muñeca.

¡Era ella! Se estremeció al verla en aquella pequeñísima pantalla.

Conectó con un ligero temblor de su voz.

- ¡Abrir!

- Hola, Antón.

- Hola...


Ángeles Sánchez Gandarillas ©
Año, 2051

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