Nos tocó viajar a Santa Tecla. Como en Venecia y Montecarlo, para poder entrar hay que pagar. Tampoco es mucho: por ochenta céntimos por persona, algunos han sentido el placer de que los “congojos” se le suban a la garganta cuando en las curvas el morro del autobús se asomaba al abismo.
Dejada atrás La Guardia, una carretera retorcida como una serpiente se aferra a la montaña entre restos de antiquísimos asentamientos celtas, y a medida que se trepa por ella se va ensanchando el paisaje hasta que llega el momento en que el visitante se asombra al contemplar el panorama que se extiende a sus pies.
Allá abajo el río Miño se ha hecho adulto para abrazarse con humildad al inmenso Atlántico. Al otro lado, la multitud de aldeas portuguesas que se alcanzan a divisar, si se pone un poco de imaginación, parecen entonar fados invitándonos a cruzar los puentes. Durante un montón de kilómetros este río es la frontera natural que nos separa de nuestros vecinos lusos.
Hace calor, pero terminamos de subir a pie la corta distancia que nos lleva a la ermita de Santa Tecla, y luego a la cúspide donde todo el mundo agota las baterías de sus cámaras fotográficas. No muy lejos, en las montañas de la parte española, profundísimas heridas quebrando el suelo nos indican donde están ubicadas las inmensas canteras de Porriño, que surten de granito a España entera, y han dado tan especial característica a la arquitectura gallega
La vuelta al hotel la hacemos por Baiona para poder hacer una fotografía del grupo entero a la sombra de las murallas del magnífico Parador de Turismo, que nadie visita porque algunos ya le conocíamos de cuando no había que pagar por ello, y porque como todos los días, andamos hoy con los minutos contados para llegar a comer a la hora convenida. Nuevas fotos a las Islas Cíes que están cerca, y otra más a la réplica de una de las carabelas que Colon llevó a América, y que duerme en el puerto deportivo esperando visitantes que paguen por fisgar en sus tripas.
Al día siguiente era mercado en Valença do Miño, y las mujeres aplaudieron con gana cuando se decidió cambiar el programa para que así mataran dos pájaros de un tiro.
Es hora de hacer referencia a Gema, nuestra guía que durante el trayecto a todos los lugares nos fue informando de cuanto íbamos a visitar, y a Kiko, nuestro conductor, el mejor imitador del serio humorista Eugenio, que nos hizo reír con sus chistes cuando la conversación ambiental del autobús decaía, y a Paquito el de Molleda que también dio rienda suelta a su anecdotario de recuerdos jocosos.
El mercadillo portugués era como todos los mercadillos, pero a lo bestia. Hubiéramos necesitado una bicicleta para recorrerle entero. Había mucho y de todo, y sin embargo decían las mujeres que no había nada nuevo. Seguro que esperaban encontrar allí a precio de ganga los últimos modelos de Adolfo Domínguez. No había de nada, pero todas volvieron al autobús cargadas de bolsas a punto de reventar.
Valença continuaba como la última vez que la visité, adormecida dentro de sus murallas. Creo que la crisis no ha llegado a su ayuntamiento, porque todas las calles estaban en obras con el pavimento levantado para poner un piso sólido de granito. Aprovechamos la ocasión para paladear un vino verde “Gatao” que nos sirvieron muy fresco, y casi no hubo tiempo de comprobar que aquellas gangas de antaño habían desaparecido.
Por la tarde fuimos a Cambados, y no morimos asfixiados de calor porque el Señor de los cielos tuvo en cuenta que con esta crisis iba a salir carísimo a nuestros familiares el traslado de cadáveres hasta Cantabria. Pero cerca le anduvo. ¡Treinta y tres grados soportamos caminando hasta poder guarecer en el interior de la románica iglesia de San Benito! Nadie recuerda como era el templo, pero todo el mundo sabe que estaba fresquísimo. Pocos visitantes se habrán sentado en sus bancos tan a gusto como nos sentamos los que tuvimos el buen acierto de no montar en el tren turístico, porque estos regresaron al centro con la lengua fuera.
Cuando controlamos un poco la temperatura de nuestros cuerpos, regresamos por la sombra a esperar el autobús en el parque que estaba cerca. Nos sentamos a la sombra de unos castaños de indias frondosos, y distraje mi tiempo charlando con un anciano de noventa y dos años que en cinco minutos me relató toda su vida: había nacido en Ponferrada pero se vino a Galicia de niño junto a su padre para ganarse la vida en Vigo haciendo cajas de madera para los pescadores. Pasó veinte años de auténtica hambre comiendo casi siempre solamente pescado asado a las brasas porque no tenían aceite para freírlo. Y terminó asegurándome que nadie tenía ahora ningún derecho a quejarse de la vida. Luego me divertí de lo lindo escuchando la conversación de dos parejas andaluzas que comentaban sus vacaciones del año pasado en las Islas Canarias.
Yo siempre digo que, “para saber, viajar, preguntar, y leer”. Pero los hay a quienes viajar no les sirve de nada. Decía la señora que hablaba con una convicción aplastante:
-Estuvimos en Canarias, pero no en el mismo Canarias. Que Canarias es eso, Tenerife, Lanzarote, y eso. Nosotros estuvimos a las fueras de Canarias. En una isla que se llama “del Inglés”.
Contó también a sus amigos que habían montado en unos camellos muy raros que tenían el cuello muy largo, y yo me quedé con ganas de preguntarle donde estaban los camellos normales de cuello corto, pero me las aguanté.
La mujer se quedó más satisfecha que si hubiera impartido una lección magistral de geografía.
Jesús González González ©

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