jueves, 24 de mayo de 2012

GALICIA (III)

        

    El jueves por la mañana visitamos Padrón. Es un pueblo de doce mil habitantes que se extiende a ambos lados del río Ulla, y posee un interesante patrimonio arquitectónico, además de los populares  pimientos.

            Algunas mujeres se fotografiaron con Macías el Enamorado, una escultura en bronce de un trovador local que allá en la edad media enamoró con sus rimas a las mujeres de todo el pueblo.

            El comercio estaba  cerrado por ser El Día de las Letras Galegas, y era festivo en toda la comunidad. Esto supuso un contratiempo para las mujeres de nuestra excursión, pues bien sabido es que si no tienen comercios abiertos donde poder dar la lata a dueños y dependientes, es  para ellas como vivir un día descafeinado.

            Después de caminar un rato por sus calles para tener una idea de lo que era el pueblo, nos llegamos a visitar la casa donde vivió y murió Rosalía de Castro. Es una casa humilde  hoy convertida en museo, dentro de un pequeño huerto  convertido a su vez   en un pequeño jardín. Desde allí un pequeño grupo os acercamos dando un paseo  hasta  Iría flavia.

            Yo fui con el único fin de ver por fuera lo que es la Fundación Camilo José Cela, pues el precio de la entrada eran ocho euros que no estaba dispuesto a pagar por que me pareció demasiado caro, y porque tampoco me apetecía mucho engordarle el papo a Marina Castaños. Pero mira tu por donde, por aquello de ser el día de Las Letras Gallegas, la entrada era gratuita, y como se suele decir que, de lo que no cuesta llena la cesta, yo la llené entrando a fisgar lo que allí se exponía.

            Me pareció bastante interesante para no estar con el tiempo medido y poder verlo con calma: Estaban expuestos los manuscritos de casi toda su obra. Y hay un libro de cuantas ediciones se han hecho de sus novelas. Aprendí allí, por ejemplo, que de “La Familia de Pascual Duarte” se hicieron trescientas ediciones, y que está traducida a 38 idiomas. Su biblioteca se compone de 45.000 ejemplares, se exhiben cientos de títulos, condecoraciones y premios, entre los que se encuentran  el Nobel en 1989, el Cervantes en 1995 y el Príncipe de Asturias en 1.987.

            En un rincón de la sala primera, y en lugar destacado, está el facsímil del manuscrito que Cela volvió a escribir para la Casona de Tudanca, cuando llegó a este acuerdo con el Gobierno Cántabro.

            También estuvimos en Vigo, y lo primero que hicimos fue subir al  Monte do Castro, que además de ser un parque bonito que por si solo merece la pena visitarse, es un mirador fantástico desde donde se contempla la ciudad entera. Después ya se sabe, al Mercado de la Piedra donde en una de sus calles las mujeres venden las populares ostras que luego se comen crudas acompañadas de vino alvariño  en cualquiera de aquellos bares. Yo como ya había participado en otra ocasión de este obligado ritual gallego, y como las ostras, así como el resto del marisco, (salvo percebes y almejas,) no es que me roben los ojos, me dediqué a meter las narices por otros rincones en tanto los demás paladeaban la oferta.

Ocurrió lo mismo en O Grove. Terminados de visitar a Toja, y después de posar ante la ermita de las conchas de vieiras para inmortalizar la estancia en un puñado de fotografías, la mayor parte del grupo embarcó para conocer de cerca las bateas donde crían los mejillones, y disfrutar de un paseo por mar. La cosa está bien para hacerla una vez, y yo ya lo había hecho. Los que no fuimos, esperamos en la terraza de un bar tomando una caña

Aquella fue nuestra última noche en el Nuevo Vichona, y Adolfo nos advirtió que no faltáramos nadie a las diez y media en punto en la sala de fiestas.  Hizo  el hotel una queimada para  agradecer nuestra estancia, y la hizo con todo el ritual de conjuros a las meigas para nos protegieran en el viaje de regreso. Si no fuera porque suena mal, diría que estuvo cojonuda la queimada.

A las diez de la mañana pusimos el pie en  Santiago de Compostela. Santiago tiene un encanto especial que atrapa al visitante en cuanto llega. La Plaza del Obradoiro empequeñece al más grande, y agranda el espíritu del mas insignificante. Oímos la “misa del peregrino” en una catedral abarrotada de extranjeros, y vimos volar sobre nuestras cabezas el botafumeiro repartiendo incienso a diestra y siniestra. Tras ello, un paseo por sus callejones  de piedra, y cada cual a comer por su cuenta. Nosotros lo hicimos de forma humilde: Un pulpo  en la  “Orella”, un rincón que nos recomendó una moza que paseaba unos perros,  y que acertó de pleno porque el pulpo  estaba de muerte, y unos pimientos de Padrón que nos dejaron más que satisfechos.

A las tres en punto, tal como se había acordado, iniciamos el regreso a Cantabria. Fue una casi semana pletórica de satisfacciones para todos los excursionistas. Gracias a los organizadores.

Jesús González González ©

1 comentario:

María dijo...

Leyendo tus escritos me entran unas ganas terribles de volver a Galicia y eso que fui una vez y no me gustó tanto como esperaba. En fin, Jesús, qué bien lo haces.
Un abrazo
María (desde Sarón)