El jueves
por la mañana visitamos Padrón. Es un pueblo de doce mil habitantes que se
extiende a ambos lados del río Ulla, y posee un interesante patrimonio
arquitectónico, además de los populares
pimientos.
Algunas
mujeres se fotografiaron con Macías el Enamorado, una escultura en bronce de un
trovador local que allá en la edad media enamoró con sus rimas a las mujeres de
todo el pueblo.
El comercio
estaba cerrado por ser El Día de las
Letras Galegas, y era festivo en toda la comunidad. Esto supuso un contratiempo
para las mujeres de nuestra excursión, pues bien sabido es que si no tienen
comercios abiertos donde poder dar la lata a dueños y dependientes, es para ellas como vivir un día descafeinado.
Después de
caminar un rato por sus calles para tener una idea de lo que era el pueblo, nos
llegamos a visitar la casa donde vivió y murió Rosalía de Castro. Es una casa
humilde hoy convertida en museo, dentro
de un pequeño huerto convertido a su
vez en un pequeño jardín. Desde allí un
pequeño grupo os acercamos dando un paseo
hasta Iría flavia.
Yo fui con
el único fin de ver por fuera lo que es la Fundación Camilo José Cela, pues el
precio de la entrada eran ocho euros que no estaba dispuesto a pagar por que me
pareció demasiado caro, y porque tampoco me apetecía mucho engordarle el papo a
Marina Castaños. Pero mira tu por donde, por aquello de ser el día de Las
Letras Gallegas, la entrada era gratuita, y como se suele decir que, de lo que
no cuesta llena la cesta, yo la llené entrando a fisgar lo que allí se exponía.
Me pareció
bastante interesante para no estar con el tiempo medido y poder verlo con
calma: Estaban expuestos los manuscritos de casi toda su obra. Y hay un libro
de cuantas ediciones se han hecho de sus novelas. Aprendí allí, por ejemplo,
que de “La Familia de Pascual Duarte” se hicieron trescientas ediciones, y que
está traducida a 38 idiomas. Su biblioteca se compone de 45.000 ejemplares, se
exhiben cientos de títulos, condecoraciones y premios, entre los que se
encuentran el Nobel en 1989, el
Cervantes en 1995 y el Príncipe de Asturias en 1.987.
En un rincón
de la sala primera, y en lugar destacado, está el facsímil del manuscrito que
Cela volvió a escribir para la Casona de Tudanca, cuando llegó a este acuerdo
con el Gobierno Cántabro.
También
estuvimos en Vigo, y lo primero que hicimos fue subir al Monte do Castro, que además de ser un parque
bonito que por si solo merece la pena visitarse, es un mirador fantástico desde
donde se contempla la ciudad entera. Después ya se sabe, al Mercado de la
Piedra donde en una de sus calles las mujeres venden las populares ostras que
luego se comen crudas acompañadas de vino alvariño en cualquiera de aquellos bares. Yo como ya había
participado en otra ocasión de este obligado ritual gallego, y como las ostras,
así como el resto del marisco, (salvo percebes y almejas,) no es que me roben
los ojos, me dediqué a meter las narices por otros rincones en tanto los demás
paladeaban la oferta.
Ocurrió lo mismo en O Grove. Terminados
de visitar a Toja, y después de posar ante la ermita de las conchas de vieiras
para inmortalizar la estancia en un puñado de fotografías, la mayor parte del
grupo embarcó para conocer de cerca las bateas donde crían los mejillones, y
disfrutar de un paseo por mar. La cosa está bien para hacerla una vez, y yo ya
lo había hecho. Los que no fuimos, esperamos en la terraza de un bar tomando
una caña
Aquella fue nuestra última noche en
el Nuevo Vichona, y Adolfo nos advirtió que no faltáramos nadie a las diez y
media en punto en la sala de fiestas.
Hizo el hotel una queimada
para agradecer nuestra estancia, y la
hizo con todo el ritual de conjuros a las meigas para nos protegieran en el
viaje de regreso. Si no fuera porque suena mal, diría que estuvo cojonuda la
queimada.
A las diez de la mañana pusimos el
pie en Santiago de Compostela. Santiago
tiene un encanto especial que atrapa al visitante en cuanto llega. La Plaza del
Obradoiro empequeñece al más grande, y agranda el espíritu del mas insignificante.
Oímos la “misa del peregrino” en una catedral abarrotada de extranjeros, y
vimos volar sobre nuestras cabezas el botafumeiro repartiendo incienso a
diestra y siniestra. Tras ello, un paseo por sus callejones de piedra, y cada cual a comer por su cuenta.
Nosotros lo hicimos de forma humilde: Un pulpo
en la “Orella”, un rincón que nos
recomendó una moza que paseaba unos perros, y que acertó de pleno porque el pulpo estaba de muerte, y unos pimientos de Padrón
que nos dejaron más que satisfechos.
A las tres en punto, tal como se
había acordado, iniciamos el regreso a Cantabria. Fue una casi semana pletórica
de satisfacciones para todos los excursionistas. Gracias a los organizadores.
Jesús González González ©

1 comentario:
Leyendo tus escritos me entran unas ganas terribles de volver a Galicia y eso que fui una vez y no me gustó tanto como esperaba. En fin, Jesús, qué bien lo haces.
Un abrazo
María (desde Sarón)
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