domingo, 4 de marzo de 2012

ENCUENTROS LITERARIOS - CHARO GOROSTEGUI.


Esperábamos la hora de la conferencia que sería impartida por Rosario Gorostegui. Había llamado nuestra atención una muchacha, estaba medio sentada con la indolencia y elasticidad de la juventud, hablaba animadamente con una vecina de la localidad.

Llegó nuestro mecenas, Salcines, y reclamó la presencia de la escritora, que era, ¡oh sorpresa!, la muchachita de la butaca. De la que caminaba hacia el estrado, nos dijo su edad, 50 años. Una mujer menuda y resuelta, ojos brillantes, de esos a los que no se les escapa nada. Su pelo recogido, dejaba ver una lengua brillante escapada del resto sobre la parte derecha de su cabeza, se movía lo mínimo, casi amaestrada, sin molestar a su visión.

La presentación se preñÓ con algunas anécdotas sobre la diferencia entre lo culto y el deporte; desde las 20 personas de una reunión literaria, al increíble atasco y caos circulatorio que se creó para poder ver entrenar al equipo de la selección olímpica española. En fin, cosas de lo “mediático”. La segunda anécdota era que en las reuniones culturales, suele haber un porcentaje de mujeres superior al 90%.

Dice que Rosario es una nómada y experimentada escritora, ahora reside en Granada, ciudad de luz y color.

Por los avatares de la profesión de su padre, Rosario Gorostegui nos nació en San Vicente de la Barquera y con ello, podemos sumarla al nutrido grupo de escritores que han trabajado, vivido o se vieron enlazados a relaciones familiares y personales acaecidas en nuestra localidad y que nos han ofrecido conferencias en este salón de la Biblioteca Municipal, con lo que ese cúmulo de energía y conocimientos, pulula por este local, quizá nos influya positivamente y ayude a perfeccionar nuestros balbuceante pasos por la escritura.

Dice Salcines que Rosario tiene una forma de escribir muy personal y que es diferente de la casi treintena de visitas de estos escritores. Existen diferencias notables entre todos ellos y se adivina que cada escritor tiene una forma personal de llegar a los lectores.

Tiene en su haber, en las vertientes de poesía y relatos, el ser finalista del Premio José Hierro; inició y fundó la colección Guiomar que se distinguió por dar cabida sólo a mujeres y su mundo. Tiene editado el libro “Cien raíces para quedarse”, 1999, finalista de la 1º edición del premio “Alegría”; fue ganadora del IV Concurso Nacional de Cuentos Infantiles, Asociación Cultural Tertulia Goya, además de colaboraciones en antologías. Editó en 2006, el poemario “Pago del viernes”. Afirma que en esta publicación se alejo de la impronta sentimental y lo confeccionó estructurada y aritméticamente en cien poemas. Ella lo denominó como raíz 1, 2, 3 y 4. Recoge este poemario en grupos; por ejemplo, los de raíz cuatro, recoge las 4 estaciones del año y aporta y relaciona a cada una con cuatro poemas, el resultado fue la suma total de 100 poemas.

Salcines nos deja con ella y lo sorprendente de su dulce declamar.

Charo Gorostegui agradece el recibimiento, la decoración de un bello centro de mesa con delicados mantos rodeados de hojas verdes, por los marca páginas conmemorativos de su visita, por el cartel anunciador que reposaba sobre un caballete a su derecha, que quiso llevarse de recuerdo, y el compendio de sus relatos y poemas, que siempre es entregado a los espectadores, además de la revista “Azul y Verde”, donde descansan 3 artículos de los componentes de nuestro Taller de Escritura municipal. Se asombró de tanto detalle. “Aclaro a Charo, nuestra conferenciante, que Nieves y Flor son las que desinteresadamente, se ocupan de estos precisos y preciosos detalles”.

Se deja uno llevar por aquel ambiente de primeros del siglo XX, entre consistentes cortinas verdes que caen como lluvia pertinaz cubriendo los ventanales y balcones, al igual que las que dan fondo y marco a la tribuna donde se eleva una mesa de castaño, también de aspecto de principio de siglo, labrada, brillante, acompañada de sillas y sillones del mismo material, enmarcado en un edificio en piedra adornado con una torre y su campanario en forja del modernismo que alberga el sonido del reloj de la realidad, ambos, sonido y realidad, quedan encerrados en el justo momento de conseguir la libertad.

Los oyentes se aposentaban en butacas cómodas bajo una luz tenue que parecía nacer del techo, había un silencio respetuoso a la espera de su voz. Ella estaba tranquila y dejaba escapar su fuerza interior y privada a través de una voz cercana, escritos sin tiempo ni espacio, de sentimientos y vivencias que son reconocidas por todos; quizá ahí radique su captación, eso y la sencillez para comprender todas y cada una de sus palabras. Y claro, atrapó y acercó, penetró en los sentimientos de los que hablaba, a la desaparición de su vida de la de su padre, sin permiso, sin más, a la falta por siempre y a esa sensación de separación infinita. De ahí surgió un trabajo que, contradictoriamente, nació de ese vacío, de la orfandad palpable, de una pena que se hacía hueco entre las entrañas...

Comenzó su lectura y seguimos instalados en el recién pasado siglo, sin ruidos de ninguna máquina actual por aquella empedrada calle, silenciosa, ausente de paseantes y ya oscura, de un invierno desdeñado al estar protegidos en aquel aislado local, un entorno apropiado para escuchar aquella dulce y enérgica voz…

Y seguimos escuchando...

Describía la tristeza desde el nombre de una persona siempre cargada con ese abatimiento, dejaba entrever en esa lectura y personaje, la escenificación de esa emoción; conseguía revelarnos detalles invisibles, nos hacía apreciarlos pues, Charo, poseía una luz que los descubría, cual si fueran sus ojos un faro que nos señalara el camino y nos guiara con seguridad a descubrir esos secretos.

También nos mostró como emplea citas o títulos de poemas de otros escritores para encauzar los suyos, “Escrito en el silencio”, “No quiero que me vea nadie”, “Lejos de un hombre y su palabra”, entre otros.

Dijo que en una ocasión, le presentó a Ana María Novales, una incansable escritora, un gran atado de poemas y cuando volvió para ver que opinaba de ellos, la había remarcado tan solo una frase, la dijo que era lo único que valía de todas aquellas páginas.

Leyó los originales cuentos que escribió a sus sobrinos y poemas, dejaban a la vista la certidumbre de lo transparente, nosotros lo recogíamos; era sumamente fácil prestarla atención…

La escuchábamos silenciosos, sin perder detalles del relato en que mostraba a una tía suya independiente, liberal, culta, o el paso de un personaje a través de una plaza y que convirtió en una narración con todos los ingredientes.

Sí, mientras leía en voz alta, seguía sus palabras leyendo los impresos, pude descubrir el desconocido eco de las letras. Se produce cuando lees un texto en silencio y alguien, a tu mismo ritmo, lee en alto; surge entonces una reverberación oral que desemboca en una resonancia interminable, envolviendo al oyente en una naturaleza erigida frase a frase, en montañosos párrafos, en ríos de tinta, en el aire que transporta cada letra o cada sensación, en un bosque removido por el chasquear del paso de las páginas, mostrando así, un vendaval inacabable y perturbador. Los signos de puntuación eran insectos en ese bosque, a veces coloridos, a veces brillantes y oscuros, y las exclamaciones, eran tan intensas como el asustado correr de los jabalíes por el monte.

Buena tarde de audición, de compartir, de reír, en definitiva, de estar a gusto, tanto que pasó en un segundo de paz, una habitación donde volvimos a los años donde solamente la imprenta y la música eran el transporte de la cultura, a niveles de la alta sociedad o en las más desfavorecidas que mientras hacían sus labores, alguien leía e incluso interpretaba aquellas lecturas.

Charo, escritora del tiempo que se paró, de la sonrisa sin fecha, del cómodo lugar donde sus letras ocupan la dulzura y, que fue capaz de crearse la nostalgia de un lugar desconocido y de gentes ajenas, sensitivamente, mirando un álbum de fotos familiar.

Gracias por recibirnos en tu interior.

Abrazo.

Ángeles Sánchez Gandarillas ©
26-II-2012

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