miércoles, 9 de noviembre de 2011

EL MOLINO DE LAS CUEVAS.



Este molino era sin duda el más visitado por las gentes de mi pueblo, supongo que por ser el más cercano. Estaba también el de Bustillo, que algunos decían que hacía más fina la harina, y había vecinos que se desplazaban hasta Cabezón porque según algunas lenguas, aquél molinero robaba menos en la maquila.

Pero para los valdáligos, el molino por excelencia siempre fue el molino de Las Cuevas. Cuando llegaba un cliente, lo más que hacía la bonachona de Mónica, era estirar el cuello para identificar al recién llegado, pero su voluminoso cuerpo permanecía inmóvil sobre la silla baja de blando asiento de paja. Solía tener ambos brazos sobre el regazo, los dedos de las manos enlazados entre sí, y los pulgares girando uno sobre otro al compás del rum-rum de la muela giratoria que pulverizaba el maíz.

El diligente era Ricardo. Allí estaba siempre presto a tomar el ramal de los burros que llegaban para atarlos a las herraduras incrustadas en la pared de piedra, y tras ello, sonriente y dicharachero, arrancar del lomo de las bestias el saco de yute repleto de granos de maíz brillantes como pepitas de oro, para llevarlo al interior del molino y depositarlo sobre un suelo siempre cubierto del polvo amarillento que de continuo flotaba en el aire espeso..

Amarillentas eran también las piedras de las paredes interiores del molino, y como minúsculos toldos en los ángulos de estas paredes, amarilleaban de igual modo la multitud de telarañas que se sobreponían unas a otras hasta llegar al techo. Amarillas las tolvas y las escaleras para subir a ellas; y los cajones, y los celemines de madera, y las cejas de Mónica y los bigotes de Ricardo… Y con ello el olor siempre dulzón de la molienda recién hecha, el rum-rum de la piedra girando sobre piedra para pulverizar el grano, el lamento del agua que caída de la presa, y la lluvia lenta de harina fresca amontonándose en los cajones, como se amontonaba en los corrales la nieve blanca en las crudas noches de invierno.

Mónica y Ricardo tenían un hijo cuyo olvidé, pero no su fisonomía vivaracha e inquieta. Tendría cinco, o quizás seis años en la época de mis recuerdos, y sus ojos ligeramente bizcos, miraban siempre con la pertinaz insistencia de las aves rapaces. Era inquieto. Era travieso. Supongo que en los días actuales los muy puestos a punto dirían de él que era un niño hiperactivo. El caso es que el muchacho se pasaba los días enteros jugando en aquellos corrales con cuantos trastos pillaba a mano, subiéndose a lomos de cuantas caballerías esperaban en el molino, o haciéndoles a los clientes de sus padres las preguntas más insospechadas.

Aquél día jugaba el crío con una “carrabila”, haciéndola correr sobre las losas que bordeaban la presa del molino. Aumentaba la velocidad de su carrera al mismo tiempo que sus labios repetían una y otra vez “brum… brummm…” tratando de imitar los acelerones del motor de un coche, cuando al verle una mujer de Lamadrid, corrió al interior del molino para avisar a su madre.

-Por Dios, Mónica, ven corriendo que tienes al “críu” jugando alrededor de la presa, y “vásete” a caer al agua.

-Pero que dices, chacha. – Respondió Mónica indolente.- El mi “críu” es más “listu” de lo que tu te crees. "Listu, no. !Listísimu!" Pierde “cuidau”, que no cae al agua, no.

Sólo tuvieron que pasar tres minutos para que Ricardo entrara en el molino elevando en alto a la criatura que llevaba agarrada por los tirantes en la espalda, y que chorreaba agua como una esponja empapada.

- Mira, mira Mónica, la “listura” “del tu hiju…”

De Caviedes habían ido aquél mismo día a moler, Nati la de Nemesia y Tina la de Sindo. La pobre burra de Nati iba sobrecargada porque además del suyo tenía que llevar también el saco de maíz de Tina, que como era mujer de “embarcado”, apenas trabajaba el campo, y no tenía burro.

Ya notaron ellas durante el camino que la burra andaba un poco rara. Se paró a mear dos o tres veces, y agachaba mucho la cabeza, pero la “vardiasca” que llevaba Nati en la mano, se apresuró siempre a espabilarla.

Llegadas al molino ataron la burra a una argolla en tanto que Ricardo descargaba el maíz de la molienda. Al atarla, Nati exclamó:

-¡Algo era ello!

La burra había bajado la cabeza y agachado las orejas. Enseñaba los dientes largos como fichas de dominó, y su mandíbula comenzó a moverse como si masticara chicle.

-¡Anda salida, la muy…!

No le dio tiempo a decir más. El semental que había traído la molienda de la mujer de Lamadrid se encabritó como un vendaval sobre ella, y Nati, queriendo evitar lo inevitable, no acertó más que a quitarse el delantal que llevaba puesto e interponerlo entre macho y hembra.

-¡Por los clavos de Cristo! Pero… ¿Qué es esto…?

Ricardo sonrió con sorna, y respondió.

-“Esti burru” pasará a la historia por ser el “primeru” que lo hace con condón…

Jesús González González ©


1 comentario:

nreinor dijo...

Jesús, como siempre la historia buenísima, la estoy leyendo y la estoy visualizando y la secuencia es genial.
Lo relatas de tal forma que me parece estar viendo una película.
Por favor no te guardes ninguna historia en tu memoria, escríbelas para que podamos disfrutar de ellas.
Gracias, por estos momentos.