
Aquel viento frío que llegaba desde la costa la hizo estremecerse y con él, a su mente, regresan los momentos de ternura allí vividos junto al rompeolas, añora aquella mirada cómplice que la colma de cariño y ve de nuevo reflejados en el mar el brillo de sus ojos verdes.
Hoy se encuentra sola y entristecida, aquel tonto enfado por no querer discutir, de nuevo la ha llevado hasta allí, para intentar reflexionar.
A lo lejos escucha como unos excursionistas se bajan del autobús para contemplar aquel panorama y abstraída en sus pensamientos oye el murmullo que se va diluyendo por todo aquel paseo. Mientras, aquellas personas, se van alejando, entre risas y adjetivOs del bello paisaje que han descubierto.
A su lado, de repente, una suave voz la susurra al oído. Un escalofrío recorre su cuerpo. Aquellas palabras la suenan a dulce melodía; se da la vuelta y allí esta él, sonriente. Sin pensarlo se abalanza entre sus brazos para besarlo apasionadamente.
Los excursionistas vuelven de su paseo y los contemplan alegres, sus miradas se van dispersando y quedan ellos dos solos, se cogen de la mano y caminan lentamente sin hablar hasta el final del rompeolas, donde tantas veces han gozado con su amor.
Flor Martínez Salces ©
Mayo-2010
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