RIESGO EN EL PÁJARO AMARILLO
Querido abuelo:
Como
te prometí, te voy a contar una cosa que dijo papá que “casi” fue
drama, pero que yo te aseguro que fue un susto “entero”. El domingo,
después de carnavales, papá y yo fuimos a ver como recogen la “ocla”,
los de fuera de aquí las llaman algas, que trae la mar hasta las playas y
costas. Las marejadas de esta temporada las arrancaron del fondo del
mar; hubo olas hasta de ocho metros. Llegamos en coche hasta las
inmediaciones de la playa el Pájaro Amarillo, así se llamaba un avión
que llegó sin repostar, en 1.929 hasta este arenal, fue el primero que
con tripulación francesa que recorrió la distancia que hay desde los
Estados Unidos hasta Europa; se les había acabado el combustible; y
también, hace muchísimos años ponían hogueras para hacer encallar a los
barcos y saquearlos, pasaba en muchos lugares.
Fuimos
por la maña hasta el alto que hay después de Gerra y antes del camping,
está en el alto del barrio Oyambre o Cantigerra..., no sé, me hice un
lío. De todas maneras, abue, es un lugar que está en alto y se veía la
mar entera, yo creo que si exagero un poco, veía hasta el Reino Unido; a
lo mejor tienes razón en eso que me dices siempre “tienes ojos de
oteador de ballenas”, por cierto, habíamos pasado por una torre de
vigilancia que tiene la edad de diez abuelos, lo sé porque hice la
cuenta, y también se utilizaban de antes para avistar ballenas y así
cazarlas desde las traineras.
El
sol iluminaba una playa larguísima que parecía comer olas. Me pareció
la besamel que hacéis mamá y tú cuando la echáis despacio a la fuente.
Las olas venían terminadas en puntillas blanquecinas y al llegar,
levantaban la arena que la oscurecía. Había un montón de gente, unos
trabajaban con tractores enormes y otros, paseaban mirando con
curiosidad. Bueno, como nosotros.
La
mar parecía enfadada, gruñía y parecía que amenazaba con entrar hasta
la tierra, pero se iba otra vez, igual que cuando jugamos en casa a
coger el pañuelo. Papá me dijo que estaba bajando la marea y pensé que
si no, hubiera llegado a mojarnos en aquel alto, eran olas enormes.
Cuando la mar sonaba menos, se oían los rugidos de los tractores y las
voces de hombres y mujeres. – Tira ese chicote y amarra bien la carga...
– Ese montón que trae Benigno tiene troncos de la riada de ayer, hay
que seleccionar... -¡Cagüen la leche, cuidado con ese cable, que está
roto!...
Los
tractores entraban de culo a la mar con un enorme rastrillo que llevan
atrás, levantado, y al llegar a las “manchas de ocla” de la orilla, lo
bajaban para coger cuanto más y arrastrarla hasta la arena. Dice papá
que este oficio empezó allá por los años cincuenta; lo hacían con
parejas de vacas o de caballos y eran los hombres quienes se arriesgaban
a entrar en el oleaje; él supone que irían amarrados con una cuerda.
Otras personas recogían también lo que quedaba esparcido en la arena y
lo amontonaban en pilas que luego extenderían a secar sobre los prados.
Hay días que no pueden venir a recolectarla, porque los ríos, cuando
llueve sin parar, arrastran tierra de sus orillas, y el agua de los
montes ramas, árboles, yerba, frutas, y hasta animales del bosque y de
las granjas, ¡pobrecitos! Una vez vi ovejas y corzos ahogados a flote e
hinchados por la ría de Rubín que salían por la bocana al mar.
Comíamos unas avellanas que mi padre había tostado en el horno y que decía le sabían a las romerías de cuando era chico.
Aquellas
personas no paraban de trabajar y además, parecía que estaban pegados a
la arena, caminaban y se hundían en ella, como si fueran arenas
movedizas o cuando tú y yo, abuelo, íbamos a pescar cámbaros para el
arroz, que nos hundíamos en el fango y las botas se pegaban, decías que
era por unos animalucos o criaturas que se llamaban "Fanguillos”. Pues
eso, las olas hacían agujeros alrededor de donde pisaban. Le pregunté a
mi padre si no descasaban y me dijo que el Paro -güelito, ese señor debe
ser muy exigente- no les dejaba. Dice que esa ocla era especial y se
llama “Gelidium”. La secan y le retiran los rabos, es otra ocla dura en
forma de pequeños arbolitos sin hojas, las piedras y basura que traen
del fondo del mar, una vez seca la empacan y vienen camiones a por ellas
para llevarlas a las fábricas; allí las hacen polvo muy valioso y caro
que se denomina “agar-agar”, un espesante natural que se utiliza en la
alimentación, por ejemplo en los yogures, en productos de farmacia y en
cosmética.
Veíamos
como los tractores se adentraban más y más en la mar y que las olas les
llegaba casi cubrir las ruedas. Me daba miedo verlos, pero como son
grandes, ellos sabrían, aunque parecían enfadados, hablaban a voces y
decían tacos muy raros; papá decía que juraban en “arameo”.
La
mar pasaba por encima del pico del cabo Oyambre como “Pedro por su
casa”, sin avisar ni nada y salpicaba todo. Cuando seca el agua del mar
en la ropa o en el suelo, queda pequeñas marcas blanquecinas y yo sé que
es por la sal que tiene.
De
pronto, vimos un tractor que se hundía en el agua. Nos parecía
imposible porque estaba a la misma distancia que los otros. Nadie se
daba cuenta, todos estaban a lo suyo. Papá y yo gritamos como locos y no
nos oían; a papá se le saltaban las lágrimas y yo no sabía que hacer.
Me dejó solo y bajó por el terraplén sin dejar de gritarles, arrastrando
todo el cuerpo por las rocas; sangraba.
Yo
miraba al hombre del tractor que no podía abrir la puerta y cuando se
retiraba la ola, estiraba el cuello para respirar en la burbuja de aire
que quedó en la cabina del tractor. ¿Sabes abuelo?, quise no ver tanto
de lejos, porque hasta veía los ojos desorbitados de aquel hombre y su
palidez, y el miedo en sus manos agarrotadas que empujaban el cristal. Y
no estaba papá..., tuve frío por dentro, un frío como cuando la nieve
se te cuela por la espalda. Te confieso que lloré, me daba igual ser
mayor.
La
gente quería llegar hasta el tractor pero la mar no dejaba, además, me
dijeron después que en esa zona se arremolinan las corrientes y se hacen
profundos y grandes agujeros, y si te paras en ellos, cada vez te
hunden más. Volvían para atrás desesperados y se gritaban unos a otros.
¡Trae esa soga, la más gorda y amárrala a la otra; ayudadme a llevarla
hacia adentro, que pesa; correr que se nos ahoga, por Dios, correr!
El
hombre del tractor seguía dando golpes contra los cristales que no se
rompían por la presión del agua y su miedo era mi miedo, y yo tampoco
respiraba, ni podía moverme, ni veía a mi padre. Estaba igual de solo y
el corazón me dolía, y los pulmones respiraban en corto y parecían que
iban a estallar, y me dije: ¡H, piensa en positivo, va a salir!
Por
fin se rompió un cristal de la cabina y la sangre salía de sus manos,
se veía muy bien en el contraste de la espuma, y salió como pudo
subiéndose sobre la cabina del tractor. Distinguí como respiraba y se
agarraba para que no le llevaran los embates de la mar. Llegaron los
hombres amarrados con las cuerdas y lograron que cogiera una. Los demás
tiraban con fuerza para ayudarles a salir para que no se los llevara el
mar. Cuando salieron del agua, recostaron al conductor del tractor en la
arena y trajeron ropas y telas para curarle las heridas y quizá,
abrazos para curarle el miedo; ayudaron a cambiarse a los demás, porque
hacía un frío increíble y estaban mojados. En ese momento apareció papá
subiendo por la pendiente. Llevaba el teléfono en la mano y hablaba con
protección civil.
Abuelo,
de verdad, creí que habían pasado horas desde que comenzó todo, pero
tan solo fueron unos pocos minutos. Ahora sé que el miedo para el
tiempo. Me abrazó muy fuerte y me dijo que el hombre estaba a salvo,
aunque todavía no podía hablar, y que tenía hijos, uno de ellos era de
mi edad. Él y mi padre habían jugado en el Barquereño de chavales.
Todo
el grupo de pescadores de algas estaban terminaron sus labores, y
esperaban que bajara del todo la marea para rescatar lo que pudieran del
tractor, porque el agua de mar estropea y enroñece los motores por la
salinidad.
Abuelo,
papá dice que pudo ser un drama, yo digo que fue MIEDO entero y con
mayúsculas, pues ese oficio de coger algas es peligroso y más, en
algunas playas con mareas vivas y marejadas, y que la mar es un mundo
aparte...
Yo
le decía que ese señor, “Paro”, era cruel porque hacía arriesgar la
vida y que si algún día yo le tropezaba, le diría unas cuantas cosas.
Papá no me entiende y dice que yo no podré decirle nada a “Paro”, porque
tiene muchos lugartenientes y no hay quien le diga nada.
Volvimos a casa y abrazamos a todos muy fuerte; mamá y mis hermanos nos miraban extrañados y papá, tenía lágrimas en los ojos.
Bueno
abuelo, ya te contaré como sacan ocla desde el faro, en la ensenada de
la Punta de la Silla; pásmate, dicen que lo hacen con una pluma. En fin,
luego piensan que yo tengo imaginación.
Un abrazo eterno, como el que da la mar a la playa. Y otro de mis hermanos.
H.
Ángeles Sánchez Gandarillas ©
17-II-2013

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