jueves, 8 de noviembre de 2012

TIMIDEZ


¡A la cola, como todo el mundo! Eso me dijo aquella anciana cuando intenté sobrepasarla. Todos los que hacían cola para comprar las entradas, se volvieron. Censuraron mi acción de palabra o con ceñudas miradas. Sentí tal vergüenza que me fue imposible esbozar una disculpa. Más, no podía esperar y llamé por teléfono. Al poco, llegó un guardia de seguridad, y bajo su protección, adelanté toda la fila de impacientes espectadores; durante ese recorrido recibí múltiples insultos: ¡abusón, enchufado, etc.! Bajé la cabeza cuanto pude e intenté agilizar el paso. Entramos en el edificio del teatro, me puse el uniforme y, ruborizado hasta el nacimiento del pelo, comencé a venderles las entradas. 

Ángeles Sánchez Gandarillas ©
28-X-2012

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