¡A la cola, como todo el mundo! Eso me dijo aquella anciana cuando intenté sobrepasarla. Todos los que hacían cola para comprar las entradas, se volvieron. Censuraron mi acción de palabra o con ceñudas miradas. Sentí tal vergüenza que me fue imposible esbozar una disculpa. Más, no podía esperar y llamé por teléfono. Al poco, llegó un guardia de seguridad, y bajo su protección, adelanté toda la fila de impacientes espectadores; durante ese recorrido recibí múltiples insultos: ¡abusón, enchufado, etc.! Bajé la cabeza cuanto pude e intenté agilizar el paso. Entramos en el edificio del teatro, me puse el uniforme y, ruborizado hasta el nacimiento del pelo, comencé a venderles las entradas.
Ángeles Sánchez Gandarillas ©
28-X-2012

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