A las siete en punto de la mañana salimos de Unquera. Dos horas después paramos a desayunar en las aproximaciones de Luarca, y después no volvimos a parar hasta llegar al hotel, porque estaba previsto que comeríamos allí. Fue un palizón de autobús, pero ya sabemos que el que algo quiere, algo le cuesta.
Cuando supe que el hotel estaba a tres kilómetros del centro de Sanxenxo arrugué un poco el morro. Le empecé a desarrugar cuando tomamos posesión de las habitaciones del “Nuevo Vichona” que cumplieron con creces las mínimas aspiraciones. Después, cuando bajamos al comedor, hasta ganas de aplaudir me dio. Y máxime teniendo en cuenta que hace poco más de un mes, regresé echando pestes del comedor del Hotel Panorama de Ibiza. Aquí la comida es excelente,
Ni reposar nos dejaron. Dijeron que veníamos a ver, y sin empezar a hacer nuestro estómago la digestión, montamos en bus para llegarnos hasta Villa García de Arousa.
Hacía años que no venía por aquí, y traje muy abiertos los ojos para empaparme del paisaje: Empezó a llamarme la atención de la arquitectura rural gallega con sus peculiares iglesias de granito cincelado hasta la cúpula de sus alargados y estilizados campanarios.
Después de esto, los parrales de la comarca de O Salnés. Kilómetros y kilómetros de parrales cuidadosamente sostenidos a la altura necesaria para poder vendimiar con la mayor comodidad del mundo. No son cepas. Son parras. Son mini-parras. Supongo que así lo exige el tipo de uva, o la experiencia de los cultivadores gallegos.
Camino de Villa García contemplé las huertas mejor cuidadas del mundo, y me convencí de que aquí se cultivan todas las cebollas que se comen en España. Nunca había visto tanta cantidad junta.
Hórreos a montones. Hórreos gallegos, por supuesto; que nada tienen que ver con los de nuestros vecinos de Asturias. Pequeños y alargados, y la mayor parte construidos en granito, con una pequeña cruz en lo alto. Según nuestra guía, la cruz se colocaba antiguamente como implorando al cielo que guardara la cosecha que se guardaba dentro.
En Vilanova tomamos el puente más largo de España, según nos dijo Gema nuestra guía, para pasar a visitar la Isla de Arousa. Parece ser que tiene dos kilómetros, pero yo no los medí. Lo digo porque en todas partes hay algo que es “lo más de lo más”, y… ! Vete tu a saber!
Al regreso visitamos una bodega de Alvariño. Fue sumamente interesante porque aprendí mucho en poco tiempo. Yo pensaba sin ningún motivo, que se llamaba así porque el cosechero o bodeguero se llamaba Álvaro, y como era gallego… Pero no. Se llama así porque el tipo de uva con que se fabrica, se llama “alvariña”. Pregunté si había varias calidades, y me respondieron que no, que solo había varios precios. ¿…? Pues muy sencillo: Siempre una gran calidad. Distintos tipos de fabricación, y el más costoso, más caro. Pero no mejor. Para cada consumidor, el mejor es siempre el que más le gusta
Pregunté lo que sin duda pregunta todo ignorante como yo: Mejor ¿el “Alvariño” o el “Riveiro”? Idéntica respuesta: Es cuestión de gustos, son dos vinos distintos. Supe también que Riveiro hay blanco y tinto; Alvariño, solo blanco.
Segundo día por la mañana visitamos Pontevedra capital. Parece como si un río partiera en dos la ciudad, y como somos así de atrevidos, lo primero que se nos ocurre es lo que afirmamos como cierto ¡El Miño! El que más y el que menos de cuantos íbamos en el autobús, recordaba que en la escuela aprendímos que el Miño nacía en Fuente Miña, provincia de Lugo, pasa por Orense y desemboca en el Atlántico por La Guardia, que es de Pontevedra. Por La Guardia sí desemboca, pero no es el que pasa por la capital. A la capital va a parar el Lerez que es un riachuelo de poca monta, y lo que vemos nosotros no es otra cosa que un pequeño golfo que se interna en la tierra.
Las Rías Bajas son eso: golfos que se meten y cabos que se salen. Y entre cabo y cabo un riachuelo que busca su salida al mar echándose en brazos del golfo que se interna. Algo parecido a los Fiordos Noruegos, salvando los tamaños y los impresionantes acantilados de estos últimos.
Como en cada sitio que vamos llevamos los minutos contados, solo tenemos tiempo de ver calle y media. Aquí visitamos las ruinas de la Iglesia de Santo Domingo que están arriba, al final de la Alameda donde nos dejó el autobús, y después caminamos hasta la iglesia de la Virgen Peregrina patrona de la ciudad. Anduvimos ese centro monumental donde está el Convento de San Francisco y la Diputación que rodean a una plaza con mucho encanto, tomamos un alvariño en un bar de por allí, y regresamos al bus, porque de regreso al hotel para comer, había que hacer una parada para visitar Combarro-
¡Combarro! Como han desgraciado toda la gracia que tenía este pueblo….. Yo conocí Combarro cuando solo había media docena de comercios para el turista, cuando no existían las pasarelas de madera que dan acceso al pueblo de granito, y nos tuvimos que acercar trepando por los peñascos. Aquél si era un pueblo con encanto. Hoy entre horrorosas brujas que ríen, entre botellas de vino y orujo, y entre mil tonterías que venden, no dejan espacio libre para admirar los populares hórreos que se asoman al mar, ni los estrechísimos callejones de piedra granítica que dan paso a las viviendas de segunda o tercera fila. No volveré a Combarro.
Jesús González González ©

1 comentario:
Combarro es especial...
El Rieveiro, tinto...
El granito abunda y sorprende como, hasta la más humilde morada, es de ese material...
Cuanto me alegro de leerte amigo. ¡Bienvenido!
Abrazo. Lines
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