miércoles, 11 de abril de 2012

LA IGLESIA.


La iglesia de Caviedes es sencilla. Es un rectángulo humilde cerrado por cuatro paredes de piedra, y defendido de la intemperie externa por un tejado simple de dos aguadas. Un campanario horrible, y dos campanas de bronce ajadas, cuyo tañer hace daño en el tímpano.

Al frente un altar desnudo, y tras él ningún retablo. Unas peanas incrustadas en la pared sostienen unas pocas imágenes sin ningún valor artístico.

Atrás un coro de madera sostenido por una rústica viga de roble, donde se ponen los hombres que no se quedan en el portal cuando hay un funeral, o el día de San Justo.

A las mujeres les sobra con los ocho y diez bancos de toda la vida, lo mismo que sobra sitio donde se ponen los niños, salvo el día de Primeras Comuniones, que se suele llenar.

Pero la iglesia de Caviedes tiene un poder de comunidad para todos los vecinos del pueblo, que nos ayuda sin darnos apenas cuenta a ser como una familia: Todo los nacidos en el pueblo nos bautizamos en el mismo sitio. En aquella pila de piedra que hay cerrada por una puerta marrón de tornos gruesos, en el último y más oscuro rincón que hay bajo el coro. Y a todos los que tienen la suerte de morir en el pueblo, les despedimos al pie del altar momentos antes de darle sepultura. Son razones suficientes para respetar el lugar, practíquese o no se practique. Que en cuestión creencias cada persona es un mundo, y cada opinión o forma de ver la vida y la muerte es muy digna de respeto.

En mi época se repicaban las campanas todos los domingos y fiestas de guardar. Los hermanos Migoya eran unos verdaderos artitas en el arte del repique. Sobre todo Nardo, que se arrodillaba en el campanario como si fuera a abrazar el mechón de piedra que separa ambas campanas, agarraba un badajo con cada mano, y…”tin… tan… tin, tin, tán. Tin… tan… Tin, tin, tán… Así, cada vez más deprisa.

Y las madres se apresuraban a ponernos la ropa limpia y planchada para ir a misa, porque ya habían tocado la primera y no tardarían mucho en tocar la segunda; que en aquellos tiempos íbamos a misa todos los críos, casi todas las mujeres, y muchos hombres.

Para entrar en la iglesia, las mujeres se cubrían la cabeza con un velo negro de encaje, y llevaban todas un pequeño misal, o libro de misa, que cualquiera de los dos nombres servía para llamar al libro de oraciones entre cuyas páginas solían guardar los recordatorios de todos los vecinos que iban falleciendo.

El velo de las viudas era de luto. Se diferenciaba de los otros en que el tejido aunque igual de fino, era totalmente tupido y liso, sin ningún tipo de floritura ni ondas en los contornos.

Don Juan decía la misa en menos tiempo que canta un gallo. Pero echaba unos sermones interminables. Cuando llevaba un largo rato hablando decía “en fin, hermanos míos”. Y cuando decía “en fin, hermanos” significaba que todavía quedaba muchísimo por hablar, y que lo de “en fin” no quería decir que terminaba, quería decir que empezaba de nuevo. Las mujeres desconectaban, y se ponían a pensar si se les quemarían las alubias que habían dejado en el puchero arrimadas a los tizones. Los críos sacábamos del bolsillo las canicas que hacíamos correr por los bancos, y los hombres se acomodaban de la mejor manera posible para echar una cabezada.

Un día se lo dijo Mena:

-“Don Juan, tiene que decir más cortos los sermones, que los hombres se duermen.”

-“Concho, concho, ¿Qué se duermen? Pues señal es de que están a gusto, si se duermen.”

Y si ese domingo el sermón duró treinta minutos, al siguiente duró treinta y cinco.

Toques de campana había varios. El repique, era lo que dije, para domingos y festivos. Después estaba el lúgubre y lento tañido del toque a muerto. Sonaba diez minutos más tarde después de haber fallecido alguno en el pueblo. Su sonido era inconfundible y hacía parar cualquier actividad, para quedarse un momento la gente con la mirada perdida como asumiendo la marcha del que se sabía que estaba en el pueblo muy enfermo.

Si no se sabía de ningún enfermo, la cosa era más trágica. Un accidente o una muerte repentina. Y entonces un escalofrío sacudía al pueblo entero, y se corría de casa en casa hasta saber lo ocurrido.

También se tocaba a “Concejo”. Con alguna frecuencia la Junta Vecinal del pueblo convocaba a los vecinos a una reunión en el portal de la iglesia, para hablar de obras o proyectos comunales, e incluso escuchar sus opiniones. Cada quince días los jueves por las tardes había “Caminos”. Un hombre de cada casa debía acudir provisto de herramienta a trabajar junto a los demás, para reparar los caminos del pueblo que por mayoría se hubiera acordado en el último concejo.

Por último estaba el toque a rebato. Sonaba de muy tarde en tarde. Solía ser en otoño, cuando soplaba el viento sur que maduraba el maíz de las panojas, y desprendía las hojas de los castaños, que nos apresurábamos a coger para envolver la borona. Tocaban porque había fuego en Las Espinas, o estaban ardiendo los escajos en el alto de la Jerra, y tenían que ir los hombres a apagarlo a base golpes con ramas o calderos de agua cuando era posible.

Si el fuego era de noche, acudíamos los críos a la bolera y aquello era como una romería. Soplaba el aire caliente y las nubes se teñían de rojo y azul. Veíamos las llamas como lenguas gigantes moviéndose en todas direcciones, y como nieve caliente caían sobre nosotros las pavesas apagadas. Y cerca de las cuadras y de los pajares las mujeres preparadas con calderos de agua por si el viento acercaba un tizón encendido…

Siempre era monte bajo lo que se quemaba. Escajos que se convertían en gárabas y bardales con rajas y espinos que tapizaban el suelo, y donde después con la ayuda del agua del invierno y el sol de primavera, nacería yerba joven para pasto, que habían de agradecer ovejas y vacas.

Jesús González González ©

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