lunes, 15 de agosto de 2011

SOR EULOGIA (III)


Durante todos los días de la semana anhelé la llegada del domingo. Mi madre me había prometido que todos los domingos vendría a vender al mercado de Cabezón, y que comeríamos juntos en casa de Pilar. Estuve un buen rato pegado a sus faldas en la fila que formó junto a otras mujeres de los pueblos cercanos con sus cestas abiertas, ofreciendo sus productos a la vista de todo el que ante ellas iba pasando y preguntando, “¿A cuánto los huevos?” , o “¿Qué me cobras por ese repollo?”

Había traído mi madre la sopa, y en tanto se calentaba puso a freír chorizos y huevos. No le miré a mi madre las uñas, pero seguro que aunque hubieran estado tan negras como las de Pilar, no me hubieran causado ningún rechazo. Comí con verdadera satisfacción, y la naranja que me dio de postre me pareció un manjar. Cuando se fue, me puso una peseta en la mano para que fuera al cine aquella tarde, y me besó repetidas veces. Cuando se subió al carro, la burra enderezó las orejas, partió casi al trote, y yo me quedé mirando a la burra y a mi madre con un nudo en la garganta.

El cine me liberó de aquellas mis amarguras. Nunca he podido olvidar el rizo que Estrellita Castro llevó siempre sobre la frente, y lo mucho que me divertí con su compañero de reparto, Miguel Ligero. Pasé muchas felices tardes de domingo dentro del Cine Mafepe en sesión de cuatro y media. Era infalible la proyección del noticiero “No-Do” antes de la película donde nunca faltaban actos militares, ni Franco inaugurando pantanos. El cine Mafepe estaba a la derecha de la carretera que lleva a Vernejo y Hontoria, antes de llegar a las vías del tren, próximo a las estaciones. Me aficioné a coleccionar programas de mano, y con Magín el de la tienda de muebles y Chamullo Bretones buscamos muchas tardes en el prado de al lado, fotogramas de celuloide que tiraba por una ventana quien manejaba el proyector, cada vez que tenía que reparar un corte de película.

Iba a “gallinero”, a todo lo alto de atrás porque costaba cincuenta céntimos de peseta, y con los otros cincuenta, durante el “descanso” compraba abajo, en el bar que Sampeti tenía al lado de la taquilla, un bolinche y un buen paquete de cacahuetes. Los gritos y patadas en el suelo cuando los vaqueros cabalgaban tras los indios eran ensordecedores, y los culos de la chavalería se restregaban en los bancos de madera hasta deshilachar los pantalones.

A medida que pasaba el tiempo me iba asustando menos la figura de Sor Eulogia. Ella había estado como veinte años en Cuba, y se emocionaba cuando nos hablaba de sus alumnos de La Habana. Entonces se quitaba las gafas para con el pañuelo limpiarse los ojos, y luego limpiaba también los gruesos cristales. Siempre nos puso como ejemplo de aplicación a sus niños de Cuba. Después fui descubriendo la razón, y para mí no era otra más que todo lo suyo era lo mejor. A espaldas nuestras nos defendía ante el resto de profesoras y alumnado como los mejores del centro.

Tenía una regla de madera que con frecuencia ponía al rojo vivo las palmas de las manos de quienes por el motivo que fuera no hubieran hecho los deberes, y cuando de cerca explicaba algo a alguno, si el interesado no atendía como ella creía que debía de atender, le cruzaba la cara con un bofetón, y se quedaba tan tranquila “La letra, con sangre entra”, era su lema. Y le llevaba a la prática.

Tal como me lo prometió, Pilar me despertó aquél domingo a las ocho menos cuarto de la mañana para llevarme con ella a lo alto del campanario de la iglesia donde a las ocho en punto volteaba las campanas que despertaban al vecindario recordándoles que era el día del Señor. Las oscuras escaleras de piedra del interior de la torre por donde ascendimos me recordaron las mazmorras de “La Corona de Hierro”, una película estremecedora que había visto el domingo anterior. Como quiera que yo nunca fui un valiente, sentí como escalofríos temiendo que en uno de aquellos recodos alguien me segara la cabeza con una espada de bronce, pero nada parecido sucedió.

Contemplé a mis pies la Villa entera de Cabezón antes que Pilar empujara la primer campana. Cuando tirando del grueso cordel consiguió la primera vuelta, el estallido del badajo contra el bronce hizo más mella en mi cerebro del que me hubiera hecho la espada del supuesto asaltante en la escalera. Tirando del cordel a cada vuelta, consiguió un ritmo constante, y entonces empujó la segunda campana. Luego solo fue mantener ese ritmo discordante de ambas campanas tirando con diestra y siniestra de la una y de la otra. Se me llenaron los oídos de tañidos horribles, y tuve la sensación de que dos barrenos me taladraban los tímpanos. Cuando descendimos del campanario conservé durante horas el eco de las campanas incrustado en mi sesera.

A pesar del daño que me hicieron las campanadas, cuando al llegar el sábado me propuso despertarme al día siguiente, acepté encantado. Esta vez Pilar me invitó a que tirara de uno de los cordeles, y lo encontré divertido. Cuando regresamos a la casa me regaló un paquete con caramelos, y así fue como la mujer consiguió un colaborador que sin paga alguna la aliviara en su trabajo.

El colaborador le duró solo hasta la tarde del domingo que, en el cine Mafepe proyectaron “Esmeralda la Cíngara” Fue una película preciosa basada en la novela de Víctor Hugo, “Notre Dame de París”, y donde el actor Charles Laughton tuvo una de sus más brillantes interpretaciones con su papel de Quasimo el jorobado, al lado de la bellísima Maureen O’Hara. Quasimodo era un ser horrible, y campanero de la catedral de Notre Dame, y por miedo al mimetismo juré no volver a subir al campanario.

Sor Encarnación era la profesora de los párvulos. Era gordita y excesivamente baja, por lo que entre todas las malas lenguas del alumnado era conocida por “El Garbanzo”. Y es que nada podía parecerse más a ella, que un garbanzo con toca blanca. Creo que Sor Eulogia la ignoraba. Tan enérgica la una, y tan bobalicona la otra, que hasta los enanos a su custodia, se burlaban de ella a sus espaldas.

Sor Francisca nasalizaba un poco al hablar, y era la profesora de las niñas que salían del parvulario. Los párvulos varones que terminaban, debían de ir a las escuelas públicas u otros centros privados hasta alcanzar el nivel necesario para poder asistir a las clases impartidas por Sor Eulogia. Pienso que Sor Eulogia respetaba a Sor Francisca, a parte de por otros motivos que yo desconociera, porque era el número uno con hilo y aguja. Los bordados hechos por Sor Francisca tenían un precio especial para quienes pedían que fuera ella la autora

Sor Pilar era una maña como Dios manda. Alta, fuerte y colorada que parecía derrochar salud por todas partes. Por más que lo intentaba, era incapaz de disimular bajo el hábito, unos pechos que los alumnos de Sor Eulogia suponíamos extraordinarios en todos los sentidos de la palabra. Sor Pilar instruía a las jovencitas que dejaban las clases de Sor Francisca, que eran las mismas que Sor Eulogia dejaba de llamar niñas, para llamarlas “entretenedoras de mis muchachos”, y por ello estaba siempre advirtiendo a Sor Pilar, que vigilara a sus chicas cuando iban a los servicios.

Sor Felisa era una belleza. Creo que todos los alumnos de Sor Eulogia estábamos mucho más enamorados de ella, que de sus alumnas ya muchachitas. ¡Muchachitas! ¡!Muchachonas!!, las llamaba siempre Sor Eulogia, y les decía “!Comprometedoras, que andáis siempre detrás de mis muchachos! Sor Felisa era para Sor Eulogia, el otro polo. Eran las dos inteligencias del Colegio, y pienso que había entre ambas un reto permanente bien disimulado…

Sor Bárbara era una anciana, y además una santa. Fue mi profesora de mecanografía, y lo más que acertaba a decir cuando se enfadaba, que teníamos “cabeza de misquito”. Pero bajo su dirección llegué a conseguir las trescientas y pico, (ya no recuerdo el pico,) de pulsaciones por minuto necesarias para poder decir que eras mecanógrafo. Para Sor Eulogia, Sor Bárbara era una anciana que trabajaba más de lo que a sus años debía trabajar.

Sor María “la andaluza” ignoro totalmente a que se dedicaba, pero seguro que con los brazos cruzados no estaba. Cocinera no era. La cocinera era Victorina, una mujer del pueblo siempre risueña, con más cara de monja que ninguna de ellas. ¿Llevaría la administración? Tampoco atino a encajar que papel podía jugar esta mujer, en el modo de pensar de Sor Eulogia.

Por último, Sor María Moreras, la superiora. Sor María era una buenaza, y sospecho que por buenaza, muchas veces Sor Eulogia se tuvo que reprimir para no darle un par de ostias. Así de simple.

(Continuará.)

J. González González ©

1 comentario:

nreinor dijo...

Estoy viendo a Sor Eulogia, me la imagino tal cual la describes y es de película de terror.
He visto en tu escrito que has nombrado a Chamullo Bretones, era un hombre especial al que yo tenía mucho cariño y el a mí me adoraba.
Tengo muy buenos recuerdos de el, es de esas personas que no he podido ni quiero olvidar.

Supongo que del colegio y la sor tendrás más que contar, espero que lo hagas.

Hasta luego,Nieves

Hasta