Lo reconozco, soy intolerante. Protesto por nada, y protesto por todo: Cambia el disco del semáforo y el coche que está delante tarda dos segundos en arrancar, y ya empiezo yo a hablar conmigo mismo: “Mujer tenías que ser”. Y si es hombre: “Estás dormido, o qué?” Eso lo más suave, porque como se distraiga un segundo más, le llamo dominguero y le suelto un taco.
No te digo nada si estoy haciendo cola para algo y veo que se cuela alguien… “Las mujeres tienen un morro…” “Eh, oiga, está ciego? ¿No ve la fila? A usted, a usted le digo, no se haga el sordo.”
Lo mismo en la cafetería. Cuando solo hay una mesa libre y alguno que corre llega a ella antes que yo: “Hala, hala, a carreras, como los bien educados”. Y si el camarero atiende primero a otro que llegó más tarde, protesto como si el sufrido muchacho tuviera obligación de fijarse en que minuto llega cada cliente: “Es que el dinero de ése vale más que el mío? ¿Esa es toda tu profesionalidad?”
Oye, que además de protestar por todo, protesto también de mala manera. Pero eso sí, sintiéndome lleno de razones porque la ética a mi me permite expresarme así porque yo soy yo, y no soy otro. Y es que yo, a mi mismo, casi siempre me veo perfecto. ¿Y tú? ¿Te ves perfecto tú? Bueno, es posible que no, que tu no te veas tan perfecto porque al fin y al cabo tu eres tu. Y tú, no eres yo.
Pero claro, a mi que no me digan nada. Y si me lo dicen, que sea con muy buenos modos, porque de otro modo no lo tolero. Y si es con buenos modos, que demuestren bien las razones por las que me llaman la atención, porque sin razón, aunque sea con buenos modales, tampoco lo admito.
Una vez admití que me llamaran la atención, y sin duda lo admití porque lo hicieron con exquisita diplomacia. Fue hace muchos, muchísimos años en un viaje que hice a Bélgica con un amigo: caminábamos charlando por una calle, y yo llevaba un pequeño papel en la mano, una nota que ya no necesitaba, y la dejé caer al suelo. Alguien detrás de mi me tocó en el hombro “Perdone, señor. Se le ha caído esto”. Nunca olvidé aquella lección de civismo.
Aquél hombre era las dos cosas, tolerante y educado. Además velaba por la limpieza de su ciudad, mientras que yo nunca había reflexionado siquiera que era obligación de todos mantener la tierra limpia. Posiblemente yo en su lugar hubiera hecho un despectivo comentario: “Estos sucios extranjeros…” Y eso, si es que yo reparaba en que dejar caer un papelito al suelo era algo que no debía hacerse.
Dime, ¿también tu protestas por cosas de poca importancia? ¿Es posible que seas tan parecido a mi? Me he puesto a reflexionar un poco, y creo que somos así porque no queremos a la gente. La intolerancia pienso que es falta de caridad. No hablo de esa caridad que nos lleva a dar limosna para que quien la pide nos deje de dar la lata. Hablo de la caridad de querer.
Mira, una vez viajaba en tren un padre con un hijo de poca edad. El niño era inquieto y subía la ventanilla para luego volverla a bajar. Se ponía de pié, saltaba, se sentaba y volvía a ponerse de pié para saltar otra vez. Un viajero harto del niño, le dice al padre: “Si fuera hijo mío le daba a ese niño un par de azotes” . A lo que respondió el padre: “Si fuera hijo suyo, ya le había yo tirado por la ventanilla, pero como es hijo mío, se lo aguanto.”
Y bueno, si eres intolerante como lo soy yo, y lo reconoces como lo reconozco yo, ya tenemos mucho andado para corregir el defecto. Porque no tenemos que conformarnos con pedir que el mundo sea mejor, tenemos que empezar a mejorarle un poco cada uno de nosotros a medida de nuestras posibilidades. Y no sería tan poco si tú y yo conseguimos un mínimo de tolerancia para la gente que nos rodea.
Jesús González González ©
16/07/09
No te digo nada si estoy haciendo cola para algo y veo que se cuela alguien… “Las mujeres tienen un morro…” “Eh, oiga, está ciego? ¿No ve la fila? A usted, a usted le digo, no se haga el sordo.”
Lo mismo en la cafetería. Cuando solo hay una mesa libre y alguno que corre llega a ella antes que yo: “Hala, hala, a carreras, como los bien educados”. Y si el camarero atiende primero a otro que llegó más tarde, protesto como si el sufrido muchacho tuviera obligación de fijarse en que minuto llega cada cliente: “Es que el dinero de ése vale más que el mío? ¿Esa es toda tu profesionalidad?”
Oye, que además de protestar por todo, protesto también de mala manera. Pero eso sí, sintiéndome lleno de razones porque la ética a mi me permite expresarme así porque yo soy yo, y no soy otro. Y es que yo, a mi mismo, casi siempre me veo perfecto. ¿Y tú? ¿Te ves perfecto tú? Bueno, es posible que no, que tu no te veas tan perfecto porque al fin y al cabo tu eres tu. Y tú, no eres yo.
Pero claro, a mi que no me digan nada. Y si me lo dicen, que sea con muy buenos modos, porque de otro modo no lo tolero. Y si es con buenos modos, que demuestren bien las razones por las que me llaman la atención, porque sin razón, aunque sea con buenos modales, tampoco lo admito.
Una vez admití que me llamaran la atención, y sin duda lo admití porque lo hicieron con exquisita diplomacia. Fue hace muchos, muchísimos años en un viaje que hice a Bélgica con un amigo: caminábamos charlando por una calle, y yo llevaba un pequeño papel en la mano, una nota que ya no necesitaba, y la dejé caer al suelo. Alguien detrás de mi me tocó en el hombro “Perdone, señor. Se le ha caído esto”. Nunca olvidé aquella lección de civismo.
Aquél hombre era las dos cosas, tolerante y educado. Además velaba por la limpieza de su ciudad, mientras que yo nunca había reflexionado siquiera que era obligación de todos mantener la tierra limpia. Posiblemente yo en su lugar hubiera hecho un despectivo comentario: “Estos sucios extranjeros…” Y eso, si es que yo reparaba en que dejar caer un papelito al suelo era algo que no debía hacerse.
Dime, ¿también tu protestas por cosas de poca importancia? ¿Es posible que seas tan parecido a mi? Me he puesto a reflexionar un poco, y creo que somos así porque no queremos a la gente. La intolerancia pienso que es falta de caridad. No hablo de esa caridad que nos lleva a dar limosna para que quien la pide nos deje de dar la lata. Hablo de la caridad de querer.
Mira, una vez viajaba en tren un padre con un hijo de poca edad. El niño era inquieto y subía la ventanilla para luego volverla a bajar. Se ponía de pié, saltaba, se sentaba y volvía a ponerse de pié para saltar otra vez. Un viajero harto del niño, le dice al padre: “Si fuera hijo mío le daba a ese niño un par de azotes” . A lo que respondió el padre: “Si fuera hijo suyo, ya le había yo tirado por la ventanilla, pero como es hijo mío, se lo aguanto.”
Y bueno, si eres intolerante como lo soy yo, y lo reconoces como lo reconozco yo, ya tenemos mucho andado para corregir el defecto. Porque no tenemos que conformarnos con pedir que el mundo sea mejor, tenemos que empezar a mejorarle un poco cada uno de nosotros a medida de nuestras posibilidades. Y no sería tan poco si tú y yo conseguimos un mínimo de tolerancia para la gente que nos rodea.
Jesús González González ©
16/07/09
4 comentarios:
Que bueno y que cierto, porque yo entro en el mismo saco, que bien escrito, Jesús, ERES GRANDE.
Lines
Que bueno y que cierto, porque yo entro en el mismo saco, que bien escrito, Jesús, ERES GRANDE.
Lines
Jesús no me creo para nada que seas intolerante,si acaso un poo despistado,jajaja,exquisito relato,besitos
Jesus..
un texto que se lee con gran facilidad y siempre queda el gusto de leer mas.
abrazos
V
Publicar un comentario