Las he comido muy buenas, pero como las del Carmen, en ninguna parte. Dicen algunos que no son del Cantábrico, que vienen de Valencia, otros que de Cataluña, otros… Pues mira, que vengan de donde quieran, que ahí están los chavales de La Barquera para darles ese toque sublime, ese punto de sal, ese asado perfecto, que las convierte en auténtico manjar, del que el consumidor se chupa literalmente los dedos, y luego se rasca el bolsillo para repetir de nuevo, porque de no ser mañana y pasado, hasta el próximo año no van a tener ocasión de degustar tal exquisitez.
Este año echaremos en falta a Juanjo, que ponía su nota pintoresca de cura melenudo y asador de sardinas; seguro que él lo recuerda, y seguro también que como a su alcance estén unos kilos de ellas, más de cuatro indios bolivianos brindarán con sardinas por la salud de la Virgen del Carmen, de La Barquera, y puede que hasta algún lagrimón de nostalgia se le escape al asador.
Ya son las siete. Ya vi esta mañana la carpa grande, blanca y llena de mesas cuando a la salida de misa hicimos un alto en el muelle para degustar el vino y las anchoas con que los miembros de la comisión nos obsequiaron, y escribo estas líneas mientras pasa la hora y media que falta para acudir a la cita con nuestros amigos.
Seguro que para entonces ya hay allí aglomeración. No me gustan las aglomeraciones, pero esta del Carmen, si. Me gusta una cola larga, y que la brisa del mar arrastre hasta mí los efluvios que la plancha desprende. Cuando esto sucede, comprendo perfectamente el ronroneo de los gatos en torno al pescado, y lamento no saber ronronear.
Mientras unos estamos en la cola, otros toman posiciones en las mesas. Yo prefiero la cola porque me distraigo contando: tengo treinta delante, ahora veinticinco, veinticuatro, veintitrés….Y veo cada vez más cerca la plancha donde los mozos con camisas azules y pañuelos atados al cuello se afanan en su trabajo: riego de aceite, siembra de peces plateados que de seguido bendicen con sal gorda, y como si de auténtico incienso se tratase, surge el humo que perfuma el ambiente. Siento removerse inquietos los jugos gástricos de mi estómago y trago saliva. ¡Dios, que bien huelen! Alguien me acerca un vino.
Anita parte pan al tiempo que ofrece papeletas para la rifa, y Julio guarda celosamente el importe de las raciones vendidas… Por fin llegamos. ¿Cuántas? Seis, ocho, diez raciones, que somos muchos. El pan, las servilletas… ¿Habéis cogido bastante vino? ¿Seguro que las mujeres tienen sitio para todos? Las bandejas de cartón se amontonan repletas. ¡Cuidado con las gotas de aceite en la ropa! Y voy avisando de lo que llevo para que la gente me deje pasar, y observo como me envidian los que todavía esperan.
Los dedos de la mano izquierda a la cabeza, y los de la derecha a la cola. Lo mismo que si fuera a tocar una armónica, pero sin soplar. Mordiendo la carne asada, caliente, jugosa, sabrosa, hasta no dejar más que la raspa. Y luego otra, y ahora un trago de tinto, y charla, y comenta, y otra sardina más, que están buenísimas… Y las servilletas de papel llenas de grasa lo mismo que los dedos. Pero éstos me los chupo, que al tiempo que se limpian me dan gusto al paladar.
Y mañana…? Mañana también, mañana más, que las sardinas del Carmen no vuelven hasta dentro un año.
Jesús González González ©
16/07/09
Este año echaremos en falta a Juanjo, que ponía su nota pintoresca de cura melenudo y asador de sardinas; seguro que él lo recuerda, y seguro también que como a su alcance estén unos kilos de ellas, más de cuatro indios bolivianos brindarán con sardinas por la salud de la Virgen del Carmen, de La Barquera, y puede que hasta algún lagrimón de nostalgia se le escape al asador.
Ya son las siete. Ya vi esta mañana la carpa grande, blanca y llena de mesas cuando a la salida de misa hicimos un alto en el muelle para degustar el vino y las anchoas con que los miembros de la comisión nos obsequiaron, y escribo estas líneas mientras pasa la hora y media que falta para acudir a la cita con nuestros amigos.
Seguro que para entonces ya hay allí aglomeración. No me gustan las aglomeraciones, pero esta del Carmen, si. Me gusta una cola larga, y que la brisa del mar arrastre hasta mí los efluvios que la plancha desprende. Cuando esto sucede, comprendo perfectamente el ronroneo de los gatos en torno al pescado, y lamento no saber ronronear.
Mientras unos estamos en la cola, otros toman posiciones en las mesas. Yo prefiero la cola porque me distraigo contando: tengo treinta delante, ahora veinticinco, veinticuatro, veintitrés….Y veo cada vez más cerca la plancha donde los mozos con camisas azules y pañuelos atados al cuello se afanan en su trabajo: riego de aceite, siembra de peces plateados que de seguido bendicen con sal gorda, y como si de auténtico incienso se tratase, surge el humo que perfuma el ambiente. Siento removerse inquietos los jugos gástricos de mi estómago y trago saliva. ¡Dios, que bien huelen! Alguien me acerca un vino.
Anita parte pan al tiempo que ofrece papeletas para la rifa, y Julio guarda celosamente el importe de las raciones vendidas… Por fin llegamos. ¿Cuántas? Seis, ocho, diez raciones, que somos muchos. El pan, las servilletas… ¿Habéis cogido bastante vino? ¿Seguro que las mujeres tienen sitio para todos? Las bandejas de cartón se amontonan repletas. ¡Cuidado con las gotas de aceite en la ropa! Y voy avisando de lo que llevo para que la gente me deje pasar, y observo como me envidian los que todavía esperan.
Los dedos de la mano izquierda a la cabeza, y los de la derecha a la cola. Lo mismo que si fuera a tocar una armónica, pero sin soplar. Mordiendo la carne asada, caliente, jugosa, sabrosa, hasta no dejar más que la raspa. Y luego otra, y ahora un trago de tinto, y charla, y comenta, y otra sardina más, que están buenísimas… Y las servilletas de papel llenas de grasa lo mismo que los dedos. Pero éstos me los chupo, que al tiempo que se limpian me dan gusto al paladar.
Y mañana…? Mañana también, mañana más, que las sardinas del Carmen no vuelven hasta dentro un año.
Jesús González González ©
16/07/09
4 comentarios:
Jesús...que buen sabor tienen estas letras, la verdad es que ha sido un placer disfrutarlas.
con afecto V
Desde luego consigues aumentar mi apetíto y eso que estoy llena, casi he olido ese manjar, nunca fui a cenarlas pero quizá hoy lo haga, me has ayudado a tomar esa decisión. Lines
Jesús no te pierdes una,estas en todos las celebraciones y me alegro por ti,porque de esta manera estamos informados de todo lo que ocurre,con tu genial pluma,espero nos escribas sobre la inaguración de los contenedores,con esa chispa que tu le pones a todo,besitos.
Realmente hasta las hemos olido con tu relato. Aunque cabe decir que ha este año a las sardinas les faltaba la bendición de Juanjo.
Un abrazo,
Jesús, Camino y Ana
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