La enterramos ayer, pero en realidad iba camino de hacer tres años que había muerto, cuando de la forma más traicionera le dio aquella trombosis que la postró para siempre en una silla de ruedas. Esto de la silla en realidad es algo que no importa mucho, aunque si impacta, porque de lejos informa a todo el mundo de su minusvalía; pero desde una silla de ruedas también se puede aprender perfectamente a disfrutar de la vida. Lo malo fue que además de quedar paralizada de medio cuerpo, su cerebro quedó tan sumamente dañado que la privó de coordinar palabras con sentido común.
Al principio parecía que poco a poco recuperaba. En su rostro se iluminaba una sonrisa cuando la visitábamos, y extendía su mano izquierda, la buena, en busca de la nuestra. Pero me entristecía cuando al preguntarle algo, me respondía siempre repitiendo las mismas palabras que yo acababa de decirle. No era más que el eco de mi pregunta. Poco a poco incluso eso dejó de hacer, hasta el extremo de no responder. Se limitaba a mirarme fijamente, y yo, en sus ojos negros y profundos, no alcanzaba a ver más que una inmensa tristeza.
Vivió tres años sin poder comunicarse, y para nosotros mismos dejar de interrogarnos, para no sufrir pensando en su posible sufrimiento, nos dijimos que no sufría, que estaba como en el limbo. Pero un detalle, el único, nos decía que esto no era exactamente así; ni un solo minuto se la podía dejar sola porque empezaba a gritar y no cesaba hasta tener de nuevo a alguien a su lado. Tenía terror a la soledad, luego, algo sentía.
Otra incógnita mas de los caprichos de un cerebro dañado, es que, si como bien digo, dejó de articular palabra alguna y solo respondía con murmullos incoherentes incapaz de dar sonido correcto a una sola sílaba, si se la iniciaba en el rezo de una oración, lo mismo que en la letra de una canción, rezaba con una pronunciación correcta, y repetía una y cien veces la misma oración hasta que se le mandaba callar. Hacía lo mismo con las canciones, y de estas entonaba con corrección la música. Era como una grabación que se repite, pero que demostraba que nada impedía la pronunciación de las palabras. Pienso que, por algún maldito capricho de su enfermedad, sólo era incapaz de recordarlas, y menos de coordinarlas.
Siempre estuve convencido de la existencia del alma, del espíritu o de lo que cada cual le quiera llamar, pero que en realidad es algo ajeno a la materia, y que nos eleva por encima de todo otro bicho viviente. Es lo que nos hace discernir entre el bien y el mal, es lo que mueve a los humanos para que unos en nombre de Dios, y otros en nombre de la Ética o en el del Sentido Común, reaccionemos de forma no animal ante mil vicisitudes de la vida.
Siempre “he querido creer” en la inmortalidad del espíritu. Seguramente “quiero creerlo” por egoísmo, del mismo modo quizás que creo en Dios. Y es que tenemos la imperiosa necesidad de asirnos a Él, cuando todo lo demás nos falla. ¿No es una última esperanza decir, ¡!Dios, ayúdame!!, cuando no puedes más? Y ante las mil atrocidades de guerras y hambrunas, cuando te sientes hundido en la impotencia frente a los culpables, no te sientes más relajado diciendo,” perdónalos porque no saben lo que hacen”?...
¿Recordáis por ventura los años de vuestra infancia? ¿Recordáis aquella mujer que dulcemente os envolvía en sus brazos y os adormecía entonando una balada de amor? ¡O, si, si la recordáis!. Es la madre. Es uno de los nombres más dulces de cuantos encierra el diccionario. Los que tenéis la dicha de tenerla sobre la tierra, la invocáis con cariño. Los que no, siempre hemos estado dispuestos a construir un Cielo para ella, un lugar hermoso donde tenerla. Todo, antes de pensar que ya no está en lugar alguno.
Cuantas veces me he preguntado que estaría ocurriendo en el cerebro de mi hermana durante todo ese tiempo. Sin saber porqué, sin razón científica alguna, siempre tuve la sensación de que el cerebro es el punto de unión, el lugar donde comulgaban alma y materia, y ante este oscurantismo de ese cerebro dañado, me asedian interrogantes por todas partes. Y yo, para mi hermana, como para una madre, he buscado el Cielo. El real, o en su defecto el creado por mí. Pero estoy seguro que en él, nos espera ya tranquila.
Jesús González González ©
13-7-09
Al principio parecía que poco a poco recuperaba. En su rostro se iluminaba una sonrisa cuando la visitábamos, y extendía su mano izquierda, la buena, en busca de la nuestra. Pero me entristecía cuando al preguntarle algo, me respondía siempre repitiendo las mismas palabras que yo acababa de decirle. No era más que el eco de mi pregunta. Poco a poco incluso eso dejó de hacer, hasta el extremo de no responder. Se limitaba a mirarme fijamente, y yo, en sus ojos negros y profundos, no alcanzaba a ver más que una inmensa tristeza.
Vivió tres años sin poder comunicarse, y para nosotros mismos dejar de interrogarnos, para no sufrir pensando en su posible sufrimiento, nos dijimos que no sufría, que estaba como en el limbo. Pero un detalle, el único, nos decía que esto no era exactamente así; ni un solo minuto se la podía dejar sola porque empezaba a gritar y no cesaba hasta tener de nuevo a alguien a su lado. Tenía terror a la soledad, luego, algo sentía.
Otra incógnita mas de los caprichos de un cerebro dañado, es que, si como bien digo, dejó de articular palabra alguna y solo respondía con murmullos incoherentes incapaz de dar sonido correcto a una sola sílaba, si se la iniciaba en el rezo de una oración, lo mismo que en la letra de una canción, rezaba con una pronunciación correcta, y repetía una y cien veces la misma oración hasta que se le mandaba callar. Hacía lo mismo con las canciones, y de estas entonaba con corrección la música. Era como una grabación que se repite, pero que demostraba que nada impedía la pronunciación de las palabras. Pienso que, por algún maldito capricho de su enfermedad, sólo era incapaz de recordarlas, y menos de coordinarlas.
Siempre estuve convencido de la existencia del alma, del espíritu o de lo que cada cual le quiera llamar, pero que en realidad es algo ajeno a la materia, y que nos eleva por encima de todo otro bicho viviente. Es lo que nos hace discernir entre el bien y el mal, es lo que mueve a los humanos para que unos en nombre de Dios, y otros en nombre de la Ética o en el del Sentido Común, reaccionemos de forma no animal ante mil vicisitudes de la vida.
Siempre “he querido creer” en la inmortalidad del espíritu. Seguramente “quiero creerlo” por egoísmo, del mismo modo quizás que creo en Dios. Y es que tenemos la imperiosa necesidad de asirnos a Él, cuando todo lo demás nos falla. ¿No es una última esperanza decir, ¡!Dios, ayúdame!!, cuando no puedes más? Y ante las mil atrocidades de guerras y hambrunas, cuando te sientes hundido en la impotencia frente a los culpables, no te sientes más relajado diciendo,” perdónalos porque no saben lo que hacen”?...
¿Recordáis por ventura los años de vuestra infancia? ¿Recordáis aquella mujer que dulcemente os envolvía en sus brazos y os adormecía entonando una balada de amor? ¡O, si, si la recordáis!. Es la madre. Es uno de los nombres más dulces de cuantos encierra el diccionario. Los que tenéis la dicha de tenerla sobre la tierra, la invocáis con cariño. Los que no, siempre hemos estado dispuestos a construir un Cielo para ella, un lugar hermoso donde tenerla. Todo, antes de pensar que ya no está en lugar alguno.
Cuantas veces me he preguntado que estaría ocurriendo en el cerebro de mi hermana durante todo ese tiempo. Sin saber porqué, sin razón científica alguna, siempre tuve la sensación de que el cerebro es el punto de unión, el lugar donde comulgaban alma y materia, y ante este oscurantismo de ese cerebro dañado, me asedian interrogantes por todas partes. Y yo, para mi hermana, como para una madre, he buscado el Cielo. El real, o en su defecto el creado por mí. Pero estoy seguro que en él, nos espera ya tranquila.
Jesús González González ©
13-7-09
3 comentarios:
Sí Jesús, has llegado a mi alma y a las preguntas que hacemos, las enfermedades son crueles par nosotros y queda la enorme duda de que para ellos también. Escribes como los ángeles y entiendo tu creencia en Dios, es porque estais juntos. Lines
Jesús me has echo emocionarme con tan sentido relato,besitos.
Jesús
Un escrito lleno de sensibilidad, que conmueve, y sé que ella, feliz estará de que le hayas dedicado estas letras
abrazos
V
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