miércoles, 26 de marzo de 2014

PRE...




…Operatorio. Y me planté en Sierrallana para que una enfermera me  tomara la tensión, y me hiciera una riestra de preguntas más larga que las de las cebollas que venden las mujeres de Bedoya en la feria de los Santos de Potes.

            Después de esperar otro rato me recibió la anestesista que constató lo anotado por la enfermera, me leyó todo mi historial médico para verificar si estaba de acuerdo en todo,  se interesó en saber si fumaba y si bebía, y después de firmar un papel con muchísima letra chica de esa que no lee nadie, me dejó caer que seguramente me llamarían para operar una catarata del ojo izquierdo, en un plazo aproximado de dos meses.

            Supongo que cuando me llamen iré, aunque no estoy muy seguro. Lo digo porque hace ocho o diez meses me llamaron para este preoperatorio de hoy, y eché el  culo atrás porque en aquellos días habían dejado ciega a una señora que conozco, y temí que hicieran lo mismo conmigo. Creo que la señorita que me llamó, a la que consté que no iba a ir, se quedó con ganas de llamarme “huevón”. Después pensé que aquello fue como si no quisiera subirme a un avión porque a veces alguno se ha caído, y además de pensar eso,  noté que la catarata se  hacía más notoria de día en día.

            ¿Que en qué lo noté? Pues verás: Yo no uso gafas ni para leer. De cerca leo de maravilla. Bueno, no es realmente así, pues leer, lo que se dice leer, lo hago bastante regular aún cuando tenga todos sus signos de puntuación bien colocados.  Quiero decir que veo bien las letras que leo, aunque no coordino lo que miro con lo que digo.  Y de lejos, cuando llueve,  veo venir  el agua a veinte kilómetros de distancia allá por encima de los montes asturianos.  Pues se me empezó a antojar que ese agua traía consigo más niebla de la que debiera traer, lo que me hizo cerrar el ojo derecho, y descubrí que de repente la niebla se acentuó. Cerré el izquierdo y abrí el derecho, y fue la misma sensación  que si apartara los visillos de la ventana. Está claro ¿no? Catarata al canto. Pues esa niebla ha ido creciendo hasta el punto que la veo constante ante mi ojo izquierdo.

            Esta tarde, al regreso del hospital, la catarata me informó de forma muy gráfica, de la necesidad tan grande que tengo de operarla: Fui a aparcar en la plaza del centro del pueblo, y raspé dos coches en una sola maniobra.  Tengo carné de conducir desde el 5 del 11 de 1956, y hasta hace unas horas jamás tuve que hacer un parte de accidente. No sabía ni como hacerle porque jamás había sacado los papeles de la carpeta; menos mal que todo ocurrió al pié de la oficina de Allianz, y la encargada que es un encanto de mujer, lo solucionó al instante.

            También se me ocurre pensar que a lo peor no toda la culpa es de la pobre catarata. Cuando uno envejece se pierden reflejos. Y se pierden de forma tan solapada, que si uno no está un poco pendiente de ello, ni cuenta te das de que los estás perdiendo, por ello procuro echar mano a la razón, para solucionar razonando lo que pierdes por otro lado.            

          Decidí hace tiempo no conducir en viajes más allá de Oviedo por un lado, o de Santander por el otro. Lo de no hacerlo de noche, y mucho menos si llueve, me lo impuso la  dichosa catarata. Las luces de los coches que vienen de frente se duplican, y si encima cae agua es como si las vieras a través de un caleidoscopio.

            Total, eso: Que el pre…operatorio, me ha dejado pre…ocupado. Y el tratar de suplir los reflejos con el razonar las cosas, no me deja satisfecho. Parece ser que la razón va un poco más  lenta que las maniobras, y no me queda otro remedio más que aguzar el mínimo movimiento…
             
             Jesús González ©

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