jueves, 6 de marzo de 2014

MALLORCA (III)




            Pues va a ser como que no. Esta vez no voy a contar mucho, y creo que tampoco lo contaré en las próximas veces.  Me explico para que comprendáis el motivo: Ochenta y tres y ochenta y cuatro años respectivamente.  ¿Comprendéis ya, o necesitáis más explicaciones? De excursiones organizadas, ¡ni hablar!  Mis piernas ya no soportan tanto ajetreo, y haría un esfuerzo si no conociera la isla.  Pero es la quinta vez que la visito, y os juro que las anteriores estaba yo de las patas que me atrevería a desafiar a un galgo. Pero a cada gorrín, le llega su San Martin.


 Iremos alguna tarde a pasear un poco las calles de Palma, y puede que hasta nos animemos a ir el jueves en tren al mercado de Inca, que me gustó el ambiente otra vez que estuve allí.


            ¿Qué para qué escribo si no tengo nada que contar? Pues porque me gusta escribir, y me distraigo una barbaridad haciéndolo. Yo me divierto hasta con el vuelo de una mosca. Por ejemplo, esta mañana en la sobremesa del desayuno me distraje un rato calculando el porcentaje de estómagos masculinos y de culos femeninos de tamaño más que normal, que se paseaban por el comedor.  Ganaron las damas con un treinta y cinco por ciento más que los hombres.  Pero no solo ganaron en número, sino en belleza, si es que se le puede llamar belleza a  tener un estómago de esos que impiden verse las intimidades- Los culos sí, esos siempre tienen su belleza sobre todo cuando caminan, y los glúteos suben y bajan con arte, que da gusto mirarlos. No, no digáis nada del viejo este, que lo que se gastan son los goznes de los huesos y las fuerzas de los remos para caminar, pero los ojillos para ver, y la imaginación para soñar,  siempre están al  loro.


            Con el paso de los años también observo lo que vamos ganando en educación y saber estar, que se dice ahora, y que antes llamábamos urbanidad. Ahora prácticamente nadie “da la nota”; más o menos todo el mundo pasa desapercibido.  ¡Pero  antes…!  Recuerdo mis primeros viajes del Inserso, allá, casi cuando Fernando el Católico hizo la mili… La gente se agolpaba y hasta se empujaba a la puerta del comedor, como si tuvieran que disputarse a codazos los platos de comida. Platos no, “platáos encoromelláos” hasta reventar, que luego volvían casi enteros porque llenaron el papo mucho antes que el ojo.  Ahora ni de coña ves a nadie meter el dedo índice en la boca y torcer y retorcer como si fuera el garfio de un dentista, rebuscando el trozo de carne de pollo que se les metió entre los dientes postizos… 


Ni se ven tetudas de esas que posan las mismas sobre el mantel de  la mesa, y luego las cubren con  una servilleta que al final no les sirvió de nada porque se levantaron con la blusa llena de salsa de tomate, y de aceite de las ensaladas…


Ni está la vieja aquella espabilada, que porque se le note que es de pueblo, a buena parte le van a quitar a ella su puesto en la fila del autoservicio… ¡Poco saben ellos con quien están tratando!  Y la cejijunta pone cara de asco, y hasta si la apuran un poco pone también cara de mala hostia, y  le da un “esmingón” a la de adelante diciéndole que a ella no se le cuela ni el nuncio de su Santidad… Y después de armar un escándalo porque otra mucho más infeliz  que ella se adelantó en busca del muslo de pollo asado, mira satisfecha al ruedo como los toreros, y como diciendo al público: “Aunque me veáis de pueblo, aquí no hay más cojones que los míos”


Pues no. Estas cosas ya no existen, pero os juro que existían no hace mucho. Y así, observando estas cosas y otras por el estilo para luego contarlas a quien lo  quiera leer, me divierto una barbaridad mientras me descansan las piernas. La naturaleza es sabia: a cada estado de ánimo y de facultades, les da sus diversiones…

Jesús González ©

1 comentario:

María Estévez dijo...

Mi querido amigo Jesús,
Me he reído con tu historia. Tienes ese punto de humor gracioso y divertido. Además estoy segura, que nunca te has votado a la fila para engullir la comida. Que sigas pasándolo bien. Te leo...
Un abrazo.