Por fin había hablado de sí mismo. Se vació de tal manera que sintió un intenso frío por dentro, un frío ávido de calor. Más nada ni nadie conseguía caldear su cuerpo ni su alma. Ni la ternura, que todo lo abriga, pudo con ese desnudo interior. ¡Qué sensación más increíble! Caminó por una noche despojado de todo, desvestido de su verdad, de sus miedos, de la lejanía de un amor por el que hubiera dejado todo y a todos. Nada recordaba que quisiera traerse al presente, nada. Sabía que quedó atrás, que los harapos de la esperanza volaron hacía tiempo en el temporal del dolor, destrozados en aquel espeluznante sollozo, abrasados por la soledad...
Hacía tanto tiempo...
“Sucedió cuando habló de ello en el paseo reparador que daba aquella tarde con uno de sus amigos; se convirtió de pronto en un camino retorcido y el río en calma que acompañaba el paisaje, llegó a su alma en una riada de desesperación y muerte interior. En un momento dado, se paró y lloró desgarradoramente, sin control en un pozo anochecido pues el sol se había derrumbado a su lado. La mano amistosa y sobrecogida que se apoyó en su hombro, se convirtió en el peso de todas las losas del cementerio cercano, porque le devolvió a la realidad...”
El frío de aquel recuerdo en el vacío, le acompaño con el insomnio toda la noche y sin embargo, se levantó descansado. Ahora, frente a la máquina de escribir, sus manos, siempre frías, recorrían las teclas para marcar a fuego las palabras en aquella hoja amarilla, ansiaba abrigarse con cada una de las letras.
Escribió que le venía bien recordar que el amor existe, aún en los besos no dados y que vivir el horror de aquella negativa, fue el momento más puro de su vida porque había amado desde lo más profundo. Solamente falló la no coincidencia en ese amor.
Se abrigó con un suspiro, esta vez sin la carcasa de metal que envolvía su corazón, y dio rienda suelta al alma.
Continuó con su novela: “Amé una vez”.
Ángeles Sánchez Gandarillas ©
12-XI-2012

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