jueves, 1 de noviembre de 2012

RECOMPENSA.


Escribir es una necesidad que se me va encaramando a más horas del día. Siento una especie de dependencia, necesidad y bienestar, sobre todo, cuando consigo terminar los retoques, que, cada vez son más en lugar de ser menos. Encuentro en los escritos dudas y fallos que dejan patente las carencias y la necesidad de seguir aprendiendo...

Y en esas estaba aquella tarde. Era la hora de contactar, por medio de Internet, con mis seres queridos y lejanos. Encontré una reseña que me llamó la atención, más que nada, porque conozco a los protagonistas. 

Sin querer, como casi siempre, se me ocurrió un pequeño poema para ellos, irregular con respecto a las normas establecidas, pero sí, adecuado a lo que intuía de los personajes en cuestión.

Envié el poema a estos amigos, a pesar de que consideraba que podría resultarle indiferente o vulgar.

A los pocos días, coincidimos en el paseo dirección a la Atalaya. El muchacho, con una gran sonrisa me dijo: ¡Tengo que darte un abrazo! A pesar del asombro me dispuse a recibirle, pues es un oficio, el de “abrazadora”, que me gusta en sus dos vertientes de recibir y entregar.

Fue un abrazo diferente, ligero como una sonrisa reconfortante, fuerte como las rachas de frío viento, que además, erizaba el vello, e incluso, me sentí como una niña después de una pesadilla, lograba la seguridad y protección al ser tomada por su padre en brazos.

Me encontré fuera de juego, de mi realidad y lejos del tumultuoso cavilar en el que tenía medio ahogados a mis pensamientos.

Aquellas manos que poco antes se cerraban sobre mí en un abrazo, se movían como velos delicados que enmarcaban las sonrisas de mis amigos, y de nuevo me sentí abrazada, esta vez, por la serenidad que emanaban de sus gestos y palabras, en la sinceridad y en el hacerme compartir sus emociones.

He tenido la suerte de estar rodeada y acompañada de otros abrazos que multiplicaron el cariño hasta el infinito; los recibí o entregué disfrutando de ese gesto y sentimiento en la complejidad de la vida y, compartiendo esa energía que hace del abrazo algo muy especial.

Considero que tras los abrazos, queda un lazo que refuerza y se adhieren al corazón. Por cierto, reconozco que mi corazón cada es más grande.

Son recompensan de cariño que visten el interior de los más vivos colores, sin etiquetas y sin precio, que reúnen en la bonanza, sentimientos diseminados por la desgana o, ayudan a reconstruir la esperanza de la inquietante desilusión, y cuando el devenir de la vida está equilibrado, compartir un abrazo refuerza esa plenitud.

Permanece en mí el escalofrío de energía positiva de aquel abrazo, y ese recuerdo me colma de agradecimiento. Ni se imaginan cuanto bien me hizo.

Ese abrazo me dijo, entre otras muchas cosas, que ese es el destino de mis letras, la única compensación, nada es mejor, nada más se puede ni debe pretender y menos, que mis escritos gustasen a todos.

Este mi recompensa y mi punto y seguido. Disfrutar cuando escribo.


Ángeles Sánchez Gandarillas ©
24-X-2012

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