martes, 30 de octubre de 2012

TARDE.


Hoy, la palabra tarde se ha convertido en toda una institución. Salí tarde por la mañana con lo que llegué a empujones al horario previsto.

Una de mis amigas estaba esperándome, eso sí, con una sonrisa que me alegró instantáneamente. Tomamos el café con el que celebramos cada una de nuestros encuentros y mira por donde, ese café me ha quitado el sueño y permite que pueda escribir estas líneas bastante más tarde de lo habitual.

Pues bien, decidí, ya con prisas, recoger un detalle para el primer cumpleaños de un bebé. Ahí, fue donde el tiempo se volvió a convertir en “tarde”, pero tarde de la de tardar. Y claro la tardanza se vio aderezada con los impacientes timbrazos de mi teléfono. Al otro lado de la línea, los que me esperaban, reclamaban una puntualidad que ya estaba mareada de tanto darle vueltas buscando más tiempo. Le dije lo que sucedía. Llegué a oír algo así como: ¡Qué poca formalidad! Colgué y pedí con la mirada un poco de prisa.

La dependienta comprendió la situación y envolvió lo adquirido con celeridad.

Salí de allí rápidamente para ir en busca de los amigos. Me recibieron con sonrisas y el intento de disculparme se diluyó, nadie lo precisaba. Consideré que tenía mucha suerte.

Mi error más grande fue beber un combinado. Como era tarde, me la tomé con rapidez. ¡Madre mía qué tajada! Me sentó como un tiro y mi cabeza se convirtió en un pantano cenagoso de sentimientos o ideas, tampoco sé con precisión que era o lo que sucedía. Mis pensamientos se licuaban y el cuerpo se hacía ingrávido. Notaba calor por los adentros y frío en la piel, pero lo más extraño, es que estaba a gusto. Pensé que como pretendo hacer un poema y dicen que los poetas son sutiles y elevados, con esa embriaguez sería muy fácil hacer versos. Sin embargo, lo que sí era evidente que ante los demás, yo ya era un poema.

Total, que aposente mis huesos, que no flotaban y me tenían fijada al suelo, en la esquina o en el hombro de una amiga, no recuerdo. Así apoyada, esperé a que me hicieran la digestión unos frutos secos y eliminar parte del alcohol tras beberme un gran vaso de agua. Algo mejoré.

Aproveché entonces, la coincidencia de que otro grupo de amigos se dirigían hacia la zona de mi domicilio. Me cogí de un brazo, o de dos, no estoy segura, y emprendimos el camino de regreso a mi casa. Por supuesto que llegué... tarde.

Me sorprendió encontrar a mi hermana en casa, me esperaba asombrada puesto que no suelo llegar tarde. Nos saludamos y dispusimos la comida. Charlamos y comimos, comimos y charlamos. Tras la comida una dilatada sobremesa. Nos levantamos con nuestros traseros cuadrados al tomar la forma de las banquetas, por supuesto que tarde y ya anocheciendo, recogimos la mesa.

Conste que aquella especie de descompensación etílica había desaparecido. Conste que no hablamos de nadie excepto de nuestras cosas e incluso, de nuestra infancia y que solo hubo leves intentos de desahogo de alguna situación particular, no excesivamente complicada, y que como todo el mundo sabe, lo nuestro es de mayor envergadura que lo ajeno y hay que solucionarlo antes de hablar de los demás.

Pues no, no nos dio tiempo a utilizar esa práctica de crítica. Cuando quisimos darnos cuenta era tarde de nuevo, ni escribí, ni callé, ni eran horas de tomar más cafés y hasta era tarde para hacer una cena sencilla.

Entre medio de esta dilatada conversación, nos llamaron dos veces por teléfono y recibimos cuatro mensajes de texto. Por supuesto que contestamos a éstos últimos, mucho más tarde...

Cenamos y seguimos la charla, tan solo interrumpida por la llegada de otros miembros de la familia, que por supuesto, llegaron tarde.

Batimos un record: nueve horas seguidas hablando.Menos mal que hoy cambian la hora, es decir, la retrasan y gracias a ello, espero poder recuperar todo este tiempo que ayer se me quedó corto y de esta manera, llegar a tiempo los próximos seis meses. Esta mañana me he levantado antes que ayer –por el cambio de hora- y noto ardores en el trasero de la sentada, tengo escozor en la garganta porque la campanilla está a medio desprender y, ciertas agujetas de las risas, que también hubo.

Ayer fue un gran día en el que llegué tarde a casi todos los sitios y sin embargo, hoy, llegaré a todos lados pronto. ¡Cosas del tiempo y de la mano del hombre, que si dejaran los relojes quietos todo estaría en su tiempo!


Ángeles Sánchez Gandarillas ©
27-X-2012

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