Pedrín entró en la habitación de costura.
- Hola abuela, ¿qué haces?
- Repasar un calcetín.
- ¿Qué es repasar?, ¿pasar dos veces?
- En este caso, se pasa el hilo muchas veces ayudándome de un huevo, voy enlazando las hebras por encima del agujero del calcetín hasta conseguir una especie de red. Lo hago de un lado a otro, de arriba abajo, de lado...
- ¿Y si lo coses al huevo, cómo lo sueltas luego?
- El huevo es de marfil y sirve para repasar mejor y no pincharse los dedos.
- ¡A!...
- Abuela...
- ¡Qué quieres...!
- ¿Me puedes dejar una aguja enhebrada con hilo verde y ese trapito que está roto?
- A condición de que tengas cuidado; toma...
Antonia siguió con su labor. Se preguntaba lo que haría su nieto con aquel trapo de lana.
El chiquillo salió al porche y estuvo callado toda la tarde.
Le extrañó que al preparar la cena, el niño no apareciera. Siempre le ayudaba a colocar los platos en la mesa.
Llamó a cenar. Fueron apareciendo en el comedor los cuatro hijos solteros de Antonia, estaban recién duchados. El duro trabajo del campo y la ganadería exigía ese aseo nocturno.
El muchacho llegó corriendo y entregó a la abuela el trozo de tela con un recosido sobre el agujero que tenía en el centro.
- Toma abuela, es para ti. Tengo otra sorpresa para todos.
- ¿A, sí?
- Sí.
Se sentaron a la mesa. Al coger las servilletas, el mantel tiró de ellas y sonaron con estrépito los vasos y cubiertos.
- Pero, ¿qué pasa aquí?
El chico, sonriendo satisfecho, levantó el dedo.
- He sido yo, cosí las servilletas al mantel y así no se nos caerán al suelo.
Las caras de sorpresa de todos fue tan evidente como el silencio. Después, las carcajadas resonaron como las sonajas de las panderetas.
Aún con lágrimas en los ojos, los tíos de Pedrín cortaron los hilos con la tijera para separar las servilletas del mantel y sonriendo, entre miradas divertidas, comenzaron la cena con la ensalada. La abuela fue en dirección a la cocina para preparar el segundo plato. Iba a freír...
- ¡Ay Dios, me temo que este chiquillo!...
- ¡Pedrín!, ¿dónde están los huevos?
- Los usé para coser como tú decías, pero se me rompían. Creí que eran del pájaro “marfil”, ese que me dijiste pero, los de esa huevera azul eran de gallina, te lo puedo asegurar. Se oyeron rumores y resoplidos desde el comedor; un momento después, risotadas y atragantamientos...
Ángeles Sánchez gandarillas ©
- Hola abuela, ¿qué haces?
- Repasar un calcetín.
- ¿Qué es repasar?, ¿pasar dos veces?
- En este caso, se pasa el hilo muchas veces ayudándome de un huevo, voy enlazando las hebras por encima del agujero del calcetín hasta conseguir una especie de red. Lo hago de un lado a otro, de arriba abajo, de lado...
- ¿Y si lo coses al huevo, cómo lo sueltas luego?
- El huevo es de marfil y sirve para repasar mejor y no pincharse los dedos.
- ¡A!...
- Abuela...
- ¡Qué quieres...!
- ¿Me puedes dejar una aguja enhebrada con hilo verde y ese trapito que está roto?
- A condición de que tengas cuidado; toma...
Antonia siguió con su labor. Se preguntaba lo que haría su nieto con aquel trapo de lana.
El chiquillo salió al porche y estuvo callado toda la tarde.
Le extrañó que al preparar la cena, el niño no apareciera. Siempre le ayudaba a colocar los platos en la mesa.
Llamó a cenar. Fueron apareciendo en el comedor los cuatro hijos solteros de Antonia, estaban recién duchados. El duro trabajo del campo y la ganadería exigía ese aseo nocturno.
El muchacho llegó corriendo y entregó a la abuela el trozo de tela con un recosido sobre el agujero que tenía en el centro.
- Toma abuela, es para ti. Tengo otra sorpresa para todos.
- ¿A, sí?
- Sí.
Se sentaron a la mesa. Al coger las servilletas, el mantel tiró de ellas y sonaron con estrépito los vasos y cubiertos.
- Pero, ¿qué pasa aquí?
El chico, sonriendo satisfecho, levantó el dedo.
- He sido yo, cosí las servilletas al mantel y así no se nos caerán al suelo.
Las caras de sorpresa de todos fue tan evidente como el silencio. Después, las carcajadas resonaron como las sonajas de las panderetas.
Aún con lágrimas en los ojos, los tíos de Pedrín cortaron los hilos con la tijera para separar las servilletas del mantel y sonriendo, entre miradas divertidas, comenzaron la cena con la ensalada. La abuela fue en dirección a la cocina para preparar el segundo plato. Iba a freír...
- ¡Ay Dios, me temo que este chiquillo!...
- ¡Pedrín!, ¿dónde están los huevos?
- Los usé para coser como tú decías, pero se me rompían. Creí que eran del pájaro “marfil”, ese que me dijiste pero, los de esa huevera azul eran de gallina, te lo puedo asegurar. Se oyeron rumores y resoplidos desde el comedor; un momento después, risotadas y atragantamientos...
Ángeles Sánchez gandarillas ©
11-X-2012

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