martes, 21 de julio de 2009

LOS QUE SE FUERON

Hay que tener muchos, pero que muchos años, para sentir el deseo de volver la vista atrás. El mundo crece a mí alrededor, y llegan sin cesar gentes nuevas. Los que yo creé y sus descendientes, son los que siento más míos porque de alguna manera en ellos prolongo mi existencia, pero son tantos y tantos los que he observado nacer y crecer en torno mío, que me siento inmerso en un mundo que se transforma ininterrumpidamente, y que ya no es el que yo conocí.

Quedan unos pocos, cada vez menos, que son viejos frutos de mi misma cosecha. Es un gozo encontrarse con ellos; es como retornar un poco, es rememorar, es evocar el tiempo que se fue… Más, con frecuencia estos reencuentros ciernen sobre mi ánimo un halo de tristeza; es cuando percibo que el tiempo transcurrido dibujó con crueldad la decrepitud en el rostro de mi amigo, tallando surcos y apagando colores que jamás se recuperarán. Es el deterioro físico que no aprecio en mi mismo porque me veo todos los días, porque es tan ladino, tan taimado, que avanza y me transforma tan solapadamente como sucede con todo cuanto existe sobre la faz de la Tierra.

Solo hay una cosa que yo creo firmemente que no envejece, "El Espíritu". Los deseos, los sueños, las ilusiones, los ideales, y sobre todo la Esperanza, no sólo permanecen, sino que se acrecientan. Cambiarán mis gustos con los años. Cambiarán mis necesidades, y no desearé las mismas cosas hoy que mañana, pero las desearé con el mismo ardor de siempre… Yo siento envejecer mi envoltura, pero no lo que guardo dentro. Y pienso que si el espíritu no envejece, tampoco puede morir.

Se han ido casi todos los amigos de mi más tierna infancia: Evaristo, Agustín, Juanita, José Luís, Victoriano, José Manuel… y más, y más. Se puede decir que juntos “echamos los dientes”, y juntos crecimos en aquellos atribulados años de nuestra guerra civil cuyas vicisitudes fueron para nosotros un juego más, porque aún no habíamos madurado lo suficiente para alcanzar a comprender la tragedia que angustiaba a nuestros mayores.

Evaristo, que sólo miraba la cara bella de la vida, despreciando olímpicamente la parte negra o negativa de las cosas, y que repartió sonrisas y buen humor por donde quiera que fue. Enamorado del Bel Canto, de los poemas de Gustavo Adolfo Becquer, de la caza en Castilla, y sobre todo, como la mayoría de su familia, amó la vida, y la disfrutó minuto a minuto hasta que ella le traicionó, y un día, cuando nadie lo esperaba, se alejó de él, y se fue de entre nosotros… Agustín y Juanita, hermanos cuya casa sigue estando pegada al hogar donde yo nací, y que ni ellos están en ella, porque ya no están aquí, ni tampoco estoy yo porque me fui a otro lugar. José Luis, a quien la vida sólo le permitió el tiempo necesario para consolidar el pequeño imperio gastronómico del que hoy viven sus hijos, y del que fue imán que atrajo clientes y amigos porque regaló siempre cordialidad y acogida a cuantos le conocieron. Victoriano, un poco como yo, nostálgico de las gentes y los tiempos que pasaron, porque todo lo pasado que fue conocido es también parte de nuestra propia existencia. Y José Manuel, grande, fuerte, inexpresivo y poco hablador, pero que cada vez que regresaba de Bilbao al pueblo que le vio nacer, asomaba un brillo especial a sus ojos y una tenue sonrisa en su boca al contemplar callejas y rincones gravados aún en su mente de niño.

Hay otra etapa importante en mi vida, la primera juventud, que en aquellos tiempos iba inexorablemente unida al Servicio Militar obligatorio. Me fui voluntario al Cuerpo de Aviación, y voluntario a Marruecos, dentro de lo que entonces se decía “Protectorado Español”, pues de tener que salir de casa, cuanto más lejos mejor, que lo cercano más ocasiones de conocerlo tendría. Estuve dos años en el Observatorio Meteorológico de la Base Aérea de Tauima, unos kilómetros al interior de lo que hoy es la floreciente ciudad marroquí de Nador.

Fuimos siete compañeros que sin tardar mucho tiempo nos convertimos en siete amigos de verdad, porque la amistad surgió dentro de una convivencia donde nadie tenía nada, y nada, salvo la amistad, podíamos esperar unos de otros. Pasados muchos años, cuando siendo abuelos ya con nietos crecidos, Ángel, de Melilla, me telefonea preguntándome si me parece bien buscarnos los siete y tratar de juntarnos con nuestras mujeres en cualquier lugar de España, y me pareció extraordinaria la idea. Pero de los siete, tres se habían ido también: Manolo Luque, de Málaga, quien durante aquél tiempo escribió a su novia setecientas treinta cartas, una cada día de aquellos dos años, y que con frecuencia se enfurecía contra nosotros porque con frecuencia adivinaba que se las robábamos para leerlas, cuando luego le hacíamos alusiones a las frases románticas que le escribía. Carlos Bermúdez, de Lugo, culto exseminarista, gallego fino y avispado, y uno de los principales culpables de que yo cogiera el vicio de fumar, y Enrique Condado, de Guadalajara, auténtico gañán castellano poseedor de uno de los corazones más nobles que he conocido…

Luego vinieron los amigos de la edad adulta, Robert Müller aquél jefe de fabricación que llegó a La Penilla sin saber una sola palabra de español, y año y medio más tarde le escribía con redacción y ortografía perfectos, Laureano, Martín, Hilario, y otros compañeros de trabajo que, hoy uno y mañana otro se fueron marchando. Después Bellín, Jóse el de Blanca, Rogelio, camaradas inolvidables de noches maravillosas de pesca, y cenas de deliciosas angulas en Luey.

Todos se fueron, y sin embargo siento que de algún modo todos están presentes, porque a lo largo de mi existencia, en momentos determinados, una frase, una situación, un problema, un color, un perfume, un…, me trae hoy el recuerdo de uno, mañana la sonrisa de otro, otro, y otro. Es como si el espíritu de todos flotara en el espacio y cada cual pusiera en mi mente una sonrisa en el momento preciso, y siento que en realidad no han muerto, solo se han transformado.

Jesús González González ©
Julio 2009

4 comentarios:

Anonymous dijo...

Jesús.

Por todos ellos, que han dado vida hoy a tu escrito, un abrazo cordial.

V.

Anonymous dijo...

Das siempre con las emociones de los que te leemos, nos dejas paticipar en tus vivencias y casi, casi, noto recorrer en tu compañia esos momentos.ERES GRANDE.Lines

Flor dijo...

Jesús no eres bueno,sino buenisimo que sentimientos mas hermosos hacia tus amigos,y con que cariño lo has narrado,te queda mucha cuerda por soltar,asi que nada de ponerte triste y sigue animandonos con tus escritos,por cierto le debes unos cafes al profe,besitos.

Anonymous dijo...

Hola Jesus,
Me has hecho adicta a tus escritos. Y en el momento en el que encuentro un rato libre en el trabajo o puedo tener acceso a internet en algún lado, busco con ansia si nos has regalado de nuevo otro pedacito de tu alma. Porque tus escritos son tan sinceros y tan llenos de sentimientos que nos enseñan la belleza de tu persona y la sabiduría que has adquirido con el paso del tiempo.
Me recuerda cuando hace ya algún tiempo, esperaba con ansia la revista "El Semanal" para devorar los artículos de mis escritores favoritos (Pérez Reverte y Pablo Coelho).
Gracias por compartir con tod@s l@s que te leemos tu arte.
Un abrazo, Ana