Estoy en el mismo lugar de otros días, y miro a través de la misma ventana de cuando os conté “lo que veía”. Pero hoy el cielo está más que gris, hoy es todo plomo. Plomo compacto y pesado que filtra una claridad mortecina y rezuma humedad pegajosa y gris.
Las lomas donde hace días os situaba los pueblos de La Revilla y Lamadrid, han desaparecido tras el plomo mojado del cielo, que ha bajado hasta fundirse con el agua del mar. La arena que ayer estaba sin brillo, porque al sol le cuesta un riñón salir, hoy pintó sus diminutos granos con el gris húmedo que los poros del cielo soltaban, y al fondo, apenas tres arcos del puente sobreviven borrosos entre brumas y grises.
El verde de las palmeras es verde plomizo, y el peso de la humedad agobia a sus palmas cuyas puntas se comban y miran el suelo. Hoy está envuelto en tristeza el palmeral, que inútilmente intenta hacer pasar por sudor la humedad de sus troncos robustos porque de lejos se ve que son lágrimas lo que sus palmas derraman. No os extrañe que lloren, porque hemos pasado el ecuador de julio, y calor, bueno, puede valer; pero sol…
Bultos grises amparados bajo paraguas negros se mueven por El Relleno. Y al lado, la calle vestida de gris marengo con sus pasos de cebra y señales de tráfico pintadas en el suelo que también son grises, por más que se esfuercen en aparentar blancura. La humedad del suelo refleja carteles y farolas estáticas, y en movimiento las luces amarillas y alargadas de los coches que hoy circulan despacio.
Los plátanos de la plaza que tengo en primer plano son más verdes que ayer, porque la humedad barniza las hojas de su follaje. También ellos se reflejan en las baldosas mojadas del suelo de esta plaza que hoy, al igual que el palmeral, está triste. La humedad saturada del aire lo moja todo, y por eso no han venido los niños. La Plaza es hoy una hermosa jaula sin pájaros. Al ambiente de la calle le falta la alegría, el revoloteo, el gorjeo de nuestros pájaros, nuestros niños.
Hay revoloteo en los soportales. Turistas enfundados en “plexiglases” de todos los colores como si fueran salchichas de Frankfurt, van y vienen con el ceño fruncido, jurando por lo bajo en hebreo de su mala suerte con el tiempo, y tiran, casi arrastran, de las manos a los niños que lloran porque a falta de playa piden más golosinas, o helados, o la maquinita esa de poner los ojos bizcos y pulsar con dedos que dejaron en casa.
Detrás, ellas, las madres, que miran las revistas que Cristi exhibe en la acera, pero sin fijarse en ellas. Solo tratan de hacerse las desentendidas, como si ni los críos que lloran, ni los hombres que braman tuvieran nada que ver con ellas. Que bueno, mira tu, el día no está de playa pero se puede aprovechar para lucir en el pueblo los pantalones cortos que compraron en las rebajas y enseñar la patorra que no está tan mal. Y si no la camiseta sin mangas, sí, esa, la del escote "escotado" que enseña lo que enseña, y lo que no enseña insinúa, y pone morbo placentero al asunto.
-Pues mira Pepe, lee lo que pone ahí. Las mariscadas no son tan caras como decías, que llevamos tres noches cenando rabas con cerveza.
Y ahora es Pepe quien decide volver a casa mientras hace oídos sordos al comentario gastronómico de su mujer, y, mientras regresa y tira de un niño que llora y de otro que berrea, filosofa sobre los contrastes y cambios que tiene la vida: antes, ella era feliz con flores o poemas, ahora quiere mariscadas.
Jesús González González ©
Julio 2009
Las lomas donde hace días os situaba los pueblos de La Revilla y Lamadrid, han desaparecido tras el plomo mojado del cielo, que ha bajado hasta fundirse con el agua del mar. La arena que ayer estaba sin brillo, porque al sol le cuesta un riñón salir, hoy pintó sus diminutos granos con el gris húmedo que los poros del cielo soltaban, y al fondo, apenas tres arcos del puente sobreviven borrosos entre brumas y grises.
El verde de las palmeras es verde plomizo, y el peso de la humedad agobia a sus palmas cuyas puntas se comban y miran el suelo. Hoy está envuelto en tristeza el palmeral, que inútilmente intenta hacer pasar por sudor la humedad de sus troncos robustos porque de lejos se ve que son lágrimas lo que sus palmas derraman. No os extrañe que lloren, porque hemos pasado el ecuador de julio, y calor, bueno, puede valer; pero sol…
Bultos grises amparados bajo paraguas negros se mueven por El Relleno. Y al lado, la calle vestida de gris marengo con sus pasos de cebra y señales de tráfico pintadas en el suelo que también son grises, por más que se esfuercen en aparentar blancura. La humedad del suelo refleja carteles y farolas estáticas, y en movimiento las luces amarillas y alargadas de los coches que hoy circulan despacio.
Los plátanos de la plaza que tengo en primer plano son más verdes que ayer, porque la humedad barniza las hojas de su follaje. También ellos se reflejan en las baldosas mojadas del suelo de esta plaza que hoy, al igual que el palmeral, está triste. La humedad saturada del aire lo moja todo, y por eso no han venido los niños. La Plaza es hoy una hermosa jaula sin pájaros. Al ambiente de la calle le falta la alegría, el revoloteo, el gorjeo de nuestros pájaros, nuestros niños.
Hay revoloteo en los soportales. Turistas enfundados en “plexiglases” de todos los colores como si fueran salchichas de Frankfurt, van y vienen con el ceño fruncido, jurando por lo bajo en hebreo de su mala suerte con el tiempo, y tiran, casi arrastran, de las manos a los niños que lloran porque a falta de playa piden más golosinas, o helados, o la maquinita esa de poner los ojos bizcos y pulsar con dedos que dejaron en casa.
Detrás, ellas, las madres, que miran las revistas que Cristi exhibe en la acera, pero sin fijarse en ellas. Solo tratan de hacerse las desentendidas, como si ni los críos que lloran, ni los hombres que braman tuvieran nada que ver con ellas. Que bueno, mira tu, el día no está de playa pero se puede aprovechar para lucir en el pueblo los pantalones cortos que compraron en las rebajas y enseñar la patorra que no está tan mal. Y si no la camiseta sin mangas, sí, esa, la del escote "escotado" que enseña lo que enseña, y lo que no enseña insinúa, y pone morbo placentero al asunto.
-Pues mira Pepe, lee lo que pone ahí. Las mariscadas no son tan caras como decías, que llevamos tres noches cenando rabas con cerveza.
Y ahora es Pepe quien decide volver a casa mientras hace oídos sordos al comentario gastronómico de su mujer, y, mientras regresa y tira de un niño que llora y de otro que berrea, filosofa sobre los contrastes y cambios que tiene la vida: antes, ella era feliz con flores o poemas, ahora quiere mariscadas.
Jesús González González ©
Julio 2009
3 comentarios:
Como ensueñas Jesús,has alivido mi padecer de madrugada y al principio de tu crónica,creí que estaba ante una poesía. Una vez te acostumbras a las flores,llaman la atención otros olores, supongo que a él le ocurra algo parecido,cosas de la monotonía,jaja. Lines
Vaya veranito!!! Me ha gustado mucho como has captado la esencia del pueblo en un día lluvioso.
Un abrazo, Ana
Jesús.
que grisáceo tenias el panorama,pero yo le observo a través de tus letras, con un brillo muy especial.
Un abrazo.
V:
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