lunes, 31 de enero de 2011

ARRASTRE DE NARRAS



El arrastre de narras es tirar de un peso por medio de una pareja de vacas o bueyes, sobre una especie de trineo de madera, forrado de una chapa de hierro en la parte del contacto el terreno en hierro, resbala sobre la tierra. Hay varias categorías con lo que varía el peso a transportar de la narra, desde 1.200 Kg., hasta los 1.800 Kg., las vacas lo hacen durante 5 minutos y los bueyes 10 minutos. Se le conceptúa como deporte rural.

Tiene su origen en el antiguo oficio de los carreteros de Cantabria; transportaban cualquier elemento en grandes carros de madera, lentamente, con el sonido quejumbroso de las ruedas, traqueteando en su rodar sobre caminos empedrados o terrosos; el carretero con la boina ladeada y una ijada al hombro o, apoyándose en ella al caminar cansinamente, guiaban apenas a la pareja sabedoras del camino, quizá con una brizna o aquel humeante y deforme cigarrillo liado a mano, mojado en una gran parte por la saliva de pegarle, situado en la comisura de sus labios, a veces en viajes de días. Pernoctaban al aire libre o en “socarreñas” pertenecientes a las casonas tropezadas en sus largos recorridos, comían lo que traían de sus hogares, sencillo y fácil de conservar, queso, pan, chorizo o cualquier otro elemento del matacillo del chon, convenientemente secado al calor o en salazón, algo de tintorro y leche.

Acarreaban desde las piedras de las canteras para hacer los caminos, hasta el de los de oficios relacionados con el campo; entre otros, arando o arrastrando las hacinas de hierba a lugares más cercanos, la cuadra o el pajar. Era el transporte por antonomasia de antaño.

Esa tarde escampó lo suficiente para acercarse a ver este conjunto de esfuerzos, en la mañana se había visto la cuarta categoría.

Cada año sucede más o menos lo mismo, el suelo está enfangado por el paso de los animales y público, también la hierba alrededor y por supuesto, dentro del cerrado donde se compite, muy normal dada la época invernal; enfangarse y mancharse es casi obligado, quizá ayude a valorar el esfuerzo, a integrarse en el ambiente. Es necesario ser cuidadoso pues las caídas son sumamente fáciles.

Las parejas están unidas por un yugo que varía según sea el tamaño de los animales, algunos labrados, adornados con detalles en lana o cuero que casi cubren la visión del animal.

El juez o árbitro a la sazón, viste obligatoriamente una boina roja, marca la distancia recorrida por la pareja en el arrastre, también impide las anomalías o ilegalidades.

Los carreteros han de vestir obligatoriamente un chaleco enmarcando los hombros en rojo, bajo éste una camisa del mismo color con listas en los lados, oscuros ambos, fajín y boina negra. En la espalda se puede leer Asociación de Carreteros de Cantabria. Ha de ser tan solo una persona la que dirija a los animales en el circuito, aunque sí son ayudados en el enganche de la cadena al tiro.

En la espera se oían comentarios de espectadores entendidos.

-¿Has visto el nacimiento de los rabos?, están envueltos en grasa, parecen trenzas redondeadas.

-¡Vaya arco que tiene esos bichos, parecen moles! Igual tiene mezcla de limusín.

-Están “tresnados” y bien alimentados ¿eh?

-Yo vengo casi a ver solo estos dos, ese tiene mezcla de suizo y tiran de narices. Ganaron más de un arrastre, tira tanto que desnivela mucho la pareja.

-¡Ah sí!, los vi en Ruente hace poco. Es un animal digno de conservar.

-Mira que tragan y cuantu cuesta mantenelos, "ca vez" es más difícultosu sacalos adilanti. Estos andarán cerca de tener los nueve años -El anciano aficionado de uno de los valles mas ganaderos de la zona, calculaba y disfrutaba de la visión de las parejas enjaezadas para el concurso del arrastre.

Algunas de las parejas -más las de los bueyes-, además de fuertes eran nerviosas y el carretero en cuestión, había de contener y dominar el ímpetu de las bestias, intentaba doblegarlas para que no tener accidentes a la entrada del recinto donde el público esperaba, se metía entre unos cuernos inmensos, sudando a pesar del frío y retirándose hasta el abrigado chaleco. De no querer las bravías bestias, hubiera sido imposible llevarlas hasta la narra y enganchar el peso.

-¡Para, quieto “Brillante”, uhóó!

-Aquiétalos que me van a pillar con la cadena, joé!

Comenzaron el recorrido de los 450 metros circulares. El primer tirón de la carga se acumuló en el yugo atesando la cadena y la cinta, parecía que iba a rompérseles los pescuezos. Se oían los gritos del hermano por la parte de afuera animando a su ganado; el carretero transpiraba con el gesto agobiado; paraba en los lugares adecuados para proseguir con menos dificultad, mientras, los animales resollaban y dada la cercanía al público, veíamos caer la baba espesa de las bocas entreabiertas por el esfuerzo, incluso las bestias desahogaban esfínteres al tirar. Él descansaba y apoyaba la ijada de través en la cornamenta, –también la utilizaba para colgar su boina-, acariciaba las caretas de la yunta en agradecimiento al esfuerzo y tranquilizándolas en esos pocos segundos.

Hubo una yunta que hizo el recorrido sin parar.

-¡Vamos, vamos!, tira, vuelve ya, vuelve ya! -Mientras, jalaba de un ronzal circular que sobresalía en la parte derecha sobre el yugo, era de un cuero recio entrelazado y de gran resistencia, ayudando a mantener la dirección y la cercanía del carretero, quizá tranquilizara al animal.

Este ganadero llevaba a sus bueyes sin grandes gritos ni castigarles. Hubo otro participante que solamente a base de pequeños toques sobre el yugo con la ijada y casi con voz cordial, consiguió un buen lugar en la prueba.

-¡Da igual lo que hagas, el tiro que tienen es lo que hay!, -decía un señor sentado en su silla, traída en el coche para soportar mejor la largas horas hasta concluir la prueba. No perdía detalle, -me respondía explicando cuanto le pregunté y fue mucho-. Lucía un sombrero elegante de ala corta en fieltro verde, ladeado, tipo Frank Sinatra, daba la impresión de ser un tratante de ganado. Estaba acompañado y ambos observaban el arrastre.

En algunas parejas de vacas se distinguían diferencias en la corpulencia, la más pequeña en la parte derecha, apoyaban su enorme cornamenta sobre la testuz empitonada de la otra, solucionaba caber mejor en la anchura del yugo y la facilidad en el tiro, evitaba el posible daño inmovilizando las cabezas aún más, levantando y forzando el empuje además de guiar, suelen ser las que están en esa posición las poseedoras de estas cualidades.

En todas ellas observé al salir, el pelambre erizado en la acumulación del final del cuello y nacimiento del rabo, mojados por el sudor y el esfuerzo bestial de esas embestidas controladas en el arrastre. Salían los carreteros relajados y contentos, pues reconocían el brío de sus animales, el hacer lo que se puede, ya que hay más circunstancias influyendo en ese deporte, el tiempo, el terreno, cualquier cosa que altere a estas sensibles reses.

Entre aplausos se entregaron los premios; éstos no compensan la preparación, el esfuerzo, ni el gasto económico, es nada más y nada menos que sentirse orgullosos de sí mismos y de la andadura de años en cuidados y entrenamientos.

Bravo por ellos, por conservar este deporte rural de las ancestrales labores del pasado cantabro.


Ángeles Sánchez Gandarillas ©
23 de enero de 2011

No hay comentarios: