
En las pleamares de los pasados temporales, el oleaje díscolo y desquiciado se internó en las rías, atravesaba los puentes e incluso sobreviniendo con su fuerza por encima del parque.
Las palmeras parecían plantadas en agua, los coches aparcados fueron arrastrados por la fuerza con que llegaba la resaca a marea alta, a pesar del refugio natural y la barra.
Al finalizar la creciente hicieron recuento de los desperfectos; estropeó algunos negocios, portales o impregnó los metales del mobiliario urbano, coches u otros, padeciendo después la herrumbre por causa de la salinidad del agua. Aún así, tuvimos suerte por la protección de nuestras rías naturales, disminuyendo los estragos que produjo la marejada en otras zonas costeras.
Una llamémosle ventaja, fue que limpió y desinfectó suelos y alcantarillados, arrastró suciedades que ni los barrenderos y trabajadores de limpieza con agua a presión consiguen; la mar es un efectivo desinfectante y cicatrizante debido al yodo. Dicen los marineros que difícilmente se infectan sus muchas heridas en el oficio de la pesca, un trabajo con anzuelos, cuchillos, agujas o, cables tan tirantes que se convierten en cuchillos estirados.
El nivel que adquirió el agua, justo a la altura del muro de la barra, unos 12 metros, subiendo fuerte e invasiva, como si la superficie del mar hubiera elevado de golpe; la perplejidad inundaba tanto como el agua marina, rebosando. Se distingue perfectamente en esa instantánea recogida desde la Atalaya por nuestro amigo fotógrafo
Otro componente ventajoso -entre comillas-, fue la belleza exhibida durante los días del peligroso temporal. Visto desde la posición más baja de la villa, en bajamar, dejaba ver la masa de agua sobrepasando nuestra estatura, desde la parte externa que da a las playas, esa elevación e ímpetu impedía visionar el cabo; tapaba todo, parecíamos estar encerrados en el alto espumajeo de las olas y aislados del horizonte.
La impresionante oscuridad del cielo uniéndose al mar, parecía estar casi a tiro de piedra, anocheciendo sin terminar de amanecer; la bruma se adueñaba de nuestra villa, de todos nosotros; la humedad pegajosa por la salinidad, impregnaba todo, nada secaba. Los huesos de los reumáticos protestaban y ese encierro tan real, era convertdo en un envuelto casi etéreo, entre nubes, espuma y bruma, ateridos por el frío y ese algo de temor.
El espectáculo era interminable, cada dos o tres olas cambiaba el envite, cada embate transformaba o crecía, el ruido ensordecedor de día y en la noche, engrandeciendo aún más si cabe todo aquel desasosiego. A pesar de las ventanas cerradas y aislantes, escuchábamos el ruido de la tempestad cada vez más cercana a nosotros, cada día lamiendo más las costas, arenales y prados. Intentar descansar o dormir era complicado; era fácil imaginar estar dentro de esos torbellinos salobres, merced de un enriscado mar ayudado por el temporal de viento, daba la impresión de ser arrastrado a voluntad por su virulencia, todo se movía, hasta la casa parecía temblar al unísono con todos sus temerosos habitantes.
Pero aguantaron los tejados, el muelle y los barcos amarrados a él, sí, aguantaron en los días tempestuosos y el viento, aunque favorecieron el hundimiento de algunas pequeñas lanchas y el trasteo de los barcos pesqueros, los pantalanes flotantes, zarandeaban las embarcaciones deportivas, más lejanos de la entrada virulenta del mar; ante nuestros ojos, al lado mismo de nuestras viviendas.
Lo mejor es que ha pasado, quedando recogido por el objetivo de la cámara de este fotógrafo de san Vicente, las más espectaculares bellezas del temporal. Una de las olas se ve con toda su fuerza. Fue una serie de tres que casi se calcaban, chocando en la parte exterior de la barra.
Sobre la oscuridad de las piedras húmedas, el cielo encapotado, enmarcada sobre una mar desaparecida porque estaba reconvertida en nata por la incesante marejada, sumado a la fuerza del viento y a la oportunidad del profesional, ofrece en su escaparate la ola que parece increíble se pudiera formar.
Un cucurucho amarillento en choque ladeado sobre el muro tapando casi a la Peña Mayor, a medio camino entre la ensenada de La Silla y la elevación del fondo llamado La Plancha. Se yergue altiva coronada por una nube de espuma redondeada, en melena perfecta, cayendo del lado izquierdo. Subía dibujada en forma de serpentín al aire, con bucles acuosos y dorados, debido al arrastre de barro, restos areniscos y sedimentos del fondo marino, girando en vueltas pulidas y brillantes.
En su base, la oscuridad de la superficie del mar se unía a las nubes, entre espumeante agua. Quedaron reflejados en llegadas ininterrumpidas del oleaje, cual si fueran redondeados brochazos al óleo, en relieve tridimensional. Casi se podría palpar y produce cierta relajación por la quietud y suavidad en la fotografía, engañando al espectador, sabiendo todo el estrépito que produjo.
Me hizo observar algo el experto fotógrafo.
-Mira, ¿ves?, deja ver una cara de ojos estirados y boca en una mueca amenazante y despectiva.
Pensé que quizá fuera de un mitológico ser marino que se dejó arrancar la cabeza. El amarillo destaca y es luminoso, aparece como emanado del pincel de un pintor impresionista, ensoñador, dejando la imagen con toda la vida, con todo el significado de la fuerza, color, poder y esa gran belleza.
A mi me pareció al verla en primera impresión, más que una ola, el reventar de un volcán atiborrado de luz ámbar a causa de la ardiente lava, pujando por llegar al cielo, con la ceniza y el humo coronando ese capirote al revés, nacido de un cráter que parecía estallar por los lados, una explosión de hollín blanquecino como base de esa imaginada abertura.
Parecía también aquel temible champiñón una bomba atómica, naciendo de la polvera subiendo al cielo, si bien es verdad que aquella estaba más redondeada.
Escuché sorprendida la explicación de otra ola que visionamos en una de las cientos de fotos del estudio.
-Reventó con una explosión, imaginé en ese momento el estruendo del disparo de mil cañones, penetrando en mis oídos, asustándome y salpicando en muchos metros a la redonda. Golpeó en la ensenada de La Silla, no se si podría haberse calculado la cantidad de m3 de agua azotada contra la pared natural, parecía la caída de un globo gigantesco sobre ella, estallando con todo el líquido, subiendo éste despedido hacia el mismo cielo.
Tomando el faro como referencia y sabiendo que su foco principal y más alto, está situado a 30 metros sobre le nivel del mar, intentamos hacer un calculo sobre lo que midió.
-Superó con creces ese otero y pareció que la vista se empañaba por esa lluvia de agua salada, empapándolo todo y a todos, dejando alrededor y sobre las rocas, pequeñas algas y restos arrastrados por el oleaje.
-El estrépito fue increíble.
Ante el evidente escalofrío en su piel al relatarlo y la fotografía, no queda más remedio que creerlo.
Es impresionante, cada vez que se miran espeluznan, obliga a pensar que somos hormiguitas, en un tiempo y espacio que nos queda grande, sin embargo, unos pocos se afanan en no dejar piedra sobre piedra, intentando controlar la naturaleza.
Tiene esta familia de fotógrafos, diferentes instantáneas en ambientes calmados, buscando siempre un paradisiaco lugar en el entorno cercano. ¡Y le busca, y le descubre!
-Mira, son rincones pequeños y desconocidos, hay animales o plantas, montañas, paisajes idílicos, y que quiero queden reflejados con la luz, las formas y dejarlos plasmados en la fotografía, son tan especiales que se manifiestan como imposibles, pero están en esta tierra.
A fe que si están entre nosotros y ni nos damos cuenta.
Le observo y escucho sus palabras emocionadas, con ese siseo que suaviza su voz educada, relajando, reclamando la atención en su recopilación de bellezas naturales.
Siempre cargado y a mano con su máquina fotográfica, como el poeta al bolígrafo, o, el chupete guardado por los padres ante el posible llanto del bebé.
Es una locura ver toda aquella colección fotográfica, despierta la imaginación con fuerza a olores o sensaciones táctiles, la paz, el miedo; en ocasiones encadenadas, enfocadas y disparadas con tanta rapidez que aparecen como un cortometraje.
Brillan sus ojos recordando cada momento vivido al hacerlas.
Vemos igualmente a los suyos posando en fotos en la naturaleza, con el cabello revuelto por el aire, serenidad en los ojos y la naturalidad de los modelos, tal vez conseguido de tanto pedir poses a los clientes a fotografiar. Llevan un buen número de años en el oficio fotográfico.
Ángeles Sánchez Gandarillas ©
Enero de 2011
1 comentario:
Asi eres tú como una ola,que se arremolina batiendo su fuerza en la orilla.
Tienes la fuerza y el impetu de la mar brava.
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