
En marzo volveré a cumplir veinte años, y con ésta ya son cuatro veces las que los cumplo. Lo curioso es que seguramente mis nietos deben mirarme como a un viejo que ya no es capaz de ver “crecer las hierbas” ni de “pescar al vuelo las ideas” como lo hacen ellos, sin pararse a pensar que su patear el mundo y su conocimiento de las gentes lo llevo experimentado tres veces más que ellos.
Me protegen solícitos por ejemplo, cuando me voy a subir a una escalera, o trato de hacer un trabajo que consideran duro para mis años, cosa que les agradezco porque eso si, de forma solapada la vejez me va restando fuerzas, oído, vista… Bueno, en una palabra, que los años a medida que se amontonan van estropeando el cascarón que me envuelve, aunque a decir verdad no puedo quejarme, si tengo en cuenta la lentitud con que hasta ahora lo viene haciendo.
Ocurre que de estos veinte años cuatro veces cumplidos, tengo hecho el propósito de no mirar otra cosa que no sea lo positivo, y tomo a risa la sordera que a menudo me hace poner cara de tonto, del mismo modo que he dejado de presumir de las banalidades que ya nada me dicen. Aprovecho de ellos la experiencia que tan generosamente me ofrecen para intentar discernir entre el bien y el mal, entre los sueños y la realidad, la amistad y la lisonja, y unos cuantos etcéteras más a diferenciar, que es bueno tener en cuenta.
Creo que las nuevas generaciones, debido quizás a la rapidez con que avanzan la tecnología y la electrónica, viven tan deprisa que consideran caminar de tortugas a la forma con que los mayores nos seguimos moviendo en el mundo, y olvidan aquello de que “la experiencia es un grado”, la observación, la madre de la sabiduría”, “un viejo es un libro abierto”, “del viejo el consejo”… que se decía antes.
Ahora nos llaman “carrozas”.
En mis primeros veinte años aprendí a chupar de la teta materna para sobrevivir, a andar para trasladarme de un sitio a otro, hablar para poder comunicarme con mis semejantes, leer para aprender otras cosas y ser menos zopenco, a escribir para comunicar a los demás mis ideas dejando constancia de ello, a respetar a mis semejantes para que me respeten y porque soy civilizado…. Y descubrí los dos más bellos sentimientos del ser humano: la amistad, y el amor.
Mis segundos veinte años fueron los más fructíferos. En ellos llegaron, según mi modesto parecer, las dos cosas más importantes en la vida de un hombre: el trabajo que dignifica a las personas, y la creación de la propia familia que le aporta plenitud.
Los terceros veinte años fueron día a día una consolidación continua de los segundos. Seguir trabajando para mantener el medio de vida y cuidar que la estructura familiar creciera dentro de los cánones establecidos en nuestra sociedad.
Estoy terminando totalmente de vivir mis cuartos veinte años que han sido fabulosos. Os juro que el ocaso de la vida solo es comparable a la más hermosa puesta de sol que podáis imaginar. Sólo es necesario aceptar su llegada con la misma naturalidad que se nos acerca. Veinte años jubilado, los hijos adultos y cada cual en su casa. Veinte años que han sido enteramente míos, para hacer con cada uno de sus días lo que realmente me ha dado la gana. ¿Se puede pedir más?
Cuatro veces veinte años contemplando como progresa el mundo, y como a veces se desmorona. Contemplando la belleza incomparable del sol radiante cuando nace en las mañanas de primavera, y el horror de la naturaleza enfurecida cuando barre los pueblos. Contemplando la soberbia de personajes y personajillos encumbrados en los más altos pedestales, para luego caer en el desprecio y el olvido… Ochenta años viendo cosas, son muchas cosas. Y al final te das cuenta que lo que realmente importa son poquísimas, son sencillas y simples. Son las personas, las que amas, la familia y los amigos. Nada hay mas grande,
J.G.G. ©
Febrero 2011
Me protegen solícitos por ejemplo, cuando me voy a subir a una escalera, o trato de hacer un trabajo que consideran duro para mis años, cosa que les agradezco porque eso si, de forma solapada la vejez me va restando fuerzas, oído, vista… Bueno, en una palabra, que los años a medida que se amontonan van estropeando el cascarón que me envuelve, aunque a decir verdad no puedo quejarme, si tengo en cuenta la lentitud con que hasta ahora lo viene haciendo.
Ocurre que de estos veinte años cuatro veces cumplidos, tengo hecho el propósito de no mirar otra cosa que no sea lo positivo, y tomo a risa la sordera que a menudo me hace poner cara de tonto, del mismo modo que he dejado de presumir de las banalidades que ya nada me dicen. Aprovecho de ellos la experiencia que tan generosamente me ofrecen para intentar discernir entre el bien y el mal, entre los sueños y la realidad, la amistad y la lisonja, y unos cuantos etcéteras más a diferenciar, que es bueno tener en cuenta.
Creo que las nuevas generaciones, debido quizás a la rapidez con que avanzan la tecnología y la electrónica, viven tan deprisa que consideran caminar de tortugas a la forma con que los mayores nos seguimos moviendo en el mundo, y olvidan aquello de que “la experiencia es un grado”, la observación, la madre de la sabiduría”, “un viejo es un libro abierto”, “del viejo el consejo”… que se decía antes.
Ahora nos llaman “carrozas”.
En mis primeros veinte años aprendí a chupar de la teta materna para sobrevivir, a andar para trasladarme de un sitio a otro, hablar para poder comunicarme con mis semejantes, leer para aprender otras cosas y ser menos zopenco, a escribir para comunicar a los demás mis ideas dejando constancia de ello, a respetar a mis semejantes para que me respeten y porque soy civilizado…. Y descubrí los dos más bellos sentimientos del ser humano: la amistad, y el amor.
Mis segundos veinte años fueron los más fructíferos. En ellos llegaron, según mi modesto parecer, las dos cosas más importantes en la vida de un hombre: el trabajo que dignifica a las personas, y la creación de la propia familia que le aporta plenitud.
Los terceros veinte años fueron día a día una consolidación continua de los segundos. Seguir trabajando para mantener el medio de vida y cuidar que la estructura familiar creciera dentro de los cánones establecidos en nuestra sociedad.
Estoy terminando totalmente de vivir mis cuartos veinte años que han sido fabulosos. Os juro que el ocaso de la vida solo es comparable a la más hermosa puesta de sol que podáis imaginar. Sólo es necesario aceptar su llegada con la misma naturalidad que se nos acerca. Veinte años jubilado, los hijos adultos y cada cual en su casa. Veinte años que han sido enteramente míos, para hacer con cada uno de sus días lo que realmente me ha dado la gana. ¿Se puede pedir más?
Cuatro veces veinte años contemplando como progresa el mundo, y como a veces se desmorona. Contemplando la belleza incomparable del sol radiante cuando nace en las mañanas de primavera, y el horror de la naturaleza enfurecida cuando barre los pueblos. Contemplando la soberbia de personajes y personajillos encumbrados en los más altos pedestales, para luego caer en el desprecio y el olvido… Ochenta años viendo cosas, son muchas cosas. Y al final te das cuenta que lo que realmente importa son poquísimas, son sencillas y simples. Son las personas, las que amas, la familia y los amigos. Nada hay mas grande,
J.G.G. ©
Febrero 2011
4 comentarios:
Gracias por estas líneas y por la sinceridad y sencillez de tus letras.
¡Ojalá seamos capaces de imitarte y tomar de ti esa amistad y tantas cosas hermosas que nos dejas cada día.
Un abrazo,
Rafael
Felicidades por el escrito y por tu forma de ver la vida, tu activo presente, esos valores que te hacen a mi vista, aún más grande.Lns.
MUCHAS,MUCHISIMAS FELICIDADES,OJALA CUANDO LLEGUE YO HAY PIENSE COMO TU QUE LO MAS IMPORTANTE EN LA VIDA SON LA FAMILIA LOS AMIGOS Y LAS PERSONAS QUE AMAMOS....UN RELATO MUY ENTRAÑABLE, JESUS
UN SALUDO ...DOLO
Mi deseo para ti es que puedas cumplir otros veinte mas,y podamos seguir gozando de tú compañia y leyendo tan magistrales escritos,nunca dejas de soprendernos y ademas nos alegras la vida,besitos.
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