
El cine autentifica la fantasía gracias a esa pantalla grande, da la sensación, por el tamaño, de tener a los protagonistas entre nosotros, ayudados de seis canales de sonido, con lo que sientes que cuando llaman a la puerta, es a ti a quien llaman con intempestivos sonidos que sobresaltan naciendo de todos los lugares de la escena y de la sala de cine. Si estoy cansada me adormezco y si me asusto, tapo mis ojos con las manos. De una u otra forma suelo perderme bastante de la filmación. A pesar de todo esto me gusta ir al cine, además de ser un acicate para mi imaginación, creo auténticas películas al salir a la realidad.
"...Ella reposaba en la butaca, se acomodó y casi se rozaban el brazo. Al estar tan próximos notaba a través de la manga, la calidez de su cuerpo y el escalofrío se elevó hasta el infinito. Siempre ocurría, daba igual el lugar.
Quizá aquel día fuera el que tanto esperaba, tal vez pudiera acercarse lo suficiente y pasar sus labios por aquellas delicadas sienes, suavemente, en una leve caricia.
Su cabello liso y oscuro caía como siempre sobre los hombros y le apartó unos mechones que estaban despeinados en el cuello de la camisa. Ella volvió la cara y sintió vergüenza.
Pensó que quizás se había sobrepasado. Odiaba tener esa timidez enfermiza, además la quería de tal manera, que sentía terror solamente de pensar en ofenderla.
En su fuero interno temía que ella no le viera como pareja, solo una amistad y más, después de tantos años.
Era tan fácil quererla, tan sencillo enamorarse terriblemente, desearla. Lo malo es que también era igual de sencillo hacerla daño, demasiado sensibilizada por las circunstancias en su vida, en los compromisos y ataduras familiares. Estaba al corriente de sus necesidades de ternura y eso le frenaba aún más la poca impetuosidad que le dejaba su retraimiento. Es posible que su espera, acabara alguna vez, tenía un cierto cansancio de ansiar, de fantasear una realidad.
Sabía perfectamente que la quería, la quería tanto como su corazón podría soportar, tanto que reventaba su estómago. Un cariño enloquecido, delirante. Necesitaba una sola señal más, una indicación cariñosa, sería el paso necesario sin necesidad de dañarla, la posibilidad de entregarse en el más delicado de los abrazos y si no se desfallecía, decirla que la quería, ¡no!, que la amaba desde hace tiempo, desde que el mundo se creó, desde que empezó a respirar, y que ya estaba a la espera, desde entonces, esperando siempre, aguardando esa respuesta afirmativa que aún no había propuesto.
La proyección tuvo el poder de abstracción prácticamente todo el tiempo; una suerte para apaciguar sus sentimientos. Cuando finalizó bajaron desde la décima cuarta fila, por aquel pasillo escalonado, alumbrado con una línea de luz apenas visible. Ella se agarró a su brazo. Sintió un estremecimiento de arriba abajo.
-Casi no veo –dijo disculpándose.
Posó los dedos sobre la mano de ella. Su piel era suave y delicada. Bajar aquellos escalones fue como descender a recoger un oscar, el oscar al amor en aquel cine, donde la estrella con el nombre de ambos quedaría en el relieve del lucero del alba: Venus, ese planeta que brillaba exclusivamente esa tarde clara para ellos, y el cuerpo mas brillante después de la luna y el sol.
No contestó, la miró y vio sus ojos resplandecientes en lo oscuro. Sí, eran nuestro satélite y el astro rey; ahí estaban cercanos, tan cerca como ese Venus a compartir.
Tragó saliva pero la garganta estaba como una estera, hasta le dolió esa acción casi siempre involuntaria.
Sí, Venus sería el adecuado para aquella relación idealizada, un planeta cercano y brillando gracias al reflejo de la Luna y el Sol, por esos ojos llenos de vida. Se soltaron al atravesar la puerta de salida; al fin pudo tragar la saliva y comenzaron una conversación con el resto del grupo.
-Que si la película era buena, que si yo le concedería más oscar pero para tirárselos al de efectos especiales a la cabeza.
Todos rieron,
-Sería mi venganza ante tanto susto.
-Al final quedaba claro que nos captó aquella vida de ficción, introduciéndonos en el problema psicológico-real, donde la protagonista vivía una realidad obsesiva, en un papel que nosotros, pobre público, vivimos el drama, incluso aquella dolorosa metamorfosis imaginada del cisne-mujer, del encamamiento de la piel, naciéndola el plumón rodeando después el cálamo, espesando el plumaje oscuro, para trasladarlo al público de aquel teatro, impregnarlos del drama en la danza del lago de los cisnes (primera obra para ballet de Tchaikovsky), casi dejando atrás la cordura.
La lucha por conseguir metas a brazo partido, sin importar los sentimientos, la dureza del ensayo diario, la competencia, la traición incluso. El abandono de uno mismo, de los sentimientos, las 24 horas del día dejando el descanso en segundo plano, imágenes de una crudeza inquietante, perturbada por el obsesivo ensayo.
Despojada de la humanidad, esclavizando al interprete solamente hacia el papel. Entre las bambalinas se patentizaba el abandono del revestimiento de la zona de camerinos, la realidad de la competividad, lo opuesto a toda la parafernalia de la obra en el escenario, espectáculo magnifico del lago de los cisnes, un escaparate de lujo, resplandor y sensibilidad. Todo cambiaba allá abajo, todo. La trastienda de la supuesta realidad del día a día de los intérpretes.
Una filmación dura; hasta en la pasión y la sexualidad estaba el ultraje, utilizada esa exigencia para y por el trabajo, se percibía que era la víctima en todos los aspectos. El intento por protagonizar un papel en aquellas escenas, o incluso en la vida, acrecentaba la sospecha que pudiera ser así. Demasiado el sacrificio.
Tenía la seguridad de que el director dijo en más de una ocasión ¡silencio, se rueda!, sin embargo quería en aquel momento dirigir su instante ilusionado y romántico para decir ¡Silencio, se ama!..."
Ángeles Sánchez Gandarillas ©
20-II-2011
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