viernes, 4 de febrero de 2011

ARREBATOS



Los temporales marinos que se dieron en la costa durante el mes de noviembre, dejaron en la retina recuerdos imborrables; sin embargo un fotógrafo recogió cientos de instantáneas en san Vicente de la Barquera, fruto de la paciencia e incluso de algún riesgo.

Tiene una serie de fotografías donde las olas y la mar parecían el efecto de una batidora gigantesca; el agua en continuo movimiento producía la sensación de observar la corriente de una gran riada.

El oleaje incesante blanqueaba con su burbujeo producía por si misma luz en esas penumbras, aún en la noche oscura y nublada.

El sonido constante convertido en un rum-rum de ese motor incansable y natural, interrumpido cada poco al chocar contra la costa, un estruendo que envolvía el temor de todos los que expectantes y escalofriados, esperábamos una mejoría de un fuerte temporal en varios días en permanente actividad. El regresar del oleaje, recordaba el pasar la página de una gran hoja de papel seda, lentamente y, dejarla caer por si sola.

El golpear en la barra o en la ensenada de la Punta de la Silla, donde la mar entra aún desbocada sin nada que la interrumpa, tiene tal fuerza que las dos peñas naturales donde se afianzan el rompeolas –nunca mejor definido-, que a pesar de medir aproximadamente 500 metros de largo, unos 9 metros de anchura, pudiera llegar a los 12 metros de alto en su parte más profunda y larga, es decir desde la Punta de la Espina hasta donde empieza la ladera de la Peña Mayor, creciendo ésta otro tanto por encima hasta llegar a su cresta natural.

Hay un mirador y la imagen de la Virgen, aunque se la ha llevado la mar mil veces. Para acceder a ella, se ha de escalar por las piedras salientes y afiladas por la erosión; de ahí hasta terminar la barra en la Peña Menor, es bastante más baja. -Conseguí la información en un mapa a escala 1/1200-.

Pues bien, esta mole inmensa de cemento, piedras y peñas naturales, eran enterrados por el agua chispeante que parecía hervir, desaparecían tragados en espacios de tiempo cada vez más largos, tapada y con la fuerza del temporal adornado de tempestad. Engullía todo lo que encontraba a su paso.

Creíamos que faltarían más piedras de esa barra, sin tiempo para confirmarlo con la vista, por ser tanta el agua que traían las olas y su espuma, sobrepasando y tapándola constantemente.

No obstante fue más fuerte allá por el año 2.008, en la noche del 10 al 11 de marzo, un temporal nocturno; se llevó un gran bocado de ella, justo donde nace la Peña Mayor. Según datos del guardamuelles –perteneciente al Servicio de puertos que amablemente me cedió información-, y las mediciones de un ingeniero de las dimensiones de ese derrumbe. Dos prismas pentagonales alargadas en sus bases, equivalente a las 10 toneladas de cemento. La parte de arriba más pequeña, cedió en más cantidad y ambas quedaron troceadas al interior de la barra. Hipotéticamente las medidas de las dos serían de 3,20 metros de alto, 2,10 metros de ancho, por 16 metros de largo, la inclinación en la parte más larga hasta el vértice, fue de 5,30, en la otra midió 3,80 metros; arrancó también 11 peldaños. Todas las barandillas que se habían colocado recientemente, fueron dobladas y retorcidas comos si se tratasen de espaguetis.

-Da miedo pensar en su fuerza-.

Esa jornada la mar se adentró en la ría de manera brusca, a tanto que arrancó el carro varadero de los raíles, a pesar de sus 200 toneladas de desplazamiento. Así de fuertes fueron los envites a refugio del mar, no es de extrañar que varias embarcaciones amarradas y seguras en la ría, fueran arrancadas de sus cabos y salieran despedidas por la bocana de la barra, iban a lomos de las olas espumosas, a velocidades que estas pequeñas embarcaciones hubieran tomado jamás, parecían de competición. Algunas quedaron en trocitos repartidos por la playa inmensa de las Olas o de Merón, el mar suele devolver lo que traga más tarde o más temprano, aquí o en otros lugares costeros; otras desaparecieron y la última de sencilla madera, quedó relegada en la playa a merced de la resaca y de las mareas.

Allí, azul y solitaria, estropeada y bamboleante en la resaca; seguramente iría a morir al fondo del mar, serviría si no quedaba destruida por completo, de refugio de pequeños animales acuáticos.

La escollera este, quedó abierta en su centro, el pequeño faro de señalización aparece desde entonces inclinado, casi desgajado del resto del empedrado muro; produce la sensación de estar enfadado, dando la espalda, casi jorobado, cabizbajo, cumpliendo su función de aviso destellante, permanentemente y a regañadientes.

Este oficio de guardamuelles es interesante, conlleva muchas responsabilidades. Ahora tiene la oficina en la parte alta de la torre, sobre las bodegas del muelle, un saliente que aparece redondeado incluido el tejado acabando de forma puntiaguda; tiene como una especie de balconada o torreta esquinera de algún castillo medieval. Antes tenían su oficina en el almacén del muelle pequeño, bajo la vivienda que antes se les proporcionaba, la que llamaban “casa del guardamuelles”.

Ahora, este despacho pequeño y elevado, está modernizado por completo con elementos informáticos. Este señor es un detallista metódico, incluso toma datos en sus ratos libres, fuera de su labor y horario profesional. Fotos, medidas, cualquier sorpresa que depare el mar, el ambiente portuario o la fauna y flora del entorno. A tal punto, que a pesar de llevar su trabajo perfectamente, añade todo esta investigación a los informes oficiales. Un estudio que dejará documentada la historia de esta actividad, acontecimientos que quedarían emborronados en la siempre elástica memoria oral.

Se encarga de la vigilancia civil en toda la superficie de puerto, pudiendo llegar a una adscripción de 270.000 m2. Tiene entre sus cometidos los atraques, pantalanes, deterioros, avisos de cualquier asunto tocante a leyes, normas o los desperfectos de los temporales y posteriores arreglos, la custodia y los arreglos de las obras y un largo etc. Dice que antes se encargaban de pesar con la gigantesca balanza exterior, las cargas de los carros del puerto, camiones de pescado u otros materiales como las manzanas para sidra, arena, madera, algas, carbón o el hielo.

Agradezco al fotógrafo y al guardamuelles, su paciencia e
interés por informarme fehacientemente.



Ángeles Sánchez Gandarillas ©
Enero de 2011

1 comentario:

Anónimo dijo...

Arrebatos de locuaz escritura,sin descanso,deleitando con palabaras los sentidos.