
Es el tributo que hemos de pagar por o para disfrutar de algunas cosas en común, con porcentajes más o menos altos.
He visto en la vida dos de estos gravámenes, por curiosidad coinciden en sus siglas y son:
I. P. Q.: Impuesto porque quiero quedarme.
I. P. Q.: Impuesto porque quiero querer.
El primero se queda con el 1% de la existencia, no varía, siempre está y si lo decido anular por alguna situación, tan rápido como sale entra.
Es fácil de explicar; tanto en el trabajo, estudio, los amigos, la relación de pareja, la familia, etc., llevan siempre la decisión de estar en un determinado lugar, domicilio o en ambos a la vez; no obstante si por casualidad pagas el porcentaje un poco a disgusto, es manifesta la necesidad de moverte, lo pagarás de otra manera o en otro lugar más a gusto, pero, lo pagarás.
El segundo impuesto porque quiero querer, es notablemente diferente.
Para comenzar, el tanto por ciento es fluctuante, aquí no se decide a quien se quiere, nace por sí solo, puedes empeñarte en seguir adelante u olvidar o puedes poner tus normas y fronteras, disfrutar en cada ocasión de la delicadeza, atención, diversión, sensibilidad, la decepción e incluso a veces del llanto.
Se puede tener el empeño de dejarlo fluir, de no intentar explicarlo ni definirlo, porque en este impuesto-sentimiento (aquí la otra gran diferencia), es cosa de cómo mínimo dos, y tan importante es respetarte a ti mismo como al otro, pues son protagonistas también del pago de este “impuesto”.
Invadiendo el vocabulario marinero: “del barco al cielo, todo es barco”, pero hay que decidir como lo llenas y cuanto, porque de ello depende que no caiga por la borda ni zozobre, para así llegar al mejor puerto posible.
En este impuesto se pueden llegar a pagar porcentajes escandalosos…
Ángeles Sánchez Gandarillas ©
Día 22 de abril de 2009
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