
Hoy 22 de enero se celebra la festividad de San Vicente, nuestro patrón, por tanto era menester madrugar y en un paseo mañanero acercarse al extenso relleno playero. Los cuervos graznaban anunciando nieve en un cielo casi despejado, bajaba el agua del río con fuerza y estrepitosamente entre los ojos bostezantes del puente, aún pasado el mediodía en la vuelta, seguía en esa labor, quizá las mareas muertas influían en ello.
Una vez me acercaba a la exposición de ganado, se oían los mugidos, balidos o relinchos de los animales. Se encontraban separados y recogidos en numerosísimos cerrados, enrejados y amplios, protegiendo y dando nombre a cada empresa ganadera, procedentes de todo el entorno municipal y de otros ayuntamientos. Llegaban caminando bien por las vías comarcales o en camiones ganaderos; todos estos cuadrúpedos enjaezados, aseados y adornados con los rosetones y campanos, identificándolos como premiados por su pureza de raza, fuerza o cualquiera de las mejoras genética; por tanto el recinto se llenaba por momentos y el público se acercaba a pesar del frío intenso, acrecentado por la situación de esta explanada en la misma orilla del mar, en que el relente dejaba las manos ateridas.
De vez en cuando salían de los termos calientes, bebidas que reconfortaban los cuerpos, los ganaderos abrigados y cubiertos de pellizas con cuellos abigarrados de pieles, borreguillo o alguna bufanda; debajo vestían buzos de algodón azul añil, protegiendo el resto de la vestimenta de la suciedad y el olor propio de los animales. Narices y mejillas enrojecidas, las cabezas abrigadas con diversidad de gorros de cuero o lana, con sobresalientes picos alzados al cielo, dándoles el aspecto de nomos multicolores moviéndose en albarcas por el barro, en un piso irregular dificultando el caminar; ese bamboleo, la orondo del exceso de ropa y las botas de caña, dejaba aún más a las claras ese parecido.
Los bueyes y vacas de nuestra autóctona raza tudanca, algunas con mestizaje de la pasiega o la monchina –descritas por Cossío y otros escritores de Cantabria-, las dedicadas para carne o leche, caballos, ovejas, cabras -también enanas-, mastines enormes ayudantes del pastoreo, ponis, etc.; todos ellos esmeradamente bien alimentados y limpios, pasados por la tijera, cepillo y rasqueta, aún evidenciado su paso, por los surcos en sus cueros, crines y colas repeinadas, lustrosas que se movían al viento y en el espantar incesante de algún insecto insensato o superviviente, los pocos que no fueran victimas de la gélida mañana.
Gentes que gustan de su oficio siendo además de ser el medio de vida, el mejor de sus entretenimientos o pasiones, incluso ya jubilados o después de la actividad en otros trabajos, se encargan de conservar estos animales autóctonos en su mayor parte.
Se podían observar marcas en varios rebaños de ovejas de diferentes formas y colores –son más difíciles de reconocer igualadas por su larga lana-, unas indican la desparasitación, otras los partos, los arreglos en las pezuñas o mil necesidades del cuidado de estos animales caprinos.
Es un placer ver a los recién nacidos, lechales que apenas se sostienen en pie, o los jatos de ojos tiernos y redondeados morros, ya “empendientados” con las señales veterinarias que aseguran la salud ganadera, observando a los "observadores", curioseando lo que comen los espectadores o intentando mamar a sus progenitoras separadas en otro de aquellos cerrados de rejas redondeadas.
Llamaba la atención los ojos de las cabras ya domesticadas por el hombre, pareciendo interrogar al curioso con unos ojos extraordinarios, un tanto desorbitados y ovalados, con la niña alargada y horizontal, pareciendo una mirada inquisitiva y calculadora, colocadas al revés que en el gato e igual que la de los pulpos. Esa pupila estrecha que parece amenazar sumada a la visión de la anchura y longitud de unas enormes cornamentas. Parece increíble puedan mantener la cabeza erguida.
Los cabritos saltan como rebotados por muelles, en seco, vertical y limpiamente, juegos retozados y chocando entre ellos bruscamente, a la vista del ruido parecía que pudieran hacerse daño pero no era así. De esta raza se consigue una leche de gran pureza y condensada grasa, los quesos elaborados con ellas tienen un sabor y calidad inigualable, al igual que la carne. Estos rumiantes de incesantes mirar inquisidor, son fuertes, se alimentan de todo lo vegetal aún los arbustos, son capaces de mantenerse en riscos y laderas empedradas en equilibrio acróbata. Se dice que lo que otras razas de rumiantes desechan en los pastos, lo ingieren ellos, así que son los mejores jardineros en la naturaleza o estos domésticos, en los prados.
Mientras se encontraban preparando el trasladado mercado ordinario de los sábados y el extraordinario de esta feria de enero. Ingente cantidad de puestos, desde los fruteros con muestras tropicales o también secos, el fresón madrugador de Lepe, hortalizas y legumbres, textil, muebles, flores, heladerías, complementos, charcuteros preparados en camiones asépticos y refrigerados, churrerías, artesanos de las garrapiñadas y el algodón de azúcar, incluso había paraguas “antiviento”, cosas curiosa en este mundo que todo lo controla la informática pero que aún nos deja utensilios manuales de este tipo, eso arranca la sonrisa de más de uno; librerías y un camión discográfico o una exposición de campanos para los bovinos confeccionados a mano, brillantes, con timbres o sonidos diferentes colgados de correajes en relieve y cosidos con cuidadas puntadas, hasta un juguetero tenía allí su puesto.
Y como cada año la Asociación Cultural de las mujeres de La Revilla, con originales atuendos típicos o repartiendo alimentos tradicionales como los “tortos”. En esta ocasión, mostrando maquetas artesanas de casas de campo vernáculas o cabañas que fueron el siguiente paso al dejar atrás las cavernas; con el reciclado de los retales o restos de telas creando maravillas en complementos confeccionados en esa modalidad denominada patchwork, menudencias artesanas casi imposibles de sostener en la mano o juguetes; jabón y papel reciclados, libros de encuadernación artesana escrito por autores de la zona –sonrío-, portadoras de una ilusión que ya quisiera para mí, amor propio a espuertas y amor a lo tradicional, a la cultura y entorno de donde procedemos.
Una festividad que produce el mejor de los recuerdos, el vivo y actual, enseña lo nuestro cercano a la vida pesquera que convive en un ayuntamiento extenso y variado, un complemento a mano para reconducir la diversidad y formas de vida, une, evita desmembrarse y contiene la personalidad y economía del entorno.
Los habitantes de los pueblos y los pejines, todos uno; nada somos los unos sin los otros.
Ángeles Sánchez Gandarilla ©
22 de enero de 2011
Una vez me acercaba a la exposición de ganado, se oían los mugidos, balidos o relinchos de los animales. Se encontraban separados y recogidos en numerosísimos cerrados, enrejados y amplios, protegiendo y dando nombre a cada empresa ganadera, procedentes de todo el entorno municipal y de otros ayuntamientos. Llegaban caminando bien por las vías comarcales o en camiones ganaderos; todos estos cuadrúpedos enjaezados, aseados y adornados con los rosetones y campanos, identificándolos como premiados por su pureza de raza, fuerza o cualquiera de las mejoras genética; por tanto el recinto se llenaba por momentos y el público se acercaba a pesar del frío intenso, acrecentado por la situación de esta explanada en la misma orilla del mar, en que el relente dejaba las manos ateridas.
De vez en cuando salían de los termos calientes, bebidas que reconfortaban los cuerpos, los ganaderos abrigados y cubiertos de pellizas con cuellos abigarrados de pieles, borreguillo o alguna bufanda; debajo vestían buzos de algodón azul añil, protegiendo el resto de la vestimenta de la suciedad y el olor propio de los animales. Narices y mejillas enrojecidas, las cabezas abrigadas con diversidad de gorros de cuero o lana, con sobresalientes picos alzados al cielo, dándoles el aspecto de nomos multicolores moviéndose en albarcas por el barro, en un piso irregular dificultando el caminar; ese bamboleo, la orondo del exceso de ropa y las botas de caña, dejaba aún más a las claras ese parecido.
Los bueyes y vacas de nuestra autóctona raza tudanca, algunas con mestizaje de la pasiega o la monchina –descritas por Cossío y otros escritores de Cantabria-, las dedicadas para carne o leche, caballos, ovejas, cabras -también enanas-, mastines enormes ayudantes del pastoreo, ponis, etc.; todos ellos esmeradamente bien alimentados y limpios, pasados por la tijera, cepillo y rasqueta, aún evidenciado su paso, por los surcos en sus cueros, crines y colas repeinadas, lustrosas que se movían al viento y en el espantar incesante de algún insecto insensato o superviviente, los pocos que no fueran victimas de la gélida mañana.
Gentes que gustan de su oficio siendo además de ser el medio de vida, el mejor de sus entretenimientos o pasiones, incluso ya jubilados o después de la actividad en otros trabajos, se encargan de conservar estos animales autóctonos en su mayor parte.
Se podían observar marcas en varios rebaños de ovejas de diferentes formas y colores –son más difíciles de reconocer igualadas por su larga lana-, unas indican la desparasitación, otras los partos, los arreglos en las pezuñas o mil necesidades del cuidado de estos animales caprinos.
Es un placer ver a los recién nacidos, lechales que apenas se sostienen en pie, o los jatos de ojos tiernos y redondeados morros, ya “empendientados” con las señales veterinarias que aseguran la salud ganadera, observando a los "observadores", curioseando lo que comen los espectadores o intentando mamar a sus progenitoras separadas en otro de aquellos cerrados de rejas redondeadas.
Llamaba la atención los ojos de las cabras ya domesticadas por el hombre, pareciendo interrogar al curioso con unos ojos extraordinarios, un tanto desorbitados y ovalados, con la niña alargada y horizontal, pareciendo una mirada inquisitiva y calculadora, colocadas al revés que en el gato e igual que la de los pulpos. Esa pupila estrecha que parece amenazar sumada a la visión de la anchura y longitud de unas enormes cornamentas. Parece increíble puedan mantener la cabeza erguida.
Los cabritos saltan como rebotados por muelles, en seco, vertical y limpiamente, juegos retozados y chocando entre ellos bruscamente, a la vista del ruido parecía que pudieran hacerse daño pero no era así. De esta raza se consigue una leche de gran pureza y condensada grasa, los quesos elaborados con ellas tienen un sabor y calidad inigualable, al igual que la carne. Estos rumiantes de incesantes mirar inquisidor, son fuertes, se alimentan de todo lo vegetal aún los arbustos, son capaces de mantenerse en riscos y laderas empedradas en equilibrio acróbata. Se dice que lo que otras razas de rumiantes desechan en los pastos, lo ingieren ellos, así que son los mejores jardineros en la naturaleza o estos domésticos, en los prados.
Mientras se encontraban preparando el trasladado mercado ordinario de los sábados y el extraordinario de esta feria de enero. Ingente cantidad de puestos, desde los fruteros con muestras tropicales o también secos, el fresón madrugador de Lepe, hortalizas y legumbres, textil, muebles, flores, heladerías, complementos, charcuteros preparados en camiones asépticos y refrigerados, churrerías, artesanos de las garrapiñadas y el algodón de azúcar, incluso había paraguas “antiviento”, cosas curiosa en este mundo que todo lo controla la informática pero que aún nos deja utensilios manuales de este tipo, eso arranca la sonrisa de más de uno; librerías y un camión discográfico o una exposición de campanos para los bovinos confeccionados a mano, brillantes, con timbres o sonidos diferentes colgados de correajes en relieve y cosidos con cuidadas puntadas, hasta un juguetero tenía allí su puesto.
Y como cada año la Asociación Cultural de las mujeres de La Revilla, con originales atuendos típicos o repartiendo alimentos tradicionales como los “tortos”. En esta ocasión, mostrando maquetas artesanas de casas de campo vernáculas o cabañas que fueron el siguiente paso al dejar atrás las cavernas; con el reciclado de los retales o restos de telas creando maravillas en complementos confeccionados en esa modalidad denominada patchwork, menudencias artesanas casi imposibles de sostener en la mano o juguetes; jabón y papel reciclados, libros de encuadernación artesana escrito por autores de la zona –sonrío-, portadoras de una ilusión que ya quisiera para mí, amor propio a espuertas y amor a lo tradicional, a la cultura y entorno de donde procedemos.
Una festividad que produce el mejor de los recuerdos, el vivo y actual, enseña lo nuestro cercano a la vida pesquera que convive en un ayuntamiento extenso y variado, un complemento a mano para reconducir la diversidad y formas de vida, une, evita desmembrarse y contiene la personalidad y economía del entorno.
Los habitantes de los pueblos y los pejines, todos uno; nada somos los unos sin los otros.
Ángeles Sánchez Gandarilla ©
22 de enero de 2011
1 comentario:
Me hubiese encantado estar hay...menos mal que gracias a tu cronica me hago una idea. Un saludo Lynes.
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