sábado, 4 de diciembre de 2010

UN MAR DE ESTRELLAS Y LA MAGOSTA URBANA

Hemos acompañado en el viaje de vuelta a una de mis hijas, así alargamos las escasas veinticuatro horas de su visita. Una parte de este tiempo lo pasó con su hermana mayor y con toda la familia, pero por diversas circunstancias, yo apenas la vi, por ello se decidió llevarla, una manera al compartir el viaje sin anticipar su ausencia, para poder dilatar ese contacto. Observé ayer juntas a las hermanas, percibí esa línea de unión entre ellas al hacerse mayores, aumentando los lazos, la confianza. Eso hace sentir que están bien enseñadas.

La tarde empezaba entonces a tornarse anochecida, alguna deshilachada nube y ese vientecillo de nordeste -palabra que espabila-; subimos al coche y la ocurrencia primera fue que al llegar pasearíamos un rato por Gijón y tomaríamos unas castañas asadas, ella conocía una castañera generosa y con buena calidad. Ni que decir que ese plan se asomó con visos de fiesta, más tiempo juntos y encima con la delicia de una magosta urbana, paseando entre el frío invernal.

Llegamos en lo que nos parece cada vez un viaje más corto; no había aparcamiento. La cercanía al estadio de fútbol y el partido que se jugaba era la causa, se oían las carracas y pitidos del público, amortiguados por la lejanía y pudimos comprobar más tarde, aún en el coche, como estaban los aficionados al término del encuentro, algo fríos exteriorizando el resultado o el fresco. Dejamos al padre en el coche mientras descargamos la maleta (¡qué por fin la ha cambiado!), dirigiéndonos a la casa.

Me mostró la nueva puerta del portal, toda automatizada, con solo un problema, que como quieras salir rápido del portal, si no das tiempo a que reciba la orden, te podrías comer el cristal. Eso pasó en nuestro Ayuntamiento, alguien que iba deprisa ni vio el cristal y del cabezazo rompió el vidrio de aproximadamente un centímetro, dejando la puerta ajada; lo curioso es que el señor en cuestión no se hizo sangre a pesar de lo amenazante y cortante de las grietas pero, seguro que algún moratón tendría. Sin querer se vienen a la mente ideas sobre la dureza y convicciones de la cabeza del señor o de lo endebles que resultan las puertas del entorno municipal; mejor dejarlo quieto.

Al fin, después de dar mil vueltas subimos por una calle hasta encontrar un aparcamiento, con lo que el paseo en busca de la castañera se alargó por esa circunstancia. Nos abrigamos y protegimos del relente pasando entre calles, dirigiéndonos a buen paso hasta una de las casetas de madera donde se refugian con sus hornos portátiles de carbón. Al llegar dice que faltan apenas unos 15 minutos para sacar las más recientes, agradecimos que no nos colocara las atrasadas y nos dispusimos a reemprender el paseo.

Como el fresquito tomaba visos de congelación, decidimos buscar otra de estas casitas, la encontramos pero cerrada, y nuestra traición a la primera castañera quedó en sólo intención, estaba destinado así, sería en el primer lugar donde habríamos de adquirirlas. Volvimos a ella y aún faltaban unos minutos, nuestra hija decidió que fuéramos al paseo marítimo, veríamos los desastres del fuerte temporal y oleaje de hace dos semanas.

Había abundancia de perros y dueños a la orilla de la mar, ésta depositaba en la arena frecuentes y seguidas olas, había marejada de viento. Los perros corrían y jugaban en la noche, entraban y salían al mar; decía nuestra guía de lujo, que es un lugar habitual de paseo de canes y propietarios, están preparados para la oscuridad con collares de luces para ver a los animales. Mucha sofisticación y originalidad perruna.

Llegamos al lugar donde la mar se adueñó de todo, parte de la estructura que está a una altura de unos cinco metros de la misma playa, fueron arrancadas de cuajo las grandes y pesadas piedras del adorno en voladizo, estaban depositadas en un cercado protector, desencajó y arrancó toda esa estructura en un intento de adueñarse del paseo, la calzada y las viviendas; una mar que no mide las supuestas seguridades que los humanos creemos controlar, se mofa de esas previsiones. Somos ante ella un Titanic vanidoso en un pozo sin fin.

Con los pies ateridos, ejerciendo presión en nuestra espalda gibándola ante el relente helador, desandamos el camino hacia las prometidas castañas recientes y calentitas. Pensábamos que hacer 140 kilómetros para comer castañas, tiene su miga. Vimos en un cartel de aquel habitáculo lo buenísimas que eran esos frutos para todo; circulación, antiinflamatorio, antirreumático, o que su piel como infusión reduce el colesterol y un largo etcétera; pero hay una cosa que no pone y es que une en una tarde fría, no, friísima, el contacto familiar, el calor en las manos y en el alma, conversar y mantener la sonrisa acompañados de lo mejor del día, tiritar en familia, valorando la de grados que estaban bajando a carreras por aquellos termómetros gigantescos.

Empecé a calcular la de patadas que le dimos a las dietas, a todas. Primero los churros mañaneros, el almuerzo con aquella paella pejina (pescado y jibia de nuestro Cantábrico, guisantes y cebolla de La Acebosa, habas de la Revilla, arroz valenciano, ese tan redondito que hasta apetece dejarlo caer entre los dedos para ser acariciados en su suave paso), ahora las castañas y, a la espera de tomar un bocado al regreso de la tortilla española con productos de esos mismos lugares, me daba la impresión de que reventaríamos con tantos hidratos calóricos, a pesar de ser sanos, a pesar del amor familiar y a pesar del gran paseo dado por aquel bellísimo bulevar de San Lorenzo, a la orilla del mar que nos trajo el nordeste limpiador.

Lo que sí es seguro es que el día terminaría tirando cohetes, por razones de unión y por otras razones. Sonrío.

Llegó la hora que siempre me desgaja por dentro, el abrazo que mi hija golpeteando con sus manos en mi hombro repetidamente, calmándome y calmándose, desperezo rápidamente toda esa sensación de rompimiento para evitar la suya.

En eso llegó su compañera de piso desde Valladolid; al menos la dejaremos acompañada y eso tranquiliza a ¡padres que no se dan cuenta que su hija está ya crecida!

-Llamadme cuando lleguéis,

-¿Recordáis donde quedó el coche?

-¡Qué sí!

-¡Cuídate hija!

Llegamos al ascensor y al portal en obras, salimos por aquella odiosa puerta automática que nos cedió el paso demasiado rápidamente, nos sacó de su casa casi impositivamente, me gustaba más la otra, había que abrirla despacio y pesadamente, atrasaba unos segundos nuestra partida, se cerraba por si sola lentamente. Ésta es una guillotina transparente que corta en lonchas los sentimientos que intentamos dejar atrás. Odio la nueva puerta del portal de la casa de mi hija, ¡la odio!

Entramos al coche ya casi limpios del lastre sentimental, y por supuesto, nos hemos vuelto a perder, ¡por Dios, qué cantidad de calles y de semáforos!, se confabularon todos en retrasar la salida de la ciudad.

-¿Por dónde salimos?

-Pues eso da igual, con tal de que salgamos de una puñetera vez.

-¡Eh, ese semáforo se cerró!

-Ya, ya. Yo creo que este nos conoce y hace apuestas a ver cuantas veces se cierra ante nosotros.

-Me parece que por allí está prohibido, hay que seguir esta calle, creo.

-¡Mira que estamos dando vueltas en redondo!

-¡No te rías que ya estoy con cierto cabreo!

-Bueno, ¿sabes qué?, que hagas lo que quieras, no volveré a opinar sobre la calle que nos corresponde (esa promesa se repite cada vez que nos perdemos).

De pronto suena el teléfono salvador de una posible discusión.

-¿Sí?

-Hola ¿qué tal?

-Aquí luchando por sobrevivir en esta ciudad llena de venas relucientes, ja, ja.

-Hablaremos al llegar, ahora con el ruido y este ambientillo en busca de oasis asfáltico, no se puede uno concentrar.

Aquella llamada fue primordial, evitó las dos opiniones de conductores desorientados, tanto que las caras se estaban transfigurando, la nariz se alargaba en radar olfativo en busca del rastro acertado y los ojos brillaban con reflejos de impaciencia; hummm..., malo, malo.

Ya entramos en viaje de retorno y la decisión de que a la próxima, solamente guiará el chofer -el copiloto a callar-, es mejor que solo uno se confunda, dos doblan la desorientación, a la vista de que mientras se habló por teléfono, el conductor encontró la salida.

¡Qué cielo más azul oscuro y claro!, casi traigo a casa la cabeza descoyuntada de mirar por el parabrisas del coche. Las estrellas en aquella oscuridad añilada, resaltaban como nunca. Los cielos diáfanos por la limpieza del ambiente gracias al viento, asombraban dando fondo al brillo de aquellas estrellas que se unían en algunas constelaciones que creí reconocer. Tan claras como en un libro de texto, llegando a nuestros ojos diáfanas, perfectas, más grandes que otras veces. ¡Dioses!, un día que se veía premiado con un dulce postre celestial.

Hubiera querido poner más atención a la astronomía, quería saber y distinguir cada una de aquellas líneas estrelladas, caminos y figuras, saber si el lucero del alba estaba entre ellas en su reposado brillar,

y

Viendo parecidos al pacífico Ursus,

Casiopeas, Serpientes y Grullas,

o Hidras que envuelven a Leos,

Pegasos, Perseos, Escorpiones

de Tauros, o delfines volantes,

y no me importaba,

eran besos brillantes

que trotaban

en quimeras mentales.

Sin embargo, a la izquierda sobre el mar, estaba densamente nublado, de vez en cuando los relámpagos aparecían invasores y dejaban sin aliento, espectaculares, intentando hacerse paso hacia lo despejado, nubes aprisionadas por la humedad y presión del mar. Un paisaje a dos bandas, la cara y la cruz del tiempo meteorológico, dos opciones ante pobrecitos humanos, menguados ante esa belleza inmensa, ante lo nunca visto, ante esa enseñanza. El haz y el envés, lo bueno y lo injusto, las hojas de la existencia que a pesar de todo, sigan pegadas a ese tronco vital, han de ser apreciadas, pura energía. Sí, una bella vida.

Llegamos con la “pelona” cayendo descarnada, con 1º grado a las diez de la noche, los coches blanqueando y atiesadas ya las débiles flores en los jardines del parque, las palmeras agachaban las hojas para evitar su poder helador, mientras, protegerían entre sus palmas las aves ateridas y ahora silenciosas. Llamamos a los ocupados en la espera de nuestro retorno y tomamos el camino a la templada casa, al refugio hogareño.

Un día irrepetible, cada minuto apresado en los puños, sin tiempo para administrar las emociones, (ni las ingestas), quizá una infusión mejore ese empacho a todos los niveles, pleno y feliz.


Ángeles Sánchez Gandarillas ©
San Vte. de la Barquera
28 de noviembre de 2010

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