miércoles, 8 de diciembre de 2010

SANTA CECILIA

Es el día de la patrona de los músicos y nosotros tenemos entre otras actividades hacia la preparación musical, la de Coral Barquera.

Fui invitada por mi amiga musical a compartir esta celebración adelantada al domingo, pues los trabajos y obligaciones hacían inviable la celebración de esta onomástica en lunes 22 de noviembre.

La misa cantada en la iglesia mayor fue un derroche de notas, emociones y pasión. He estado en más de una ocasión cerca de la coral mientras cantaban en algunos de los lugares donde se les pide intervenir. Su director parece una persona de carácter jovial influyendo al grupo, enérgico, emocional, acompañado con la variedad de voces que domina, sorprendiéndonos como solista o en duetos, en el primer concierto lírico de la capilla de la Barquera. Se mueve casi en cada nota por completo, su piel distribuye en la cara pequeños gestos que levantan o acarician los cambios en el canto, se asientan alegros impulsados al cielo o quizá moderatos que inundan a sus componentes..

Dejando la piel y garganta,

Se arman, se mecen,

se mudan las caras,

se mueven danzando,

se acercan y empapan

de sones, de notas,

se miman de veras cantando,

sintiendo, aplicando el solfeo,

barítonos, rosas,

quizá contraltos que están en los cielos

buscando los mantos y cubren la boca,

se cierran las cuerdas vocales

en grupos de escalas menores,

sostienen bemoles y octavas,

canciones y mil semitonos,

se viven, se acercan tenores,

y los que cantaron

se juntan, se adosan

y estiran sus cuerpos,

se inclinan, se miman,

y en Pedro reposan.

Un grupo unido de tal manera integrados en una borla suave de pasión musical, dejándose llevar ellos y yo, apasionante vivir la musicalidad de la vida en esa manera delirante, una vez se ha vivido, quedan marcados por ese aura melodiosa; muchos de los invitados eran parte de los componentes que inauguraron esta coral, allá por el año 1.983, con un repertorio de 47 canciones al mando de otro Pedro, Guerra; veo una fotografía con alrededor de 60 coralistas; se estrenaron en un entierro.

Alguno de ellos me dice que tiene guardados todos los programas de los “Certámenes de la canción marinera”; está colgado y enmarcado un cartel de la primera que se celebró el 9 de agosto de 1964, (por cierto que es el año de las imágenes de la Folia que veremos el día 27). Está representado por una sirena sobre la peña el “Zapatu” y el puente de la Maza, otros cuadros de fotos rememorando conciertos o colaboraciones en otras provincias, detalles de agradecimientos y premios, muchos, de todo tipo y condición.

Dijeron que los principios fueron difíciles, el mismo local donde se canta hoy en día fue el utilizado entonces, reducido y bajo viviendas, esto obligó para aislar sus voces en los ensayos, a clavar hueveras, ese material aísla del sonido y fueron muchas las carcasas en el techo. Otra situación anómala eran los ensayos, se repartían por voces y ensayaban donde las religiosa vecinas, en escaleras para poder colocarse en modo y manera similares al coro, en lugares fríos o calurosos dependiendo de la temporada, juntándose después en algún otro local prestado para hacer conjunción de todas ellas, tiempos que dieron a ese esfuerzo una unión más apretada.

Uno de los miembros fundadores tiene un álbum de fotografías y recortes de periódicos del primer año y sus 52 actuaciones. Otro componente tiene encuadernadas las partituras de los todos certámenes.

De pronto se oye la jota ¡Viva Aragón!, gozan cantando y los demás, escuchando escalofriados hasta los tuétanos.

Ahora son menos cantidad pero la unión y bonanza del grupo, parece estar lograda de igual manera porque en otras lides andan metidos, quizá se les aprecia poco y sin embargo este coro está consiguiendo a pesar de ser pocos miembros, calidad y repertorio.

Nadie podrá poner en tela de juicio su interés, sus lazos de unión, esa pasión que para sí quisieran Romeo y Julieta -en este caso musical-, perdura y se nota en todas las actuaciones.

De pronto se junta una parte de ellos, casi sin probar aquellos tentempiés deliciosos, acordes con el ambiente, y comienzan unos sones, elevan al techo unas voces preñadas del placer en esa afición, se acallan las charlas y hasta cesa el masticar placentero. Se llena el silencio de notas que embargan y rebotan en el local, estremecen y las pieles se encogen entre vellos atiesados, la mente se escapa en aquellos coros emergiendo de bocas que laten llenando pechos y movidos por corazones repletos de esencias en las voces, el director toma su puesto y consigue llevarlos con la fuerza de siempre, con gestos mímicos que saben recoger y casi sacarlas de las cuerdas vocales, a veces con mimos y otras bestiales, ya sea ante el público o como en esta ocasión por el gusto de cantar. Parece estar cavando en sus gargantas, los dedos simulan retorcimientos o sacacorchos dominando las notas.

Castañuelas, panderetas y sobre todo entusiasmo por el canto coral, desde la dirección de un estudioso y estudiado director, sabiendo educar y conseguir en cada uno, las notas adecuadas y tempo apropiado, leer pentagramas, armoniosos, melódicos y conjuntados, atrayendo a nuevos componentes muy jóvenes, renovándose también en edad.

Apetezco sus voces, su amistad, el ambiente que allí se palpa de sosiego, en definitiva, el compartir, quizá necesitemos valorar su trabajo; son de la tierra, nuestros y son buenos en ese quehacer.

Como siempre que estoy cerca de ellos, siento salir de ese entorno agradable, está claro que estoy influida por mi amiga musical, pero todo lo observado está fuera de ese influjo amistoso. Lo vivía antes, ahora con el interés crecido por la amistad más que musical.

Hubiera pedido otra canción, otra hora allí metida, un aplauso inmenso y sonoro, por si alguien creyera que no se lo merecen.


Ángeles Sánchez Gandarillas ©
San Vte. de la Barquera
22 de noviembre de 2010

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