No te quepa la menor duda, la Navidad tiene también otras cosas además del turrón. Me recuerdo de cuando era crío ver a mi madre como ponía a hervir aquella leche recién ordeñada, y que era lo suficiente espesa como para dejarte el labio superior con un bigote blanco cuando arrimabas el morro a ella, y nos parecía delicioso ese olor a vaca que ahora nos da nauseas a todos.
La leche la traía mi padre de la cuadra en un caldero de cinc con cuatro dedos de espuma y sobre ella media docena de hierbas secas desprendidas del techo del pajar mientras ordeñaba. Detrás de él venían dos gatos famélicos que en cuanto te descuidabas metían las barbas en el cubo, y ponían en vertiginoso movimiento aquellas lenguas que en dos segundos fabricaban un hoyo de golf en la blanca espuma.
En la leche que cocía en un gran perol de porcelana roja metía ella la corteza de dos limones finamente lograda, y un par de trozos grandes de perfumada canela en rama. Y en tanto empezaba a hervir partía rebanadas de una barra grande de pan de gallofa comprado de estraperlo.
Sobe los azulejos blancos del fogón estaba una escudilla grande de barro, con media docena de huevos recién batidos, y volando en torno a ella cuatro o cinco moscas venidas de la cuadra cercana que había que espantar constantemente con gestos de la mano.
Los huevos rojos y gordos como puños llegaron a la cocina aquella misma mañana del gallinero que había en la huerta frente a la casa. Nunca supe porqué, lo mismo las gallinas pedresas que las blancas o las rojas de destellantes brillos metálicos, tenían que cacarear como locas cada vez que traían un huevo a este mundo. Con ellas teníamos un gallo de pecho henchido, altivo y conquistador que traía por la calle de la amargura a tanta gallina como allí había, y yo le admiraba, creo que porque en el fondo envidiaba aquellos lances amorosos continuos y renovados, de los que el ufano gallo nunca pareció cansarse.
La fabricación de la mantequilla era todo un rito. La leche ordeñada en las mañanas siempre fue para vender, pero la del ordeño de las tardes era para el consumo de casa. Cada noche se cocía, esto es, se ponía a hervir en un gran perol y en cuanto se iniciaba la ebullición, justamente en el momento en que iba a derramarse, se retiraba del fuego y se le añadía una pizca de sal. Entonces se trasladaba a la fresquera que estaba en un ángulo de aquella cocina inmensa, y después de reposar toda la noche, a la mañana siguiente con una espumadera se recogía con mimo la gruesa manta de nata que se había formado en la superficie. Esta nata se guardaba en un recipiente sobre la de la noche anterior, y la otra, y la otra… Cuando se habían almacenado un par de litros se pasaban a una olla de cuello alto y se comenzaba a batir pacientemente con un palo. Cuando el brazo ya sentía dolor de tanto mover las natas siempre en el mismo sentido, empezaba a desprenderse el suero de la grasa, haciéndose esta más compacta a cada vuelta. Se recogía el suero para alimento de cerdos y se seguía batiendo al tiempo que se iba añadiendo agua para el buen lavado de la mantequilla que ya era compacta y había adquirido tonos marfileños que invitaban a untar en pan con azúcar.
El azúcar. Dios mío, el azúcar. Se fue almacenando de cien en cien gramos en un cartucho de papel de estraza que estaba guardado desde el último racionamiento de garbanzos, y que sólo se abrió hasta aquél día en contadas ocasiones para endulzar algún café de compromiso. Pero hoy no, hoy no se iba a escatimar, porque este era su fin.
Ahora, cuando todos los ingredientes estaban sobre el fogón de la cocina, vertía mi madre la mitad del azúcar sobre la leche aún caliente y con la única espumadera que había en la casa revolvía suavemente. Después retiraba el limón y los palos de canela para ir introduciendo las rebanadas de pan que no retiraba hasta comprobar que estaban perfectamente empapadas.
No escatimaba tampoco mantequilla en la sartén de hierro. Cuando esta empezaba a fundirse, el agradable olor que inundaba con rapidez toda la cocina soliviantaba los jugos gástricos de nuestros estómagos. Era el momento de sacar las rebanadas de pan de la leche confitada, dejarlas escurrir un momento y bañarlas en los huevos batidos para ser llevadas a la sartén. El aroma del ambiente se hacía entonces más apetitoso, y la cocinera concentraba toda su atención en que el punto de fritura fuera justo. Ni poco, que la pieza pudiera soltar sus jugos internos, ni mucho que presentara puntillas quemadas a su alrededor.
Sobre una fuente enorme y plana iba colocando las “tostás”. (Así se llamaron siempre en mi pueblo las torrijas.)A medida que colocaba unas a la derecha de la fuente y otras a la izquierda, derramaba más azúcar sobre las primeras en tanto que sobre las segundas ponía en cada una, una cucharada de miel sacada de aquellos panales brillantes como el ámbar que dos meses antes le regalara Vicente Cofiño, nuestro vecino de siempre, con lo que conseguía “tostás” de dos sabores distintos.
Me gusta mucho el turrón. Pero para mí, una cena de Nochebuena no acaba de ser completa si en los postres faltan las entrañables “tostás” caseras.
Jesús González ©
La leche la traía mi padre de la cuadra en un caldero de cinc con cuatro dedos de espuma y sobre ella media docena de hierbas secas desprendidas del techo del pajar mientras ordeñaba. Detrás de él venían dos gatos famélicos que en cuanto te descuidabas metían las barbas en el cubo, y ponían en vertiginoso movimiento aquellas lenguas que en dos segundos fabricaban un hoyo de golf en la blanca espuma.
En la leche que cocía en un gran perol de porcelana roja metía ella la corteza de dos limones finamente lograda, y un par de trozos grandes de perfumada canela en rama. Y en tanto empezaba a hervir partía rebanadas de una barra grande de pan de gallofa comprado de estraperlo.
Sobe los azulejos blancos del fogón estaba una escudilla grande de barro, con media docena de huevos recién batidos, y volando en torno a ella cuatro o cinco moscas venidas de la cuadra cercana que había que espantar constantemente con gestos de la mano.
Los huevos rojos y gordos como puños llegaron a la cocina aquella misma mañana del gallinero que había en la huerta frente a la casa. Nunca supe porqué, lo mismo las gallinas pedresas que las blancas o las rojas de destellantes brillos metálicos, tenían que cacarear como locas cada vez que traían un huevo a este mundo. Con ellas teníamos un gallo de pecho henchido, altivo y conquistador que traía por la calle de la amargura a tanta gallina como allí había, y yo le admiraba, creo que porque en el fondo envidiaba aquellos lances amorosos continuos y renovados, de los que el ufano gallo nunca pareció cansarse.
La fabricación de la mantequilla era todo un rito. La leche ordeñada en las mañanas siempre fue para vender, pero la del ordeño de las tardes era para el consumo de casa. Cada noche se cocía, esto es, se ponía a hervir en un gran perol y en cuanto se iniciaba la ebullición, justamente en el momento en que iba a derramarse, se retiraba del fuego y se le añadía una pizca de sal. Entonces se trasladaba a la fresquera que estaba en un ángulo de aquella cocina inmensa, y después de reposar toda la noche, a la mañana siguiente con una espumadera se recogía con mimo la gruesa manta de nata que se había formado en la superficie. Esta nata se guardaba en un recipiente sobre la de la noche anterior, y la otra, y la otra… Cuando se habían almacenado un par de litros se pasaban a una olla de cuello alto y se comenzaba a batir pacientemente con un palo. Cuando el brazo ya sentía dolor de tanto mover las natas siempre en el mismo sentido, empezaba a desprenderse el suero de la grasa, haciéndose esta más compacta a cada vuelta. Se recogía el suero para alimento de cerdos y se seguía batiendo al tiempo que se iba añadiendo agua para el buen lavado de la mantequilla que ya era compacta y había adquirido tonos marfileños que invitaban a untar en pan con azúcar.
El azúcar. Dios mío, el azúcar. Se fue almacenando de cien en cien gramos en un cartucho de papel de estraza que estaba guardado desde el último racionamiento de garbanzos, y que sólo se abrió hasta aquél día en contadas ocasiones para endulzar algún café de compromiso. Pero hoy no, hoy no se iba a escatimar, porque este era su fin.
Ahora, cuando todos los ingredientes estaban sobre el fogón de la cocina, vertía mi madre la mitad del azúcar sobre la leche aún caliente y con la única espumadera que había en la casa revolvía suavemente. Después retiraba el limón y los palos de canela para ir introduciendo las rebanadas de pan que no retiraba hasta comprobar que estaban perfectamente empapadas.
No escatimaba tampoco mantequilla en la sartén de hierro. Cuando esta empezaba a fundirse, el agradable olor que inundaba con rapidez toda la cocina soliviantaba los jugos gástricos de nuestros estómagos. Era el momento de sacar las rebanadas de pan de la leche confitada, dejarlas escurrir un momento y bañarlas en los huevos batidos para ser llevadas a la sartén. El aroma del ambiente se hacía entonces más apetitoso, y la cocinera concentraba toda su atención en que el punto de fritura fuera justo. Ni poco, que la pieza pudiera soltar sus jugos internos, ni mucho que presentara puntillas quemadas a su alrededor.
Sobre una fuente enorme y plana iba colocando las “tostás”. (Así se llamaron siempre en mi pueblo las torrijas.)A medida que colocaba unas a la derecha de la fuente y otras a la izquierda, derramaba más azúcar sobre las primeras en tanto que sobre las segundas ponía en cada una, una cucharada de miel sacada de aquellos panales brillantes como el ámbar que dos meses antes le regalara Vicente Cofiño, nuestro vecino de siempre, con lo que conseguía “tostás” de dos sabores distintos.
Me gusta mucho el turrón. Pero para mí, una cena de Nochebuena no acaba de ser completa si en los postres faltan las entrañables “tostás” caseras.
Jesús González ©
04/12/2010
1 comentario:
No hay mejor postre que las torrijas y tus escritos, sabrosas las unas y jugosos los otros, fijate, hasta la Navidad me pone otra cara gracias a ese dulce y añorante escrito. Abrazo. Lns
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