martes, 14 de diciembre de 2010

ENVENENAMIENTO

Llevaba tres meses padeciendo una intoxicación estudiada analíticamente. Comenzó con síntomas extraños, primero se produjo un adelgazamiento paulatino, la falta de apetito y sueño, algo de inquietud sumado a una ligera arritmia cardiaca. Al principio pasó desapercibido, es más, se achacó al tiempo, a un alimento, etc.

Pasando el tiempo fue acrecentándose, los efectos eran evidentes, la intranquilidad se incrementaba, reflejándose en la cara. La palidez enmarcaba unas ojeras hundidas y oscuras, el aspecto pasó a ser entristecido y la delgadez notoria. El carácter decaía con cierta pesadumbre, encorvó un poco su cuerpo a pesar de ser una persona alegre, positiva y activa.

Cada vez aumentaba el insomnio y el apetito decrecía por momentos; las amistades y familia se preocuparon y se alarmaron un poco.

Concertó una consulta médica; explicó los detalles y revisando su cuerpo exteriormente, se hizo una analítica. Los resultados indicaron alteraciones, parece ser que se trataba, tras la revisión general, de un tipo de intoxicación; ella pudo ser debido a una medicación o algún alimento que desarrolló ese efecto nocivo.

Al fin encontraron qué originaba este perjuicio, esa buena noticia quedó ensombrecida al saber que no hay un antídoto eficaz. El único tratamiento recomendado fue únicamente salir y tomar el aire, hasta encontrar la manera de atajarlo.

Cada vez su corazón se descontrolaba con más facilidad; evitaba también los contactos familiares y los amigos, encerrándose en si mismo y buscando lugares solitarios. Sus insomnios se hacían extensos y las tres horas de sueño iban menguando, la comida era mínima y despreciaba hasta lo que le agradó antes. Se refugiaba en los miradores al mar, ese mar que acompañó su vida. Compañero de alegrías, de admiración en esas mareas a pleamar y el tormentoso oleaje invernal. El sonido llegaba a su mente rompiendo su melancolía, oliendo el salobre aroma que recorría las solitarias playas, tan vacías como su alma o su cuerpo, no era consciente de decidir en cual de ellas habitaba más la soledad.

El aislamiento acompañado por el aire fresco, originó la posibilidad de recapacitar, definitivamente tendría que hablar claro, era lo mejor para todos, quizá ayudaría a sobrellevar la situación, incluso al despejarse anímicamente podría ayudar a mejorar todo su organismo. Quedaba una opción por probar sabiendo qué lo producía, tomar de lo mismo para hacer efecto de choque, quizá eso produjera una curación, total envenenado estaba ya. El corazón parecía una máquina vieja y ruidosa, su respiración angustiaba y su aspecto tenía un color azulado.

Era el único método que quedaba por probar, experimentar incluso antes que abandonar la vida; a pesar de todo tenía las mismas ansias de vivir de siempre, seguía siendo la misma persona positiva y luchadora, aunque ahora tenía un agotamiento constante.

Y así lo hizo, bebió del mismísimo cáliz.

Se habían citado por teléfono para hablar.

La dijo que la quería, que no podía vivir sin ella.

Mientras su corazón cabalgaba sobre tierra volcánica, su estómago se encogía solamente por verla de nuevo, tan solo quería compartir algo de su vida, un poco nada más. Saber si estos sentimientos eran compartidos. Al levantar la mirada, ella estaba con los ojos muy abiertos y con cierta palidez. Comenzó a despedirse, lamentaba haberla molestado.

Su alma pesaba, pesaba tanto que no podía dar un paso, el aire le quemaba entrando por las ventanillas hasta la nariz y notaba hiel en su garganta, su cuerpo era una percha donde ya colgaban las pieles abandonadas, una desesperación que apretaba su espalda, le dolía todo, se abrasaba sin fin en las sienes, en las manos, su cerebro se expandía con fuerza y chocaba dolorosamente contra los huesos. Esperaba a que ella se fuera, que se alejara ya. Pero no sucedía, permanecía a su lado sin una palabra, sin gestos, tan sólo sus ojos enrojecidos por el aire brillaban y titilaban como luceros, sería una imagen a recordar.

De pronto, se acercó más y le acarició la mejilla suavemente. Recibir aquella caricia hizo que su ser se convulsionara, como si estuviera envenenado por un vaso puro de arsénico, el estómago pareció incendiarse, su cabeza comenzó a girar y al sentir el tenue abrazo, creyó que su vida partía en busca del horizonte mortal. Pero no, aún vivió.

Quietos, unidos en ese delicado mimo, sedados por los impulsos amorosos, con los latidos de ambos corazones atravesando las venas en las sienes de uno y otro, pareciendo reventar ante aquel bombeo desenfrenado.

¿Cuánto tiempo estuvieron allí parados, cuánto?

En un momento dado, se oyó un te quiero quedo, tembloroso, bautizado con unas lágrimas ardientes que recién nacidas y silenciosas, emprendían un recorrido lento, creando surcos que eran interrumpidos en su caer por el contacto de las mejillas. Ella apartó la cara, restañó ese leve sollozo y besó sus ojos húmedos.


Esta historia hubiera acabado bien de todas las formas, aunque la respuesta hubiera sido negativa, la única manera de curarse era averiguar si era principio o fin; guardarse dentro ese sentimiento es insano, siempre hay que liberarlo, es cuestión de supervivencia y seguir con el día a día. ¡El amor compartido; gran cosa si señor!

El amor, veneno y antídoto, sentimiento increíble que puede con todo y con todos, la pasión que nace de éste ha de salir, de no ser así, rompe la salud.


Ángeles Sánchez Gandarillas ©
San Vte. de la Barquera
13 -XII-2010

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Una historia muy bien contada. Dolo

Anónimo dijo...

Antídoto maravilloso
un poquito de amor
mezclado con pasión
y unas gotas de ternura