martes, 21 de diciembre de 2010

CONCIERTO EN EL OLIMPO DE LA FRAGILIDAD

En las instalaciones dedicadas a la atención especializada a personas mayores o dependientes, se desarrolló la actuación del grupo de la academia de música sito en la Barquera. Tengo la convicción de que, a medida que necesitamos más atención nuestra sensibilidad retorna a la época de la niñez, toda esto estaba flotando en el ambiente de aquel salón. La acústica resultó bastante buena.

Alegres colores pastel de las paredes, una claraboya inmensa que reparte la luz natural por todo ese habitáculo, rodeado de ventanales para reclamar la vitalidad de la irradiación del sol, vimos prendidas en ellos letras enormes de feliz Navidad y próspero año nuevo, sobre una mesa una exposición de tarjetas navideñas alegres perfectamente trabajadas, adornos brillantes que daban marco a estas fiestas de la natividad.

Había además de los residentes, muchísimas personas que decidieron disfrutar de este pequeño acontecimiento. Se veían el ir y venir ajetreado de los sanitarios colocando sillas incesantemente, además del acomodo de los pacientes habituales.

Los jóvenes músicos estaban impacientes pero en sus lugares para la actuación. Lo acusaban sus movimientos de cabeza y en sus manos, los dedos inquietos intentaban doblegar sus nervios, la música ambiente de la canción de Navidad rusa, tenía relajados a los nueve concertistas, oscilaba sus edades entre los ocho y quince años.

La profesora organizaba los últimos toques, repartiendo partituras, tranquilizando, templando y afinando instrumentos. En sus manos las cuerdas de las guitarras eran mimadas más que tocadas, buscaba la escala en una caricia inmensa, delicada, donde cualquiera se sentiría querido y mimado; su cara relajada y sonriente, demostraba el entusiasmo y quizá el apasionamiento por ese arte musical.

Ocupaba su ven y vete en actitud práctica, aprovechando cada movimiento, nada de perder un segundo ni un milímetro, incluso el suelo le sirvió para escribir un programa del acto. Todo ello con gran elasticidad y movimientos distendidos y delicados. Los instrumentos ya en su lugar, los atriles minimizados a medida de los más pequeños, el glockensfiel, las guitarras, el piano, los elementos de viento, el violonchelo en los que quizá escucháramos legatos o la oportunidad de algún pizzicato o el violín, a la espera del arco para frotar las cuerdas con su cinta o hilo hecha de crines de caballo; sí, se oirían bellas melodías.

Entre los allí presentes, estaban los padres o amigos que se dedicaría al trabajo amateur de reporteros gráficos, fotográficos y de video, con lo que no se carecía de nada.

Se hace la presentación de este acto o momento musical. Aplausos.

La preciosa bagatela de Para Elisa, llevada al piano con acierto, dio comienzo al placer de observar a todos, ensimismados y casi adormecidos al ritmo de esta pieza de Beethoven.

Nos deleitaron seguidamente con un dúo de flauta travesera y dulce del autor barroco Boismortier, donde se advertía la época del siglo XVII, con románticos sones y ensoñación irreal, una manera de vivir ya en el olvido. Interpretada por profesora y alumno, se apreció en él su dominio y en ella, su pasión y amor a la música.

Llegó la hora de disfrutar de lo lindo con la obra contemporánea Transformer al piano solista. Impresionan los cambios musicales, desde la dureza que deja implícita los robots, dulcificado casi en el acto por la sentimentalidad de los protagonistas humanos, enamoramientos, con estremecedoras compases mostrando las batallas o enfrentamientos, mudadas de nuevo en notas de pasiones humanas; “hacker”, “autobots”, “decepticons”, familia; un devenir de situaciones que el joven pianista evidenció con sus dedos prodigiosos.

Otra pieza en orquesta, dirigida o casi guiada de la mano por la profesora, interpretando la Música acuática de Haéndel, un gran viaje a través del agua, tropezando caballitos marinos, el oleaje del mar, calamares danzantes, y esa paz que siempre acoge mirando el mar. Se apreciaba el dominio de todos los instrumentos por los alumnos.

En la 7ª obra interpretada, River Flows, melodía que lleva al romanticismo, amor por los cuatro costados de las notas. Esa música traslada al sonido del agua manando mansamente en leve cascada, el sueño reparador y tranquilo en el prado acompañado de un atardecer templado. Un estremecimiento que lleva a la felicidad o a entornar los ojos a la vez que se escucha el suave final.

A la escucha de Zelda en forma orquestal, al poco, una espectadora bebé se arrancó a bailar casi flotando, llevada de aquella música vaporosa en aquel entorno de la ya tenue luz natural; daba la sensación de que la niña se había transformado en un ave o mariposa con delicados movimientos y aleteando sus brazos.

Una pieza de música celta con el titulo de la Danza del oso; la siguiente fue un vals de Chopin, dejaban de manifiesto la buena sonoridad y audición, a pesar de algunos murmullos.

Dejaron para el final una interpretación vocal de un villancico, Cancion de Navidad Rusa, deja patente la educación a todos los niveles, incluso con nuestro instrumento más natural, nuestra voz. Se llenó el local del dulce y claro canto, en voces que llenan de naciente vida.

Los niños fueron obsequiados con un adorno manufacturado por los residentes, delicado y oportuno para estas fechas navideñas.

Una tarde diferente, donde el disfrute se generalizó y lo demostraban las caras de todos los presentes, incluso de aquellos que dormitaron entre las agradables notas que dejaron los jóvenes intérpretes.

Sí, música en un cielo de sensibilidad.


Ángeles Sánchez Gandarillas ©
San Vte. de la Barquera
16 de diciembre de 2010

1 comentario:

lunilla dijo...

Tus letras, un cielo de armonìosas y sonoras letras, que resaltan en esta semana Navideña.

Gcs Lines.