lunes, 6 de febrero de 2012

EL HADA DE LOS CUENTOS.


El hada de los cuentos vivía en lo más alto de la más alta torre de la montaña más grande del reino. Tenía el cabello negro como una noche sin luna y los dientes blancos y brillantes enmarcados por una perpetua sonrisa.

El hada de los cuentos tenía un don mágico: con sólo mirar a los ojos a la gente, sabía qué historia podía enamorarles, hacerles llorar o reír a carcajadas. Por ello, los niños de todos los lugares acudían a ella para recibir sus relatos y los mercaderes más afamados le obsequiaban con libros de los siete continentes.

Todo el mundo era bien recibido allí donde vivía el hada de los cuentos. Sólo existía una norma: siempre había que hablar en voz muy baja porque las miles de fábulas que dormían en las estanterías de madera que llegaban hasta el cielo, tenían el sueño muy ligero y podían salir volando en desbandada al menor ruido intenso. Y, aunque el hada era paciente y bondadosa, quien desobedecía esta sencilla regla sufría severos castigos.

Pero un buen día, cuando los primeros niños acudieron en busca de su magia, se encontraron con un cartel que anunciaba que el hada había tenido que acudir en ayuda de un lejano país en el que necesitaban de su poder y en el que sería coronada reina. Todas las gentes del lugar lloraron su marcha, felices, sabiendo que su querida amiga al fin ocuparía su lugar.

Tus niños grandes también te echarán de menos, aunque nos alegremos enormemente por ti.

María Escobio ©
Enero 2012

1 comentario:

María dijo...

¡Qué regalo, María! ¡Qué bonito! No dejes de escribir, porque... ¡qué bien los haces!
Un beso muy grande