viernes, 2 de diciembre de 2011

ENCUENTRO.


Tenía 85 años, no conseguía quedarse tranquilo en un solo lugar. Caminaba de un lado a otro buscando sitio donde estar. Cada objeto que observaba, cada voz, cada sonrisa le recordaba su sonrisa, esa sonrisa apurada y vergonzosa pero a la vez divertida, reflejada en su brillante mirada, esa sonrisa, la misma que lo dejó una inesperada mañana sin tan siquiera un adiós.

Una noche fría con ese frio caribeño que es más bien ausencia de calo. De camino de la escuela veía a la gente con sus sombrillas, por que parecía que iba a llover y con las manos cruzadas y pegadas a la espalda, porque era raro que en pleno junio hiciera esa temperatura tan buena. Yo solo pensaba que era demasiado tarde para llegar a casa tomando en cuenta que los abuelos estaban allí y que la cantaleta de “Julio Julita” como llamaban a mi abuelo iba a ser mínimo de media hora:

-Quiejádicho que tú, una muchachita, tiende que andá andando por la calle a estashorases de la noche. Aonde se ha vito que una señorita ande andando por las calles por la noche….¡Majiiina dile algoooo!

Por el camino tal y como la cantaleta del abuelo, me daba cuenta de lo peligroso que era, pero no me preocupaba, nunca me había pasado nada y no creía que me iba a pasar. Yo creo que sí que llevo un santo, que como bromeaba con mi madre cuando me despedía, (vaya con Dios y con todos los santos que le acompañeeen), creo que sí, que llevaba los santos, pero que se paguen ellos el autobús que yo lo llevo justo. Esa noche llegue como siempre en un minibús, consiguiendo sentarme en la parte delantera, de copiloto del chofer, para sentirme más segura; al llegar al destino final crucé la calle, saludé como siempre al seguridad que cuidaba los almacenes de la esquina, en el colmadón saludé a los muchachos que estaban tomando bebidas alcohólicas y les hice ademanes de que no tenía nada que darles, (a esos tigres acostumbro a darles uno o dos pesos, porque para ir de noche por la calle debes estar ¨fria¨ con quien te puede hacer daño), pasé frente a la casa de mi suegra platónica doña Teresa, ella estaba enamorada de mi para que yo me casase con su hijo menor, ella y solo ella aguardaba cociendo como Penélope hasta que llegase ese amor, cocía hasta tarde seguramente trabajos que debía entregar al siguiente día y me admiraba porque yo trabajaba y estudiaba mucho, tanto me admiraba que decía necesitar una nuera como yo. Seguí caminando y al tocar la puerta de mi casa me abrió, como me esperaba, mi madre; di los dos pasos esperando escuchar el gruñir de mi abuelo, en cambio solo me tocó el secreteo de mi madre alertándome que haga silencio que el abuelo se había ido a dormir a casa de tío cuco y abuela ya dormía porque mañana tempranito tenía que llevarla al médico.

Hoy todavía mi oídos se estremecen, estalla su voz, esos gritos de desesperación retumban una y otra vez como si el tiempo se hubiera detenido en ese mismo lugar.

-Ay Dios mío yo no debí haberme ido, -sollozaba mi abuelo- no debí dejarla sola se repetía una y otra vez.

En ese momento yo no hacía otra cosa que pensar en ese extraño sueño. Esa noche mi madre me puso un colchón en el piso para que no molestara a mi abuela que ya dormía y en la mañana después de soñar que alguien me perseguía y que yo lloraba atrapada al final de un camino, mi abuela me despertó abruptamente unos minutos antes de dejarnos para decirme una sola cosa. “No quisiste dormir conmigo anoche ¿me cogiste miedo?”. Me desperté asustada, todavía me aterroriza verme corriendo por aquella calle perseguida, hostigada y sin un alma salvadora, pero era solo un sueño y al ver esa sonrisa burlona de abuelita de cuentos sonreí remoloneé y me di la vuelta para arroparme y seguir durmiendo. Poco después, nunca supe diferenciar si continué soñando, si los gritos de mi sueño se confundieron con los de la realidad, o si por el contrario no soñé mas y solo escuché los gritos de mi madre lo único que sé es que esa mañana se apagó el más grande amor que he conocido en toda mi vida.

Abuelo se había sentido mal en varias ocasiones, le habían hecho análisis de la próstata de la presión, ya no veía bien y estaba muy cansado. Muchas veces tuvo que venir del campo a la ciudad para que lo llevaran al médico. Mi abuela en cambio tenía lo que tenía, de niña había sido muy ñoña, tenía asma y se le bajaba la presión. Siempre estaba todo el mundo pendiente de que tuviera su medicina, no le gustaba el aceite de soya y teníamos especificaciones para todo: sus aceites, cremas, jabones y demás debían ser de una marca o tipo determinado. Ella casi nunca necesitó salirse de su rutina para visitar al médico, siempre era él, que por una razón u otra habría de hacerle chequeos y análisis de rutina, siempre que vino a nuestra casa, ella también venía porque si su marido estaba enfermo ella debía cuidar de él. Esta vez era ella la que se sentía mal y él no iba a ser la excepción, preparó su bulto con su ropa, sus toalla y sábanas, (como si en mi casa y en toda la ciudad no habrían las suficientes, que mis abuelos tenían que traer sus propias toallas y sábanas desde el campo), así “Julio Julita” con su sombrero y su pipa se dispuso a acompañar a su viejita.

Así eran ellos siempre, pendientes uno del otro; recuerdo como le acariciaba su pelo, como la sentaba en su pierna y le besaba aferrándose a su cintura con temor, como si se tratara de un adolescente, como si se tratase de su primera vez. Recuerdo una tarde pasó por mi casa “SiempreAlegre” un vendedor callejero con un altoparlante decorado de colorines, un gran sombrero con la mercancía pequeña pegada sobre él y unas enormes gafas al estilo Marilyn Monroe, aquel señor pocas veces mencionaba lo que llevaba por el altoparlante sino que hacia cuentos coloraos, se burlaba con chistes de la gente y piropeaba a las damas de cualquier edad y color siempre y cuando le pareciera gracioso hacerlo, aquella tarde Siemprealegre tiró sus chinitas a mi abuela y el abuelo sin ninguna vergüenza salió a defender el honor de su dama, nunca en mi vida me habría imaginado a uno de mis abuelos en un acto de celos, aquella suspicacia sacó de sus entrañas tanta fuerza que lo hizo levantarse de su silla como un tornado para aclararle a aquel pintoresco señor que esa era la mujer con la cual él se habría consagrado de por vida.

-Ese médico es tan bueno, -decía el abuelo-, habla mucho tiempo conmigo, se preocupaba mucho de lo que yo pienso, de cómo me sentía, estaba tanto tiempo hablando conmigo.

Todos en casa pensábamos que tras un año de la muerte de abuela y después de tantas visitas al psiquiatra, el abuelo iba a estar tranquilo. Caminaba de un lado para otro con la mirada perdida, todo lo que se movía a su alrededor le molestaba, todo le parecía mal; nada de lo que hacían los demás estaba bien, no mencionaba a su difunta mujer de cualquier forma pero era explicito en todo lo que quería decir. Era incuestionable que le hacía falta su presencia.

Miguelina era una niña muy inteligente para su edad, recuerdo aquel día en que para obtener la atención de su madre le dio un tortazo en la cara, le apretó fuertemente la barbilla reprochándole:

–Es que no me haces caso, mami…hay un fuego debajo de la cama!

Esa fue una reacción de una niña de dos años. Acostumbraba a recostarse en la alfombra de cuero de vaca favorita de abuelo, mientras que él se fumaba una pipa a media tarde, ella no paraba de preguntar sobre las cosas de la vida. Eran cuatro niñas las que vivían allí, las hijas de mi tío José, sin embargo Migue la más pequeña era de las que le sacaba la babita a cualquiera. Poco tiempo después de que murió la abuela, mi primita Miguelina se veía desmejorada, ya hacía tiempo que se quejaba de dolor de cabeza sin que los padres cayeran en cuenta de que se trataba de un tumor. Paso mes tras mes después de la muerte de la abuela en un hospital recibiendo quimioterapia, aquella niña parecía un Ángel recostado envuelta en sábanas blancas y como si realmente supiera lo que pasaba se despedía de su madre, sonreía y comentaba que ella iba a estar bien, aquellos ojos saltones que tenia, sobresalían del contorno de su cara que se había secado aún más por la enfermedad, esos ojos brillaban tanto como si estuviese mirando muy de cerca las estrellas, Su rostro, aunque cansado, dibujaba una pequeña y delineada sonrisa. Había pasado menos de un año y “Julio Julita” no podría soportar que otro de sus amores le despida.

-Yo no me siento bien en esta casa, yo prefiero ir a la de Cuco, -(mi otro tío) y cuando estaba allí decía lo mismo:

-No me siento bien aquí, mejor me voy a casa de Majin…

Y así de un lado a otro hasta que después de muchos viajes al médico y de tantas conversaciones tomó una clara decisión.

-Ya me siento muy bien- dijo, -ese médico me ha dado una medicina muy buena. ¡Yo quiero volver a mi rancho!

Y a su rancho regresó. Allí parecía tranquilo, estaba calmado es como cuando a un niño le dices algo que no comprende y se lo repites y te dice que sí lo comprende, hasta que se le ilumina la mirada demostrando su descubrimiento. Así se veía él con la mirada iluminada como si ya había comprendido algo.

Yo no pude ir a verle por última vez, en aquel pueblo su cuerpo quedó para siempre al lado del cuerpo de su amada… me apena pensar que el amor termine así… que el vacío que dejan los amores se compense con un ramal. Tal vez él no pensó que era su fin, si no su encuentro. Y no lo sabemos a lo mejor se le dio… Ella seguramente le estaba esperando, con su pelo largo y gris cayendo por su espalda, probablemente en ese encuentro le lanzó esa sonrisa vergonzosa llena de ternura y de pasión. Estoy segura que fue así, que él se pudo encontrar con ella y pudo ser feliz ¡como lo era cuando yo lo conocí!

Kenia Araujo Pineda ©
Diciembre 2012

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