martes, 29 de noviembre de 2011

A PROPÓSITO DE LA IGLESIA.


No quería escribir acerca de la iglesia por todas las controversias que hay últimamente en cuanto a ella. Y es que a mí me enseñaron desde muy pequeña que con la iglesia no hay que meterse. El respeto a la religión es muy importante en mi familia y yo aunque no la siga a rajatabla, dentro de mi esta esa enseñanza; además con una hermana monja no me queda otro remedio que aprender las cosas buenas que tiene, y es que hasta mi marido que es receloso de este tema le llama a mi hermana Iglesia refiriéndose a ella y no como un lugar sino como lo que verdaderamente es una ideología.

La iglesia es para mí hoy más de lo que era ayer. Ayer solo era un sitio de fe, algo espantoso por aquello de que “Dios castiga” en el que los niños del catecismo tendríamos que rezar cuantas avemarías fuesen suficientes para salvar de nuestros pecados. Haber mentido o comer carne en viernes santo, no ir a la misa o decir una palabrota eran mis tormentos. A medida que fui creciendo, lo fue haciendo también conmigo esa idea de Dios. Era mucho más, la iglesia ya no era un lugar de fe, se convirtió para mí en un lugar de trabajo, bueno a la verdad es que el trabajo venia conjuntamente con la diversión que exige la juventud y para mis 16 años la diversión era la esencia de todas las cosas. Así que la iglesia se convierte en una actitud frente a la vida, arreglarlo todo. Jóvenes con ansias de cambiar el mundo se lanzan a las calles ya no a predicar, no estoy segura si era por la vergüenza de que nos escucharan rezando o si porque en realidad estábamos determinados a cambiar el mundo. Y en verdad lo cambiamos: Por aquellos tiempos, conquistamos muchas almas, limpiábamos las calles, hacíamos colectas con conciertos, representaciones y fiestas. Construimos una cancha al lado de la capilla a la cual iban muchos otros jóvenes, aquellos llamados por los más mayores descarriados que no sabían adónde ir. Cambiamos el mundo, hasta que el mundo nos empezó a cambiar a nosotros. Entonces la iglesia empezó a tener otro interés. La edad apunta que debemos mirarnos entre nosotros, a que nuestros cuerpos van tomando otras formas. Así que en ese momento ese era el interés de la iglesia. Gracias a mis inquietudes artísticas y a lo que aprendí allí pude presentarme a la audición de la escuela de arte dramático, a partir de ese momento y comportándome yo como una desagradecida pasé a un segundo y hasta a un décimo plano la idea de lo eclesiástico. En ese entonces la iglesia era historia como lo ha sido siempre, cada una con sus muros lleva una fascinante: las construidas en la época del descubrimiento como la Iglesia del Carmen o de las Mercedes la que además de recordar las visitas que le hiciesen los descubridores descendientes de Bartolomé Colon y allegados de aquellos Frailes “cristianizadores”. Las mismas que llevan a cuesta todas las peripecias que ha pasado aquel país para llegar al punto en el que se encuentra hoy. Si te acercas a esos muros de piedra también escucharás los poemas de los jóvenes que años tras años se sientan allí a conversar, a tontear y a construir el mundo. En sus callejones se esconden cánticos secretos, el sonido de un organillo, ilusiones de seres que se juntan y vuelcan la pasión por lo secreto sin más, la inquietud por el deseo. Eso es la iglesia: el lugar del miedo, el lugar de trabajo, muros llenos de historias, recuerdos no de tontos sino de tonteadores, al pensar en ella es como si no se tratara de lo que me pudieron haber enseñado o lo que pude haber aprendido sino más bien una parte de mi vida llena de recuerdos escamados que puede que ni siquiera encajen con el lugar. Hoy me reúno con tanta gente y escucho por los medios tantas controversias y tanto rechazo que me hace defender aún más lo que allí pude vivir.

Kenia Araujo ©
NOviembre 2011

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