lunes, 20 de septiembre de 2010

MIGUEL SOÑÓ…

(Trabajo presentado al Concurso de Relatos “ENTRE LA TIERRA Y EL MAR” del Ayuntamiento de San Vicente de la Barquera. El "texto" ha sido escrito por Ángeles Sánchez Gandarillas, la "encuadernación, diseño y ayuda en la corrección, corrió a cargo de Nieves Reigadas y como "colaboradora" en "El cantar de Miguel" y Juglar Flor Martínez Salces.)

I.

Habían acabado la batalla, y conseguido al fin la conquista de Sevilla, después de aproximadamente veinte meses de asedio. Miguel descansaba en las tiendas que vio en su villa, de pequeño, con las que soñó alguna vez ser dueño y de los caballos, escuderos y armas.

El cansancio le llevó a desear regresar a casa, donde los padres tenían una posesión inmensa. Como resultado de su negocio en la posada adquirieron infinidad de terrenos y casonas, construyeron un palacete e intentaban conseguir la condición de hidalguía.

Ahora soñaba con curar las heridas y descansar; aquella larga travesía desde las tres cuartas partes del Mar Cantábrico, rodeando Finisterre rumbo sur, costeando Portugal en su recorrido por el Océano Atlántico, hasta llegar a Sevilla. La guerra, la sed y algunas necesidades padecidas surcando los mares, embarcados en aquellas 26 naves procedentes de su villa, de las cuales, 13 de ellas eran chalupas; sumadas a la flota al mando del designado entonces como almirante, Ramón Bonifaz. Era un 3 de mayo de 1248; el 23 de noviembre de ese año, se rindió por fin el rey musulmán Axataf.

Este almirante fue quien con los dos buques más fuertes y con las proas aserradas, rompieron las cadenas de unión de La Torre del Oro a Triana y el puente de barcas. Culminando así el asedio y la conquista de la ciudad.

Se otorgó a San Bicent de la Barcera un escudo representando una nave, en el que figuraba una torre y las cadenas, conmemorando así esta conquista y la colaboración de la villa. Al terminar el retablo mayor de la futura iglesia, quedaría en el mismo, a la derecha del escudo de Castilla, ambos flanqueando sus esquinas más altas.

Corría el año 1237, la posada “Estella Maris” está a rebosar. Se perciben conversaciones y risas quizás un poco extremadas. El dueño se llama Benigno, su esposa y cocinera Aldonza, tienen un hijo inquieto y travieso llamado Miguel. Un muchacho de 10 años, los mismos con los que reinó Enrique I, hijo de Alfonso VIII.

Miguel, tan pronto quiere ser comandante de chalupa en guerras interminables, como subordinado del caballero castellano El Cid Campeador difunto desde 1099 del que decían que ganó una batalla ya muerto y a lomos de su caballo Babieca, en "El Cantar de Mio Cid", narrado por juglares viajeros, acompañados de la música de sus rabeles de clavijero retorcido. Ellos transportaban las noticias en forma rimada y poseían una memoria sorprendente, las cuales embelesan y trastornan la imaginación de Miguel.

Quería ser también el maestro constructor de la torre fortaleza de vigilancia, para ajusticiar desde su balcón o cadalso a los asesinos traidores a su rey Fernando III el Santo, -Una vez vio pasar, montado a caballo, a un reo que llevaba clavada la mano derecha a una tabla, y que después fue condenado por desobediencia, deudas y apropiación de terreno ajeno-.

Detrás de esta fortificación, están levantando las paredes, contrafuertes y entradas al futuro y grandioso templo, que tiene más de diez veces el tamaño del anterior, según dice su padre, que calcula muy bien.

Le pusieron el nombre de Miguel debido al precursor de tanta vida económica, llegada a la Villa de la mano del secretario y amigo del rey Alfonso VIII en 1210, y cuyo nombre era Miguel. Tenía el mandato de la instauración del fuero y el comienzo inmediato de las construcciones de la villa, empezando la muralla, el castillo y sus torres, con la iglesia y todo lo necesario para convertir a una población de los llamados “omes bajos”, pescadores en su mayoría, campesinos y oficios enlazados con estos, en casi una ciudad de 1500 habitantes. Por entonces Santander tenía unas 2000 almas.

Le contó el abuelo, que cuando los romanos conquistaron el lugar, la llamaron ”Evencia” y su “Portus Verasueca”, después “Porto Apleca” hasta llegar a su nombre actual “San Bicent de la Barcera”, como muestra el sello del concejo que validaba documentos oficiales. Él lo ha visto en el manuscrito del pago de la deuda de su abuelo.

Estaba interesado últimamente en subir a la torre fortificada con Tomás, que según los planes previstos, será convertida en el campanario de la gran iglesia que alzarán. Por la mañana de ese día, consiguieron que los guardianes y oteadores les llevaran hasta el alto de la torre militar.

Ésta podrá tener una altura, contando desde pleamar, de casi 7 cuerdas, (1 cuerda, 6,89 mts.); desde allí podía ver la mar tan lejos como para perderse en ella. Había agua por todos lados. Pensó que quizá se caería el mar por el horizonte. Hacía aire arriba, al principio sus pies le hormigueaban, le dolían las piernas de la tensión al subir por la mínima escalera que llevaba de una a otra altura, miraban por las troneras para ver el cambio del paisaje a medida que ascendían.

¡Era increíble!, se sentía alto y fuerte viendo a los hombres y niños desde aquel alto. Las gaviotas volaban tan cercanas, que veían perfectamente las patas estiradas hacia la cola para no estorbar su vuelo, los ojos penetrantes que conseguían divisar desde gran distancia cualquier pedazo comestible o lanzarse a la caza de algún pájaro que volara distraído, porque a pesar de su color blanco, son verdaderos depredadores y buitres inmaculados.

Levantaban el vuelo desde el río, unos patos de pico amarillo, con toda la cabeza verde, collar blanco y alas negras; una vez en el aire volaban en formación parecida a una uve, eran los que comía su abuelo muy a gusto de vez en cuando.

Las palomas torcaces, entre otras aves, tenían aquellos hierros -donde ahora se sujetaban- como aleros, en los arcos que sostenían las campanas de alerta y sobre los yugos en que estaban sostenidas, repletos de sus blanquecinas deyecciones, con abundancia de sus plumas por allí. Pensó que quizás habían subido cabras por el tamaño de lo que parecían otras excreciones depositadas. Eran de lechuzas que pernoctaban dentro del anteúltimo piso, las mejores cazadoras de roedores. Les dijo uno de los vigías que fue antes cetrero, que son regurgitaciones de los restos de huesos y pieles, eliminadas por la boca. Miguel dio un codazo a Tomás casi riéndose, ellos los veían en los atardeceres, dando vuelta casi por completo a su cabeza de ojos redondos y aquellos copetes inhiestos sobre los ojos.

Fue una mañana increíble, pudieron ver tejados, gentes, barrios, pueblos lejanos y los barcos enfilando hacia la bocana y luego al interior de la ría.

Pidió que le dejaran tocar para el aviso de arribada de los pesqueros, -un tañido con toque diferente al de arrebato, incendio, ataque o festividad-, tiró fuerte de la cuerda con el vigía, el martillo golpeó la parte externa de la campana rápida, pero menos audible que en otros repiques. Enseguida aparecieron a lomos de sus caballos los compradores, observaban el devenir de carros, mujeres y niños para el desembarco de pescados.

Vieron por la calzada a caminantes y carros cargando troncos, piedras, paja o vino, con el lento caminar de sus animales. Las dos rías estaban relucientes con la marea llena, un azul que le recordaba el resplandor del fuego que sale en llamaradas de la forja del herrero, le dijo en una ocasión que el color le daba la pista para saber la temperatura. Los carpinteros de ribera estaban retirándose pues la marea les empujaba hacía arriba.

Los amigos no deseaban bajar pero llegó el momento y dejaron atrás aquella sensación mezcla de vértigo y de curiosidad. Por su cabeza cruzó el pensamiento de volver a subir aquella noche, pero Tomás no quiso aventurarse.

Había entrado en un descuido por la tarde y se ocultó en el vano de las escaleras entre los juncos secos, al recoger los vigilantes algunos para hacer fuego y pasar la noche al abrigo del calor, lo pillaron. Su padre estaba enfadado y preocupado, no era la primera vez de sus tentativas de aventuras.

-Mañana ayudarás en la cocina a fregar platos y limpiar el pescado.

El chaval fruncía la nariz al pensar en el asco que le daba sacar las tripas de aquellos “bonitos” grandes y redondos, los cuales eran cortados en pedazos anchos y posados encima de un cazo bajo donde se asaban. Se untaban con aceite de oliva que en su camino a la exportación, embarcado hacia La Bretaña, dejaban de paso su encargo al mesonero. Se le añaden habas verdes y tiernas o unas hojas de berzas, que a él no le gustan nada, se les acompaña de castañas cocidas y peladas. Comerían al final una manzana cocinada con miel.


II.

Desde el momento de la concesión en 1210 -fue este el último fuero de la costa cántabra perteneciente a Castilla-, el padre del hoy dueño de la fonda, Eustaquio, previendo la llegada de todo tipo de personas, oficiales o maestros de diferentes oficios, mercaderes, marinos, soldados, además de estibadores, peones y picapedreros, decidió agrandarla y multiplicar su espacio por siete.

Consiguió el dinero gracias a un préstamo del Señor de Caviedes, que estaba en la categoría social de “omes ruanos”, a la sazón Regidor del Concejo. Contrató a Pablo, un cantero con oficio que acogió cuando enfermó, a la espera de sanar sus úlceras y escrófulas tuberculosas, según la sapiencia del médico árabe Averroes, traída por un curandero o médico que peregrinaba a Santiago. Le alimentó, compró el alcohol para la limpieza de las heridas y ungüentos varios que los médicos y sanitarios del hospital le proporcionaban en las visitas a domicilio.

Curado este maestro, firmaron contrato quedando en un determinado precio y tiempo. Comenzó el trabajo con un total de veinte ayudantes y varios aprendices, encargados de conseguir agua del pozo, pues estaba la posada cerca del hospital de La Misericordia. Ayudaban a lavar las ropas de los trabajadores, calentaban y traían sus comidas, limpiaban con agua y curaban las heridas de cortes causados por las piedras, cinceles o mazas, con emplastes de plantas.

Se encargaban de cepillar y alimentar a todos los animales que se necesitaban para tirar de carromatos o para el levantamiento por medio de grúas con poleas y cuerdas, de piedras, maderas en los astilleros o grandes cargas de comestibles en los traslados. Estos muchachos aprendían el oficio y hasta entonces dependiendo de su inteligencia o habilidad, daban en ser maestros u oficiales de otros o como simples obreros experimentados. Sin querer, fueron parte y puntal de aquellos cientos de trabajadores que bajo las órdenes de maestros constructores o artesanos de todas aquella fortificaciones, moradas, palacetes, barcos e iglesias, durante más de 200 años que tardó todo aquello en ser realidad. Mucho auguró el abuelo de Miguel y acertó.

Los carreteros trajeron roble de los montes cercanos talados y desramados, piedras de las canteras cercanas de Hortigal, o Gándara, (Gandarilla), llegando hasta los carpinteros del amurallado recinto, donde por medio de sierras de arco, serruchos gigantescos, azuelas, escoplos o berbiquíes, daban la forma necesaria para cada una de las necesidades. Los tablones de maderas menos refinadas servían para hacer los andamiajes y topes de las piedras que habían de ser puestas en equilibrio sobre puertas u ojos de puentes, ventanas, ábsides o cruceros. Los residuos de este trabajo, en las carpinterías, se utilizaban para las hogueras, yares, lumbres para calentar brea o hierros que se doblegaban con el calor, ante las manos fuertes de los herreros o incluso las artísticas de plateros u orfebres.

Las tejas de la posada llegaron de Cabuérniga a través de las calzadas de Los Moros y Los Tojos. A veces dejaban la carga en la ribera del río Escudo y se trasladaba en gabarras hasta la parte de los arrabales y huertas, donde se portaban primero a hombros y después en carros hasta las obras o talleres. Se ahorraron muchos días y dineros en el traslado, a pesar del naufragio de la primera gabarra. Ésta volcó por la fuerza de la riada causada por las lluvias, hasta el punto que no se pudo recuperar casi nada pues se extendieron, rompieron y enterraron entre barro, trozos arrancados de árboles y piedras que arrastró la fuerte avenida fluvial. Los trabajos hubieron de hacerse con prontitud, pues todos ellos serían contratados según órdenes del rey, para la construcción de las nuevas infraestructuras.

Se mejoró con algunas novedades el diseño de esta posada, entre otros la bodega. Forraron el suelo con lascas de piedras en forma de loseta, tal como maese Pablo había visto de aprendiz, en el palacete del navarro Don Diego López “El Bueno”. Por debajo de ellas recorrían tubos de gran grosor, donde eran eliminadas desde la cocina, las aguas y otros elementos, gracias a un milimétrico desnivel que los hacía transitar sin retenciones, hacia un desagüe inclinado por la ladera natural que llegaba a la ría, en lugar alejado de trabajos y habitantes para no importunar. Vio ese procedimiento en el antiguo acueducto en reparación por la caída de un roble viejo, que traía el agua desde Fuenlareina, en la zona de las porquerizas de Entramborríos.

La antigua posada de los “Migueletes” se dejó para cuadra y almacén de mercaderes, caballeros, soldados o maestros, en el desván cubierto de hierba seca y mantas para criados, aprendices, escuderos y guardianes. Se conservó la puerta grande de roble de más de 10 centímetros de grosor, su aldaba en forma de maza, 4 bisagras y cerradura con llave de casi medio kilogramo. La madera barnizada con la resina natural de los pinos de Soria, (Medinaceli), oloroso y protegiendo del tiempo aquel roble indestructible.

Cerró la puerta de cuarterón con barras de hierro para la necesaria ventilación de las caballerizas evitando el ahogo de los durmientes del pajar. Según dijo el padre, era nauseabundo, por ello dejó ese abertal. La parte de arriba decidió cerrarla para que los que allí yacían, no se ahogaran con el olor que aún así les afectaba.

La nueva edificación de dos pisos con fuertes y aislantes muros, su parte más saludable y entrada, se encuentra al sur -como prácticamente todas las viviendas, palacetes e incluso templos-, con ventanas algo más grandes que en la zona al norte que da a la ría del Peral, estas son casi troneras evitando así el frío en las habitaciones, en previsión también de escaramuzas, ataques o para proteger simplemente de los ladrones nocturnos. En esa parte trasera estaban los varaderos en la arena, desembarcos, amarraderos y los astilleros. Pernoctaban en chozas, al lado mismo de sus trabajos.

Tiene unas portaladas sujetadas por fuertes cabrios que en tiempo invernal, sirven para que los dos amiguitos jueguen. Ambos se creen defensores de damas secuestradas o perjudicadas en su honor. Cabalgan en sendas cabezas de caballo de madera que se alarga en un listón, colocan sus piernas a cada lado y tiran de unas bridas, están confeccionadas con los cordones de sus botas. Las espadas de palo están aseguradas con clavos en su cruz, sienten que es un mandoble pesado cuando lo cogen a dos manos, rematan el atuendo con escudos de tensado cuero, cosido a los extremos redondeados de unos palos. Los pintaron con colores de los restos de tintes que tiraban entre las piedras de teñir la lana, los sastres y tapiceros.

El tejado fuerte, con las tejas, vigas y tablones muy juntos, protegiendo de las inclemencias del tiempo con hierba seca prensada, la chimenea pasa a través de algunos aposentos principales, caldeándolas en invierno. Todas las habitaciones según dice el mesonero son “decentes”, con ropa limpia cada vez que el nuevo cliente llega, una silla, un baúl para guardar sus pertenencias y armas, al lado del lecho, un orinal de arcilla, última novedad en el reino, ese era el mobiliario. Estaba el desván encima de los cuartos, almacenando para los inviernos trigo comprado en Palencia. Lo hacían harina en dos molinos que estaban en la corriente del canal del Peral, aprovechando el subir y bajar de las mareas. También había limones de Novallo (Novales), manzanas para el invierno, guindas y uvas secas, legumbres como los chícharos, habas y lentejas, frutos secos, entre los que se encuentran unas castañas grandes y harinosas, con las que podrá hacer purés para las carnes rojas de la caza comprada a los halconeros, tramperos y cazadores de arco y ballesta.

III.

El niño Miguel era amigo de Tomás el hijo del maestro carpintero. Consiguieron que les hicieran un arco de los desechados por algún defecto o nudo que impedía una buena flexibilidad. Eran de cedro y brillaban al sol. Consiguieron cazar alguna de aquellas rabudas “pejinas” que rondaban por la ría, entre los agujeros de los muros y las basuras; su puntería les hizo merecedores de alguna liebre que comía distraída en el bosque cercano; tan sólo se salvaron las ardillas y las tórtolas.

Se nutren de pescados frescos, “tolinas” (calderones) y “arguajes” (orcas), algunas de ellas quedaban varadas en la playona de la ría, otras piezas eran pescadas por los integrantes de aquellas chalupas o pinazas preparadas para los diferentes oficios pesqueros. Cuecen mariscos, cámbaros, muergos y almejas para los menos pudientes, como los criados, escuderos, aprendices y juglares. Se almacenan en la bodega que hizo excavar a refugio del calor. Ésta aísla de las altas temperaturas las salazones de pescado y de cerdo, la sal de Cabezón, (medida romana para ese condimento que dio el nombre a esa localidad), airea unos días los conejos y liebres recién matados, fuera del alcance de moscas de la carne y otros insectos, evitando la puesta de huevos y salida posterior de los gusanos en esas viandas.

Su padre le enseñó a cuidar bien los alimentos.

Los grandes corzos y venados colgados en el reposo de la viga, subidos con la cuerda pasada por una polea, asustaban a Miguel y Tomás cuando bajaban en plan de untar su rodaja de pan, en la miel de aquella vasija de barro.

Descansan al fresco la leche y mantequillas; las masas del pan en reposo, se hornean una vez cada 15 días y en ocasiones de mucho trabajo son las panaderas del lugar quienes se lo vende, Miguel iba a buscarlos en un cesto grande, tanto que casi lo arrastraba en el camino.

Luego están las barricas de vino de las vides de la zona de Prellezo, frescos, olorosos y rosados; venidos los tintos de la zona interior cabezonense o de “Pautes” (Potes), con uva negra y gorda, ciertamente densos, y algunos reposados en vasijas de barro, se convertían en dulces. Buenas uvas de aquellos pequeños campos protegidos de los aires dañinos del mar y regados por arroyos cercanos.

Consiguen brandy en un tonel de roble de muchos años, enseñados por un holandés que arribó enrolado en una chalana; la forma de obtenerlo es mezclando frutas y pulpas de uva, pieles y semillas fermentadas. Este brandy fue probado por Miguel una vez que bajó a los sótanos por unas hogazas de pan. Entonces sintió que ardía su garganta, pensó verse convertido en un dragón por el fuego que llenó su boca al tomar aquella bebida prohibida. Recordaba que había subido con la cabeza baja y sintiendo que sus pies estaban combados, apenas podía hablar; su cuerpo aún tenía el color enrojecido por los espasmos y toses del ardor de aquel líquido infernal; mareado, ya no quería ser marinero, ni beber aquella pócima que ellos se llevan al coleto sin un gesto siquiera en las caras.

Miguel conversaba con los escuderos y aprendices que llegaban de lejos; Benigno pensaba que su hijo cada vez tenía la cabeza más llena de fantasías. Parecía como si soñara despierto y dormido; en las noches lo encontró más de cien veces sudoroso diciendo: “Por Dios que morirás por traicionar a mi rey”, “Levad anclas capitán, vamos a liberar Sevilla”, “He sido nombrado caballero, por tanto mi espada llevará el nombre de Toleda”. El padre tenía cierta preocupación por el muchacho, ya que debiera pensar más en sus libros de estudio, que buenos maravedíes le cuesta el monje que le enseña; Miguel parece tener la cabeza dura y pocas ganas de trabajar en la posada. Pero era buen estudiante, ya que con tan solo un repaso conseguía buenos resultados y aquel fraile eremita que vivía en el retiro, en aquella cueva, estaba contento con sus progresos.

IV.

Tenía curiosidad por todo, con los oficios sobremanera y alguna vez faltaba a las clases, las más de las veces por sus correrías, investigando por los astilleros.

Le encantaba ayudar a recoger de los pozos el chapopote, no le importaba su fuerte olor. Una vez caliente, junto con la estopa, sirve para calafatear las heridas y aperturas de listones o tinglados en los cascos de los barcos y en sus cubiertas.

Una vez le tomaron el pelo y le encargaron traer la caja de las herramientas del carpintero de ribera, ésta tendría casi una vara por un codo real -también llamado tres dedos-, de alto y anchura, (83 x 57 x 57 cm). Al intentar levantarla casi deja el brazo, lo intentó tirando con las dos; al ver las risas de todos pensó que estaba clavado en aquella base para sostener la nave en construcción. Cuando iba a tirarles con barro, comprobó que el ayudante recogía con facilidad ese peso; aquel cajón albergaba martillos, legras, azuelas, garlopas, formones, algunos clavos y tenazas. Podría pesar casi 3 arrobas, (33 kilos). Comprendió entonces por qué todos aquellos hombres tenían brazos grandes y fuertes, musculaturas y espaldas anchísimas, tanto como los pucheros de cobre o alfarería que su madre utilizaba para las grandes comidas, y que una vez, le contó, que le metió dentro de pequeño, para que no se hiciera daño gateando por la cocina.

Allí era feliz también, viendo el trajín de las chalupas cargadas de pescado, solía recoger de los cestos algún calamar para salpicar de tinta a Tomás, con quien quedaba, a veces, en el patio de la iglesia. A Miguel le gustaba más meterse entre los esqueletos de las estructuras, entre aquellas cuadernas de roble en las que empleaban madera verde -preguntando el por qué y le dijeron que era más fácil de arquear- o subiendo a las cubiertas sin terminar, donde igualan los baos para que asentara bien todo el revestimiento. La semana anterior vio como colocaban la tapa de regala y remataban el forro al barraganete.

Mira con extrañeza el cepillo curvo, el padre de Tomás no lo tiene por allí, tampoco la falsa escuadra. Piensa que colocarán acto seguido el puente donde se pondrían las catapultas de madera y hierro, las calderas en el que se prenderían los proyectiles para lanzarlas hacia los barcos enemigos. -Cavilaba como lo harían, se sentó en popa donde situarían el timón de caña; también se hizo con una brújula imaginaria y se figuró las órdenes que tendría que dar: ¡A estribor, a toda vela, mantén la latina tensa!- Constantemente soñaba…

Quería ser el capataz que mandaba a los remeros a bordo, compensarles después de la batalla ganada con pan, cecina, agua y aquellos limones que protegían del escorbuto de tantos días navegados o en lucha, con la promesa de que al regreso les compensaría con suplementos de algunos maravedíes más al pago estipulado y repartiendo aquel brandy que tanto les gustaba.

Sería médico a la vez, sí; sabría curar las heridas y sacar las muelas careadas que hacían gritar al más fuerte de los hombres. Él lo había visto. También quería ser herrero, fabricaría sus propias armas, sus escudos e incluso el casco para las justas como las de la playa grande a marea baja. Ahí vio jinetes en los caballos más bonitos que nunca imaginó, adornados con telas de colores, cabalgando con elegancia o en ataque, aquellos caballeros con los escudos de sus armas pintados e igualmente bordados en los estandartes, vestidos con mallas y armaduras relucientes al sol, con espuelas preciosas y brillantes, lanzas largas adornadas con flecos que colgaban al viento.

Las peleas eran a pie como entrenamiento de los soldados que pronto partirían, unos por tierra y otros embarcados, con espadas, puñales, bolas o mazas con clavos, pesadísimas, pendiendo de aquellas cadenas para impulsarlas con fuerza. Los arcos, con el carcaj lleno de punzantes flechas, adornadas por plumas teñidas con los colores de la bandera que lo identificaban, un valuarte que debían defender, pues de perderla en las batallas o conflictos, simbolizaría la derrota. Pretendía ser el dueño de esas armas preciosas con grabados, autenticas obras de arte llenas de adornos; quería una espada labrada como la Tizona del Cid.

Se les adiestraba a casi todos, porque eran hombres que por medio de levas se vieron arrancados de sus hogares, quisieran o no, ajenos a la milicia profesional. Algunos fueron ejecutados por negarse. Solían ser jóvenes y fuertes dejando a sus familias sin ayuda, merced de los pechos o diezmos que habían de pagar como impuesto a la iglesia y hasta la mitad de lo restante a sus señores feudales. Los nobles urbanos estaban exentos de satisfacer impuestos indirectos, como mercaderes, artesanos enriquecidos, incluidos los caballeros, pero él iría voluntario.

V.

Había mercado los sábados; su padre le dijo que habían solicitado a cada rey gobernante que fuera franco y aún no lo habían conseguido. Miguel era feliz, en compañía de Tomás. Con algunas monedas de cobre en la bolsa de cuero que les vendió aquel zapatero, venido como otros de la tierra de los limoneros, que después se instaló con su familia en las cercanías a la entrada este de la muralla, tuvo 13 vástagos. Jugaban en ocasiones con los mellizos, de edades parecidas. El lugar donde trabajaban emanaba un olor fuerte, más aún que en la zona de la salazón en el arrabal. Santiago, otro de los hermanos menores que ya tenía 11 años, ayudaba a su padre en el curtido. En un pozo de piedra se introducía la piel con sal y después de pasar un periodo determinado de tiempo, lo sacaban y aún retiraban con gran esfuerzo, el vello al futuro cuero.

Iban ambos calzados con sus botas de mayor, hechas por ser buenos “caballeros”. Sentían un gran orgullo y creían ser ya grandes. Ellos veían a los niños hijos de los agricultores, calzando una especie de albarcas de madera, los suyos eran calientes en invierno y suaves. Cuando el fuera un rico señor, las compraría de piel de cabra. Llegado el verano, se ponían unas sandalias a pie descubierto y sin calzas. Los muchachos de los arrabales vestían diferentes, llevaban ropas bastas y oscuras, ayudaban en los trabajos y recibían algún bofetón si se escapan a jugar.

Otros chicos, llegaban entonces de criados o lazarillos de empobrecidos ciegos, mancos o tullidos, pedían por todas las ciudades. Estaban delgados y sucios, maltratados y castigados por sus amos y por casi todos, pues por tantas hambres y faltas, intentaban robar a los vendedores las comidas expuestas, una hogaza de pan, un trozo de queso o mojaban con rapidez el dedo casi sarnoso de la jarra del “mielero”, huyendo a carreras. A pesar de que los padres les advirtieron de no juntarse con ellos, alguna vez hablaron y aprendieron de su desenvoltura en preparar lazos para atrapar pájaros… y otras cosas menos saludables.

Eran graciosos y agudos, sabían mucho de lugares y ciudades grandes, caminaban considerables distancias cada día en esos recorridos. Martín estuvo mucho tiempo en la villa, el ciego se puso enfermo y hubo de cuidarle con los ungüentos que compró. Sabía este crío de su abultada bolsa con monedas que no gastaba, la disimulaba y atesoraba de tal manera, que hasta cuando padeció las altas fiebres fue imposible robársela, ya que cada vez le pesaba más. Martín les dijo,riendo a carcajadas, que cojeaba por el peso, no por daño.

Había de todo en aquel mercadillo, incluso dulces que tenían cremas y frutas, su madre decía que se llamaban grosellas. La miel estaba deliciosa en aquellos trozos de pan, mezclada con las avellanas y las nueces crujientes, brillaba bajo el astro rey como el mismo oro de los medallones de los señores que por allí pasaban, acompañados de sus soldados y escuderos. Los anillos que lucían en las manos, representaban figuras de animales y alguno era su sello personal.

Sabían de un puesto con quesos olorosos, algunos picaban como el de Cabrales de las Asturias, otros se deshacían en la boca, los de cabra eran pequeños y sabrosos con un toque de acidez, lo mezclaron una vez con miel y les encantó. Acudían a vender un día, cada mes, por estar lejos.

Vieron en uno de los puestos un peine precioso, en plata y madera durante muchos meses pues era caro, grabado con dibujos y con dos partes, una de dientes separados y los otros muy juntos para atrapar piojos. Montones de perfumes y jabones, óleos perfumados en “pomaderas” que despedían aromas en las habitaciones, decían que algunos venían de Venecia. En la posada de su padre, vieron bañarse muchas veces a viajeros cansados y casi enfermos, en una especie de gran tonel cortado a la mitad. Si el viajero era hidalgo se le añadían pétalos de rosas como a las mujeres. Su madre calentaba el agua en ollas hasta hervir, luego la mezclaba con el agua fría y conseguía un punto templado.

Alguna vez se metían con ropa y todo; solían ser los emisarios o mensajeros reales, pues su ropa estaba tiesa de polvo, sudor y lluvia de tantos días de camino, para una vez mojada retirársela. Pasando una hora a remojo, cepillados y jabonados por escuderos o criados, salían cubriéndose con paños blancos para secarse, vistiéndose con sus batas de seda los más poderosos o jubones de lino el resto. El pelo les volvía a su color original, pues sucio parecía tener el tono de las mulas viejas.

Muchos de aquellos vendedores, quedaron con el tiempo en la ciudad. Fueron necesarios, la llegada masiva de gentes, personas que vieron en ella el futuro, maestros en todos los oficios, incluidos religiosos; con ellos y varias generaciones de sus descendientes, se pretendía hacer de aquella población un devenir de almas y trabajos al menos en dos centurias. Algunos proyectos contemplaban la construcción de dos puentes para evitar las grandes distancias que se recorrían ahora a pie tras la villa.

Sabían Miguel y Tomás todo esto, porque escucharon la conversación de dos maestros canteros. Dijeron entre cuchicheos que sabían de buena tinta que habían aprobado una partida de 500.000 maravedíes de oro. Se lo dijo a sus padres y éstos le dieron, por escuchar conversaciones ajenas, una cachetada. Luego les oyó luego decir: “Las cosas de palacio, van despacio”.

VI.

Al mercado llegaba un boticario que hizo casa en la zona intramuros, un barbero y un sanador de dientes. También había alfareros, escribanos, alfayates, carniceros y muchos de aquellos tenderos que fueron llenando aquella población creciente.

Observaban la construcción de casas y hasta algún palacete, para los descendientes de los grandes linajes como los Corro, Oreña, Herrera, Vallines, Estrada, o Bravo. Algunas se encontraban en lugares algo alejados de la villa.

Tomás le decía que quería quedarse en la villa y asumir el oficio de su padre, pero antes viajaría a la ciudad de Myrthia, (Murcia). Allí aprendería el oficio de carpintero. Quería esculpir en las maderas bellos cuerpos y retablos policromados para iglesias o palacios.

En primavera jugaban a encontrar y divisar los más pequeños pajarillos. Raitines (reyezuelos), papucas, (petirrojos), también los gorriones que criaban al lado de las chimeneas en los tejados, ¡y era curioso!, saltaban en lugar de caminar. Los túlanos anidaban en los agujeros de los muros con nidos de 20 huevos pequeñísimos, menores que el tamaño de una avellana sin cáscara, tenían pintas y su color era como el blanco de las piedras de la playa. Tomás era un artista, siempre ganaba las apuestas, que Miguel debía pagarlas, andando a la pata coja como las garzas, hasta llegar a casa.

VII.

A veces pasaban al otro lado de la ría en las barcazas a la Barquera, desde la zona donde se asentaba el cabildo o Cofradía de Pescadores y Mareantes del Señor San Vicente de la Mar. Se hallaban en ese lugar, muchos de los almacenes para las mercancías y otros servicios de los barcos y armadores, (propietarios de los barcos). Allí guardaban remos, redes (también las de butrón), velas, nasas de avellano, chicotes y maromas, anzuelos y arpones entre otras muchas. Cercana se alzaba la capilla de San Vicente.

El Cabildo se encargaba de la organización económica, desavenencias, conflictos, robos y peleas, pues tenía su propio reglamento, siempre que no fueran demasiado graves las faltas, ya que de ser así pasarían a la legislación concejil u ordinaria. Se tomaban en cuenta las Leyes de Layron. Estando reunidos en una de aquellas naves se les oía discutir, alguien imploraba perdón. Todo ello quedaba reflejado por escrito. Peculiar en la protección a sus pescadores mediante un fondo común, para ser ayudados en caso de enfermedades o si se encontraban imposibilitados. A sus huérfanos, viudas o ancianos, les protegían económicamente pasándoles una parte del quiñón o soldada. Era el reparto a partes iguales después de retirar gastos y la parte del maestre, barco y dueño.

Asistieron a la venta de los lotes de pescados. Era vendido a la baja, es decir del mayor precio pretendido, bajando a menor hasta que un comprador se hacía con el lote al precio más barato posible. A los niños les sorprendía la velocidad de aquel hombre, el encargado de este menester, indicando los precios, estaban admirados de que no se ahogara.

En el Cabildo se elegía a 30 hombres votados en asamblea por maestres, pescadores y propietarios, luego éstos decidían quien sería el Mayordomo.

En esa zona jugaban con los hijos de los cofrades, a veces intentaban remar con ellos en pequeñas barquitas. Tenían una habilidad importante, pero Tomás y él terminaban con las posaderas enrojecidas y doloridas, y también con vejigas en las manos y agotados. Nadaban como peces, estaban siempre que podían en la zona del varadero. Los dos amigos consideraban que era más fácil jugar a tirarse con los huevos vacíos de las picudas, (rayas manta), de color madera y opacos, de tacto basto, largos como el tamaño de una mano adulta y abombados, portaban dos alargamientos en ambos extremos para engancharse a las algas del fondo del mar, les daban aspecto de cuernos, eran transportados por las mareas una vez nacían los alevines, pues se desprendían de la sujeción.

Observaban como salaban los pescados, metiéndoles en tinas y baúles rectangulares para el bacalao u otros, una capa de este, otra de sal hasta llenarla, ponían encima unas maderas con piedras para comprimirlas consiguiendo eliminar líquidos y aire. Se sacarían una vez prensados, secos y salados, para transportar a lejanas ciudades trayendo cereales, aceites o vino a la vuelta o venderse igualmente por la villa y alrededores.

El olor era fuerte; al principio les molestaba, pasada una hora, ni lo notaban. Algunos pescados eran descabezados y limpiados, desarrollado este trabajo con rapidez por aquellas mujeres; lo que más les sorprendía es que pudieran hablar y reír a la vez. El cielo se llenaba de gaviotas hambrientas con un vuelo lento, parecían bailar en él, sus graznidos asemejaban gritos, en ocasiones risas o lloros de bebés. Las adultas eran blancas y los polluelos sin embargo pardo-oscuros. Recogían los huevos de sus nidos en la costa y los comían en las casas con deleite, con el pan y la leche de las vacas que pastaban en la zona de Santillán. En la casa de Miguel se tomaba leche de cabra en ocasiones.

Algunos de estos pescadores se dedicaban en épocas invernales, a trabajos de labranza o ganadería, laboraban vides o sembraban huertas en preparación al comienzo de la primavera.

También se dedicaban a la pesca de bajura en los bancos próximos o de altura, de zonas lejanas como Irlanda o costas de África y Berbería.

Miguel se fue haciendo mayor, estudió en diferentes lugares, tanto medicina, oficios de la guerra, navegación, naturaleza, arte, incluso rimó en cuaderna vía, leyó entre otros a Gonzalo de Berceo y algunas de sus obras, por ejemplo “Los Milagros de Nuestra Señora.” Navegó en barcos, poniendo en la práctica lo aprendido, luchó en algunas batallas o escaramuzas entre señores o revueltas de campesinos, estuvo al lado de corregidores para saber de las legalidades y acompañó a médicos para conocer como resolvían aquello en lo que se instruyó.

Al final de su ajetreada juventud, ya con la veintena de años, optó por enrolarse a bordo de las naves para la conquista de Sevilla; era menos duro o eso creyó él, que la milicia a pie. Una fecha que no olvidaría, 1248. Sus sueños se estaban convirtiendo en realidad…

VIII.

EL CANTAR DE MIGUEL


Miguel soñaba despierto, cual osado aventurero,
ganador en mil batallas, invencible caballero,
deliró mares perpetuos, tormentosos devaneos
y en la posada paterna, servía de mesonero.
Atendían mercaderes, asimismo, marineros,
servíanles odres de vino a cambio de los dineros.
Embelesado escuchaba, juglarescas aventuras,
pesadillas en las noches, perturbaban su cordura.

Y Miguel sigue soñando. Figuró ser artesano,
carpintero de chalupas, que imaginó tripulando.
El vástago sigue creciendo, mil oficios ansiando,
ya curtidos, alfarero, ya armador, ora estudiando.
Imaginó en su cabeza, mil sueños incontrolados.
Y haciéndose ya mayor, será menester dar el paso,
trocando los sus sueños, en concretas realidades,
partirán hoy de su villa, embarcandos en esas naves.

La conquista de Sevilla, fue Bonifaz laureado,
fue vencida en varios meses, de un asedio prevenido.
Los triunfos están logrados, de quien fuera bien nacido,
almirante fue nombrado, aquel burgalés aguerrido.
Rompiéronse las cadenas que en escudos y blasones,
quedando siempre tallados, en templos y torreones.
Mientras, su mente soñaba con el barrio do vivía,
en descansos como hidalgo y en tranquilas alegrías.

Trovadores y juglares, loamos gestas valientes,
en posesiones de reyes, pregonándolo a las gentes,
alegóricos romances, leyendas o ensoñaciones,
que aquel niño más de una vez, fantaseó en ilusiones.
Ensueños Miguel tenía en aquella villa aforada,
murallas y construcciones, tanto como el rey soñaba,
Alfonso VIII lo dijo, creyóle el rey Santo, Fernando,
todos ellos lo vivieron y al principio, fue soñando.

FIN

1 comentario:

Anónimo dijo...

Ha sido una placer
haber colaborado
en el sueño de Miguel
con dos bellas personas
que hacen las cosas bien